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Ayer Cristina expresó con acierto la particular característica de los antiperonistas que no nos quieren ni siquiera derrotados, nos quieren desaparecidos, también supo explicar con simpleza porqué razones irrumpió el Peronismo en la historia argentina.

Porque los hombres de la Generación del ’80 con su proyecto agroexportador que deslumbra a Milei no resolvieron los problemas del pueblo argentino, porque el conservadurismo fue un fracaso, a lo que yo agrego: porque el proyecto radical de Yrigoyen se ahogó en buenas intenciones y porque a partir de los años ’30 las prácticas de fraude político y entrega se convirtieron en una década de infamia.

Por eso llegó el Peronismo al poder gestado por un líder grandioso y por las masas trabajadoras para revolucionar Argentina, conquistando justicia social para el pueblo y soberanía para la nación.

Por eso las minorías borrachas de odio que jamás se resignan a perder privilegios, añoran desde entonces nuestra desaparición y actúan sin disimulo desde hace más de 70 años buscando desterrar de la historia a nuestro Movimiento.

Golpes de estado, proscripción, cárceles, exilios, fusilamientos, genocidio, experimentos de domesticación, acciones desestabilizadoras hacia nuestros gobiernos, persecuciones e intentos de asesinato a los nuevos liderazgos.

No nos quieren como oposición, mucho menos aceptan sus retorcidas mentes la idea de que volvamos, nos quieren muertos y sepultados.

Jamás lo lograrán por algo muy simple, porque en 80 años no ha surgido otro Movimiento capaz de superar los valores y realizaciones que el Peronismo supo conquistar.

Axel Kicillof acaba de decir que no se trata de volver mejores, si no de “mejorar para volver” y mejorar para volver significa abandonar la tibieza frente a nuestros enemigos irreconciliables, dejar de pensar que podemos seducir a una parte de los idiotas (según la antigua definición de los griegos) antiperonistas, y volver a entusiasmar con nuestros genuinos valores y realizaciones al pueblo trabajador.

Contagiar nuestra voluntad de revolucionar es nuestro desafío, y es también no resignarnos a terminar siendo nada.

Por Héctor Amicheti

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