El 2,7 por ciento de inflación que en condiciones de economía en recesión es aún un valor alto, entusiasma al gobierno.
Al ciudadano de a pie, que todos los días con sus ingresos debe afrontar el supermercado, las tarifas eléctricas, de gas, de transporte, los alquileres, los colegios, las obras sociales, etc., les da como que la realidad no está reflejada por ese número…. Y esa percepción no es fantasía, esa es su realidad.
A ellos contribuyen varios factores: primero que medidos en forma interanual y en valores reales, los ingresos de trabajadores tanto formales como informales han perdido capacidad de compra y no son suficientes para afrontar los gastos familiares crecientes. Segundo , que el IPC está construido en base a un mix de productos y servicios de un patrón de consumo de hace por lo menos 20 años. La ponderación de la importancia relativa de cada item en el consumo de las familias ha variado significativamente en este periodo. Es decir, hoy los servicios de luz, gas, transporte, internet, tienen mucho mayor peso en los consumos que los que tenían hace 20 años.
El IPC subvaluado le sirve al gobierno para fijar un nuevo techo a la negociación del salario, es por eso que lo festeja. Los trabajadores van a seguir padeciendo y el retraso de su poder adquisitivo se va a cristalizar en un nivel de deterioro que tiende a perpetuarse. Se configura así la continua transferencia de ingresos de los sectores de más bajos ingresos hacia los de más altos ingresos que tiende a una sociedad cada vez más desigual y polarizada.
Por la Contadora Graciela Treber



