Sobre los tiempos biológicos de los militantes, transcurre el *tiempo histórico* de los Pueblos. No siempre se ponen de acuerdo. Mientras que los primeros son atravesados por la angustia y la urgencia, los segundos obedecen a los caprichos de la masa, y pueden entrar en mesetas de extensa chatura.
Sin embargo, la coyuntura es el punto de apoyo de la historia. No habría transcurrir de la segunda sin la continuidad de la primera. La unidad de la interpretación de una etapa, se extiende sobre una trama de hechos cotidianos que la sostienen en el tiempo.
La militancia anarquista, socialista, radical, comunista del frente social, mas las conspiraciones, trenzas y movimientos internos del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), mas las denuncias, estudios y proyectos de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), fueron tareas cotidianas que confluyeron en la unidad histórica del 17 de Octubre de 1945.
Cuando una reivindicación gremial alcanza la victoria, hay una cantidad de hechos cotidianos que la fueron sosteniendo en el tiempo, una cantidad de fuerzas a su favor que se estuvieron acumulando, una construcción de poder propio que finalmente la hizo prevalecer. Lo mismo si se tratara de una campaña electoral. También lo mismo si se tratara de riqueza económica. Otra vez lo mismo si se tratara de una larga travesía.
Siempre hay un proceso de acumulación.
Cientos, miles de pasos hasta llegar a la meta. Cientos, miles de monedas hasta amontonar una fortuna. Cientos, miles de votos hasta ganar la elección. Cientos, miles de batallas hasta alcanzar la victoria.
En la medida que este proceso se entienda y se acepte como tal, nuestra militancia se despojará de la angustia y de la urgencia. Se subordinará al tiempo histórico que le toque vivir y, sin prisa pero sin pausa, colaborará libremente con la acumulación de poder popular.
No proyectará las tribulaciones de su vida biológica sobre su actividad política. Se integrará armónicamente a la cadena de acontecimientos políticos, pues participará de los mismos positivamente, generándolos, produciéndolos.
Entonces, y solo entonces, nuestra militancia estará madura para emprender los *esfuerzos estratégicos* de largo alcance. Si está acosada por urgencias personales, si la angustia existencial de su propia vida se interpone entre ella y la tarea colectiva, será muy difícil que esté dispuesta a perder tiempo escuchando, aprendiendo, estudiando. Por el contrario, solo aceptará tareas de corto plazo, rápidas y circunstanciales, que no le exijan mayor encuadramiento ni pensamientos complejos.
Comprender quién está listo para incorporarse al plano estratégico, porque ha madurado lo suficiente en su labor política, y también quién es más apto para la acción táctica, directa e inmediata, es una cualidad que nuestra conducción política debe ejercer.
Para ello lo mejor es empezar por sí misma.
Mirándose al espejo a medida que pasan los años, la conducción política se hace consciente de su propia evolución. Y esa mirada crítica sobre sí misma es la que le enseñará a su vez a bien juzgar a los demás compañeros. Verse a sí misma como uno de los elementos del conjunto, analizar cómo repercuten sus acciones sobre los otros, identificarse con su entorno en una unidad política que produce hechos y transforma la realidad, es un autoanálisis indispensable para quien marcha tan lejos como vamos nosotros.
No habrá liberación nacional sin planeamiento estratégico.
El azar no es un buen compañero de ruta. Las sorpresas son casi siempre desagradables, contrarias al que milita por un cambio.
Cuando los Pueblos se asustan retroceden hacia el pasado, aunque ese pasado sea injusto y oprobioso. Rara vez en la historia se dio que avancen hacia lo desconocido. Lo más común son las regresiones conservadoras.
Por eso debe haber un plan general, con los objetivos a alcanzar y los caminos para lograrlo. Nuestro pensamiento debe hacer todas las previsiones que hagan falta. Guardemos la improvisación para la sorpresa involuntaria que sobreviene en toda acción. No dejemos librado a la suerte ningún aspecto que pueda ser razonablemente previsto. Un plan estratégico es una *acumulación de conocimientos* que, cuando llega el momento, guían los acontecimientos políticos que nos permiten triunfar de manera permanente. En esos hechos políticos, si son estratégicos, no se define una batalla, se gana la guerra.
Trabajo, salud, educación, defensa, comercio, recursos naturales, banca, transporte, energía, vivienda, tecnología, no son cosas que se puedan resolver espontáneamente. Requieren ser pensadas con anticipación y armonizadas en un contexto amplio con todo lo demás.
La propiedad social de los medios de producción es antagónica a la acumulación capitalista ¿Cuáles serán las reacciones en nuestra contra? ¿Con cuantos defensores y con qué energía contará el statu quo? ¿Quiénes y con qué medios nos enfrentarán? Es decir, el plan estratégico es fundamentalmente un plan político de movilización popular para derrotar al capital concentrado. No es una confrontación defensiva donde ellos nos quieren despojar de un derecho que nosotros poseemos. No. Somos nosotros los que atacamos por algo que ellos tienen y que nos pertenece. Somos nosotros los que vamos por todo.
El que ataca tiene obligación de vencer. El que defiende, con sobrevivir triunfa. Si atacamos al capital concentrado, deberemos despojarlo de su abyecta riqueza, sino, seremos nosotros los derrotados. En caso de empate, perdemos nosotros. Si no se va a triunfar, mas vale no atacar. Cuando dos pelean, se desgastan. Si la victoria no da ningún beneficio, el único saldo será el desgaste.
Nuestra determinación a ir por todo no se funda en una ambición narcisista. Es una consecuencia del estudio de las necesidades populares que nos obligamos a satisfacer. Sin ir muy lejos, el pleno empleo al que el Pueblo tiene derecho, es incompatible con el sistema capitalista, por lo tanto, hasta el mismo Socialismo del Siglo XXI que profesamos puede tomarse como consecuencia de esas necesidades populares concretas, no ideológicas en un principio.
¿Cómo lograríamos un pleno empleo permanente con patrones capitalistas, que dependen del miedo que los trabajadores tienen a la desocupación para disciplinar su empresa y la sociedad toda? ¿Cómo sería el mercado capitalista si el trabajo, la salud, el agua, la vivienda, la educación, y muchas otras necesidades dejan de ser mercaderías que el dinero consigue para convertirse en derechos humanos igualmente accesibles para todos? Es evidente que tamañas reivindicaciones dinamitan los cimientos capitalistas y crean otro sistema.
En ese sistema, las representaciones del valor, esa abstracción del mismo que es la moneda, cede paso al valor universal que es la hora-hombre de trabajo humano empleada en producir un bien o prestar un servicio. Llamamos a este método Economía de Equivalencias, y es la herramienta privilegiada para evaluar toda actividad y determinar todo valor económico.
Pero la enorme energía que mueve los engranajes capitalistas no será derrotada por una mera enunciación de otro sistema económico, por brillante que este fuera. La gran victoria que hay que construir será consecuencia de una práctica política, fundante de un poder popular adverso a la privatización capitalista de las decisiones, que coloque en el centro de la escena pública la voluntad soberana del Pueblo. Es la Democracia Participativa, que se ejerce cotidianamente y sobre los más importantes asuntos. Deuda externa, desarrollo tecnológico, fuerzas armadas, relaciones internacionales, nada le es ajeno al Pueblo organizado. Las asambleas, los plebiscitos, los referendums, las consultas, ninguna forma de participación le es negada.
Otra herramienta indispensable para triunfar de modo permanente es la unidad popular de la Patria Grande. Es un acto de inocencia del pasado soñar con una salida individual, es decir nacional, del capitalismo. Se puede sobrevivir durante un tiempo en estado de tensión constante, incluso tal vez durante un lapso largo. Pero, para alcanzar una situación de justicia social permanente, es indispensable romper con el sistema capitalista. El capital concentrado es intolerante con los gerentes socialistas: los va limando y los derrota en elecciones, o los asesina en un golpe de estado, como hicieron con Allende en Chile, por ejemplo.
Y esta es otra razón para ir por todo. No habrá piedad para nosotros, como no la hubo antes. Hay 30.000 ejemplos argentinos de esa crueldad.
Cuando el proyecto es liberarse del capitalismo, la exposición al enemigo es tan alta que concluye de dos únicas maneras: triunfa el proyecto (y sobrevive el militante), o fracasa (y el militante cae con él: se exilia, cae preso, lo matan). Esta tensión dramática, este espesamiento del tiempo, transforma la existencia de nuestros compañeros.
Comprenden con toda claridad aquella consigna “Patria o Muerte, Venceremos”. Su vida toma una intensidad que las demás no tienen. Para él, hay un antes y un después de esta toma de conciencia. Se da cuenta que su determinación, su compromiso, tienen que estar indisolublemente unidos a una inquebrantable voluntad de vencer. No era la exhaltación del militante la que lo ponía en riesgo. No era su amor al prójimo lo peligroso. Era la crueldad del enemigo la que garantizaba la muerte en caso de derrota.
Cuando las revoluciones son verdaderas, terminan con el triunfo de la revolución o con el revolucionario muerto [Che Guevara].
Solo el Pueblo salvará al Pueblo [Evita].
Por Bárbara Solernou Social 21 La Tendencia



