La muerte de Iván Ilich es un cuento corto escrito por Tolstoi luego de su conversión espiritual. En este cuento nos relata la vida de un funcionario ruso que, encontrándose en su lecho de muerte repasa su vida, y en el recuento de sus mejores años descubre que siempre ‘hizo lo que debía hacer’. Es decir, vivió como se esperaba que un hombre de bien viviese, y por tanto, pospuso sus deseos y voluntad hasta nunca cumplirla, hasta quedarse sin deseo propio, sin sentido de vida.
Ivan Ilich encuentra que se casó con quién se esperaba que se casase, tuvo hijos como se esperaba que los tuviera, trabajó diligentemente y ascendió en su carrera laboral como se esperaba de él. Fue un mal llamado ‘buen ejemplo de hombre, esposo, padre y ciudadano’. Y ahora en su lecho de muerte, encuentra no solo que no ha vivido, sino que ni siquiera sabe qué le hubiera gustado hacer de su vida: domó hasta apagar su deseo de vida y así nunca vivió. Por esto, y ante el terror de estar en las puertas de la muerte, su familia lo escucha delirar atormentado por genuinas dudas existenciales: ¿Qué elegí hacer? ¿Qué satisfacción conseguí? ¿Qué legado dejó a la humanidad? ¿acaso dejó buenos hijos para crear un mundo mejor? ¿acaso hice feliz a mi esposa? ¿Fui un buen servidor público? Ahora ante la inminencia de la muerte ¿qué significa haber vivido? ¿Qué sentido tiene haber vivido cuando ya no tenemos la promesa del Paraíso?
Todos sabemos que algún día vamos a morir. Como Tolstoi nos muestra ensus cuentos y novelas, las grandes masas de personas encuentran en Dios y la promesa del paraíso, el sentido de la vida y la calma para esperar la muerte viviendo como depara el destino. Sin embargo esas mismas personas nos preguntamos por el sentido de la vida, tenemos la voluntad de hacer uso de nuestro libre albedrío. Y en ese deseo de vivir “una vida propia y única”, en ese cuestionamiento de lo dado y preestablecido, cada persona rompe con la teleología religiosa y toma (o al menos intentamos tomar) las riendas de nuestras vidas. A este tomar las riendas, Nietzsche lo llamó en su Zaratustra: la muerte de Dios. Es decir, ya no tenemos quien nos guíe en su universalidad, a su paraíso. Ahora el hombre es autónomo de cuestionar y tomar sus propias decisiones.
¿Qué pasa con cada persona después de la muerte de Dios en el Zaratustra de Nietzsche?
Ahora podemos decir que Dios ha muerto. El ser humano es huérfano espiritualmente y por tanto nadie cuida su destino, nadie le indica cómo ha de vivir: debe tomar sus propias decisiones y ser responsable de sus consecuencias, ya no tiene un Padre Celestial cuidándolo: la humanidad es adulta. Ante la angustia de esta emancipación y la inminencia de la muerte, vivir como se espera que vivamos, domando el impulso propio del deseo de vida, es un refugio ante la responsabilidad de los propios actos. La lejanía de la posibilidad de morir nos lleva a vivir ‘en automático’ cumpliendo las tareas que debemos cumplir, con la pretensión de que en algún momento tendremos el tiempo de hacer aquello que deseamos. Con Dios muerto, el mundo está a nuestros pies, podemos desearlo y tenerlo todo.
¿La muerte realmente está lejana?
En este sentido, Heidegger planteaba que nadie muere cuando todos vamos a morir algún día. Pero tampoco vivimos. Es decir, cuando pensamos en que a todos nos va a llegar la hora final, nos calma la agitación y la angustia de la finitud de nuestra propia existencia pero le quita peso al estar vivos. A esta situación Heidegger lo consideraba estar arrojados al mundo, y en ese arrojo no podemos ser auténticos, pues no sabemos quienes somos, no sabemos qué hacemos y por tanto no seremos quienes podríamos llegar a ser. Son vidas no-vividas. En cierta forma, vidas perdidas Solo ante la conciencia de la inminencia de la propia muerte, y la innegable angustia que esta conciencia nos produce, es que podemos tomar las riendas de nuestra vida y decidir cómo deseamos vivirla. Al comprender que ya mismo podemos morir, no algún día del futuro sino, ahora, es que pensamos dos veces qué queremos hacer, quiénes queremos ser, a dónde deseamos encaminar nuestro legado. Actuamos, elegimos, nos comprometemos con nosotros mismos. Cuando la muerte se personifica, y se hace propia, es que vivimos auténticamente.
¿Qué es vivir auténticamente hoy? ¿Conseguir la viralización de una red social? ¿Ir contra corriente, solo por ir en contra? ¿ser la última novedad?¿Retomar el estilo de vida de hace 50 años?
Quizás estas preguntas también surgían -a su modo- cuando Nietzsche, Tolstoi y Heidegger desarrollaban sus teorías. Y quizás estos autores no se detenían a responderlas, porque no caben como incógnitas legítimas a sus propuestas. En todo caso, ser auténticos, vivir la propia vida más allá de los mandatos, no se trata de sobresalir por uno u otro método, no se trata de ser vistos como los mejores; se trata de elegir la vida que vivimos, elegir cada acto relevante y crucial de la propia vida, como si fuera eterno, como si, en caso de tener que volver a vivir la propia vida, valga la pena volver a vivirla por toda la eternidad, porque se eligió la mejor vida posible. Si por estas elecciones destacamos o nos perdemos en el mar de la indiferencia: da lo mismo. Y al momento de elegir cómo vivir esa vida, es que elegimos responsablemente ante nosotros y los demás.
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En cada obra, una porción de la vida del autor
La vida de Tolstoi Lev Nikoláievich Tolstoi (1828-1910) es uno de los novelistas rusos más reconocidos del siglo XIX. Escribió Guerra y paz y Ana Karenina que son consideradas sus obras cúspides, y pertenecen al período previo a su conversión. Posterior a su conversión espiritual escribió algunos cuentos y novelas cortas, que llevan a interpelarnos el sentido de la propia vida con tanta intensidad como sus novelas más largas.
Del período posterior a su conversión podemos encontrar Amo y Criado, ¿Cuánta tierra necesita un hombre? ó La muerte de Ivan Ilich. La muerte acechó a Tolstoi toda su vida. Le temía terriblemente y era la causa de su mayor angustia. Y ya que, siendo conscientes o no, la muerte nos espera en cada rincón, Tolstoi se preguntaba “¿Cuál es el sentido de la existencia?”, ¿para qué vivimos si en cualquier instante podemos morir de la manera más fatal o ridícula?, ¿para qué sobrellevar los pesares de estar vivos, las miserias económicas y del alma?. En estos interrogantes, el autor encuentra una fuerte crítica social.
Perteneciendo él mismo a una familia de aristócratas y terratenientes, Tolstoi explica en sus Confesiones que desde pequeño encontraba sumamente injusto el trato que daban los aristócratas a sus servidores, sospechaba que sus maestros y sacerdotes no eran honestos al explicarle que el mundo funcionaba bajo esa injusticia ‘porque así debiera ser’ y creía ser engañado por ellos.
En su juventud participó de la Guerra de Crimea, donde se enfrentó a los horroresde la muerte y a partir de entonces luchó contra el servicio militar obligatorio. Fue luego de la Guerra de Crimea que se retiró a la finca familiar donde escribió sus obras cumbre: Guerra y Paz y Anna Karenina. Alrededor de los 50 años de edad, escribe en sus Confesiones “Yo tenía cincuenta años, amaba y era amado, tenía buenos hijos y gran hacienda, la gloria, la salud, el vigor físico y moral; era capaz de segar como un aldeano; trabajaba diez horas sin fatigarme. Bruscamente mí vida se paró. Podía respirar, comer, beber, dormir. Pero no vivía. No tenía ya deseos. Sabía que nada había que desear, ni siquiera el conocimiento de la verdad; la verdad era que la vida era una insensatez. Había llegado al abismo y veía claramente que delante de mí no había nada más que la muerte. Yo, hombre fuerte y feliz, sentía que ya no podía vivir. […] Y he aquí que yo, hombre feliz, me escondía a mí mismo la cuerda, para no colgarme de una viga, entre los armarios de mi habitación, en la que todas las noches me quedaba solo para desvestirme. […] Me parecía que mi vida era una farsa estúpida que me era representada por alguien. ¡Cuarenta años de trabajo, de penas, de progreso, para ver que no hay nada! Nada. De mí no quedará más que podredumbre y gusanos. […] Y lo peor es que no podía resignarme.” (Confesiones – Tolstoi).
En esta agonía de ser consciente del sinsentido de la vida, Tolstoi anhelaba ser una persona común y se preguntaba entonces, por qué tantas personas viven sin buscar el sentido de la vida, encerrados en un círculo de comodidad y sumisión. “Descubrí entonces que la fe del pueblo es una especie de conocimiento que les permite vivir en paz.” (Confesiones – Tolstoi) Encuentra así, el sentido y regocijo de la vida en la noción que los campesinos tienen de Dios, pero comprende que la fe y el evangelio poco tienen que ver con la doctrina de la Iglesia Ortodoxa. Así se embarca en una lucha social, política y religiosa desde los preceptos del evangelio cristiano. La nueva forma de vida en la que se enfoca, es
existencialmente pacífica, evangélica y revolucionaria, donde conoce a Gandhi quien, similar a Tolstoi, consideraba la lucha política como una
forma de develar la Verdad y hacer en la Tierra el Reino de Dios.
Por Anahí Rippa



