Dólar, precios y salarios: la estabilización que no se siente en el bolsillo

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Aunque el Gobierno celebra la desaceleración inflacionaria y la calma cambiaria, la realidad es que los ingresos siguen perdiendo contra el costo de vida y el consumo no repunta.

En los papeles, la inflación muestra una desaceleración y el dólar se mantiene relativamente estable. En los hogares, la percepción es otra: los precios siguen altos, los salarios no alcanzan y el consumo continúa planchado. La famosa “estabilidad” no se traduce en bienestar.

Los alimentos, los servicios y los alquileres concentran los mayores aumentos, golpeando con fuerza a los sectores medios y bajos. Aun con menores índices mensuales, la acumulación de subas en los últimos años dejó un piso de precios muy alto para una sociedad con ingresos deteriorados.

Los acuerdos salariales cierran, en muchos casos, por debajo de la inflación proyectada, y los trabajadores formales ven cómo su poder adquisitivo se erosiona. Para los informales y cuentapropistas, la situación es todavía más frágil: trabajan más para ganar lo mismo o menos.

El consumo masivo, termómetro clave de la economía real, sigue sin reaccionar. Supermercados, almacenes y comercios de barrio registran ventas en baja, con clientes que compran lo justo y necesario.

La pregunta empieza a instalarse: ¿estabilidad para quién? Porque mientras los indicadores macro mejoran, la vida cotidiana sigue siendo una carrera cuesta arriba.

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