A mediados de 1946, se interrumpe la luna de miel entre el gobierno peronista y los grupos nacionalistas.
Hay manifestaciones callejeras, represión policial y varios detenidos. Se comenta, incluso, que se ha descubierto un plan para arrojar una bomba desde un avión sobre el Congreso Nacional.
A fines de junio, Perón envía al Parlamento los llamados Acuerdos de Chapultepec, firmados en México, y San Francisco, suscritos en Estados Unidos. Del primero surgirá la Organización de Estados Americanos y del segundo la Organización de Naciones Unidas. Perón se adapta a los nuevos tiempos.
Los Acuerdos, firmados en marzo de 1945 por Estados Unidos y los países latinoamericanos, incluyen un tratado de “seguridad continental” al que Argentina se había negado a ingresar por considerarlo un acuerdo de “panamericanismo colonial”. Pero ahora las Fuerzas Armadas están en una etapa de capacitación, modernización y profesionalismo, y desean suplantar sus obsoletos equipos militares.
Los camiones que posee el ejército son modelo 1937. Los blindados se reducen a tanquetas inglesas utilizadas en la India para reprimir levantamientos callejeros.
Estados Unidos, que no ha padecido los estragos de la guerra, posee una poderosa industria bélica y es la única nación del mundo en condiciones de abastecer a otros países.
Cuando militares argentinos visitan Washington para gestionar la compra de vehículos y armamento, se encuentran en el Departamento de Estado con un viejo conocido: el ex embajador Spruille Braden. “Si quieren armas, firmen el Acta de Chapultepec” es, en síntesis, el mensaje que les transmite el ex mentor de la Unión Democrática.
A principios de agosto, estalla el enojo nacionalista. La Alianza Libertadora Nacionalista había concurrido a las elecciones de febrero de 1946 con una lista propia de senadores y diputados, y logró 25.000 votos. La cifra resulta módica para un partido político, pero la ALN no es un partido, sino un movimiento de militantes.
El exaltado Juan Queraltó, jefe de la ALN, organiza fuerzas de choque a las que se suman otros grupos nacionalistas. A mediados de agosto, recorren las calles de Buenos Aires al grito de “¡Patria sí, colonia no!”, arrojan panfletos y hacen estallar petardos.
El 19, aliancistas y otros camaradas de ruta ingresan al Congreso. Cuando los legisladores votan considerar la ratificación de las Actas, les gritan “¡vendepatrias!” y les arrojan monedas.
Algunos son detenidos por la policía. Otros salen del recinto e informan lo que ocurre a manifestantes reunidos en la avenida Entre Ríos, que lanzan piedras contra las ventanas.
Un grupo más decidido trepa al edificio y coloca la bandera a media asta. Cuando la policía los dispersa, organizan actos relámpago a lo largo de Rivadavia, Callao y Florida. En el camino le rompen la cabeza a un agente, que termina internado en un hospital.
En la tarde del 20 de agosto, la furia de los nacionalistas aumenta. Colocan petardos en las vías de los tranvías, intentan ocupar por la fuerza los estudios de radio El Mundo y tirotean el frente del Bank of Boston, a una cuadra de Plaza de Mayo.
Por la noche, sabotean el sistema eléctrico del centro de la ciudad y provocan un apagón que obliga a varios comercios, cines, restaurantes y bares a cerrar sus puertas. Las calles quedan vacías.
Pocos días después, un activista llamado Ludovico Vitta, de 24 años, intenta solitariamente demoler la cúpula del Congreso con tres cartuchos de gelinita, pero es descubierto por los agentes de seguridad.
En las primeras horas de la tarde del 28 de agosto, día en que la Cámara de Diputados debe ratificar las Actas, ocho jóvenes toman el Club Universitario de Aviación, en Monte Grande, atan y amordazan a los encargados del lugar y ponen en marcha un aeroplano, al que suben un barril metálico.
La idea es arrojar a mano el objeto encima de la claraboya del recinto parlamentario. Pero el joven piloto del grupo no tiene experiencia de vuelo. Ha tomado un dudoso curso de aviación por correo y, a pesar de que consigue hacer carretear la aeronave, no logra que despegue. Después de varios intentos, los muchachos huyen porque la policía ha sido alertada.
Cuando los técnicos en explosivos comienzan a desactivar cuidadosamente la “bomba” descubren que sólo es un recipiente vacío. En el interior hay un papel y un mensaje: “Señores diputados: si ratifican las actas, la próxima irá cargada”.
Queraltó y alrededor de cien activistas van a parar a la cárcel.
Ludovico Vitta –fallecido en 2005, a los 83 años– en 1961 trabajó en el diario La Razón, como colaborador de la sección deportiva. También fue columnista de La Nación hasta que detectaron su militancia nacionalista.
Por Roberto Barcardini



