“La águila, siendo animal, se retrató en el dinero”, canta la copla mexicana. No ha gozado igual fortuna el Huamán andino, ausente de la cultura cotidiana de nuestra América, en la numismática, en nuestras plazas, en programas educativos. Nuestra geografía no perpetúa su nombre en una región, departamento, provincia, distrito.
La vieja, pero fausta Lima, la moderna Cartagena, el faro latino de Buenos Aires, pródigas en bautizar parques y avenidas con nombres misteriosos, no le ha honrado con una plaza, una calle, un busto. No hay institución oficial ni club deportivo, ni siquiera una humilde marca de fábrica, que recuerden a Felipe Huamán Poma de Ayala. Curioso olvido, casi con aires de conspiración de silencio. Curioso olvido, sí. Porque “Nueva Crónica y Buen Gobierno”, la obra que nos legó nuestro primer historiador peruano, es el libro más importante que se ha escrito, talvez, en el continente. Descarnada y viril denuncia contra el régimen colonial, el abuso y la dominación impuesta a los pueblos vencidos y, al mismo tiempo, utopía reformista, que propone medidas para un buen gobierno que remedie y ponga fin a la injusticia social. Desde que fue escrita a comienzos del XVII, y hasta nuestros días, quedó sepultada en la sombra de un remoto archivo europeo hasta que Paul Rivet la publicó en Francia en 1936.
Huamán Poma, es familiar a los expertos historiadores, y nada será nuevo para ellos. Pero lejos de su mundo, hay un vasto sector que lo ignora: el pueblo. Cierto que la moda impone calendarios y prendas de vestir con algún grabado de la “Nueva Crónica”. Más las voces que llegan del pasado, retumban con nombres de conquistadores españoles, héroes y santos extranjeros, uno que otro escritor, un puñado de virreyes pintorescos, un variopinto arsenal de presidentes, generales y caudillos, que encontramos por calles y plazas donde no hay peligro de toparse con Huamán Poma ni por casualidad. Con exquisita amnesia, la historia oficial, la que se impregna en la mente del niño, la divulgada y de difusión masiva, si no los exilia, deja en el limbo y entre nieblas a luchadores sociales, artistas indígenas, adalides populares, líderes campesinos. Buen candidato al olvido este indio Huamán, nacido en los albores de la colonización, que osó denunciar la injusticia de Virreyes, Corregidores y usureros europeos, que, al lanzar su protesta, soñó con fundar sobre los restos milenarios de una sociedad destrozada por la conquista, la utopía de un convivir fraterno entre vencedores y vencidos.
Huamán Poma y Túpac Amaru.
La historia oficial desconfía de los inconformes, de su voz crítica, porque ve en ellos amenazas contra el orden establecido. De ahí, su empeño por opacar o disminuir esas presencias incómodas, como quien cubre la vista con las manos frente a luz del sol incandescente que hiere los ojos, ¿No es eso lo que ocurrió, por ejemplo, con Túpac Amaru? Confinado al purgatorio por dos siglos, hace pocas décadas su figura, recluida en modestos párrafos en los textos escolares, se elevó de repente a las alturas de símbolo patrios. Pero esto no fue obra de la historia oficial, en su caso se daban la mano otros factores. Por un lado, indagaciones de estudiosos como Carlos Daniel Valcárcel, Boleslao Lewin, Jorge Cornejo Bouroncle, que desbrozaban nuevas rutas con hallazgos documentales e iniciaban una revisión de la gran revolución abortada. Por el otro, como trama de fondo, la coyuntura nacional, la creciente inquietud campesina, las reformas del general Velasco en Perú. Y, pese a segundas intenciones, tras 200 años de exilio la adhesión tupacmarista ganó un aura popular que exportó simpatías más allá de las fronteras peruanas, más allá del Abya Yala. A la tardía reivindicación por la cual Túpac Amaru “se retrató en el dinero” -aunque por corto tiempo- le hicieron favor los emotivos contornos de ocasión perdida y de tragedia de la abortada gesta libertaria de 1780-1781, del suplicio del caudillo inmolado por sembrar la semilla de la libertad en el Perú colonizado. Con Huamán Poma, el inconformista, las aguas han corrido por otros cauces. Nada fáciles de asir su vida y su obra, no tiene aquella esos rasgos de santidad o heroísmo que crean fáciles entusiasmos y devociones, su vieja crónica, el más valiente alegato contra la injusticia escrito en el Perú, carece de la prosa amena y florida que ha hecho la fortuna de los Comentarios reales, la bella historia novelada de Garcilaso de la Vega.
La historia debida a Huamán Poma
Son escasos los documentos de época que lo mencionan -y no le hacen favor alguno, los del humilde y rebelde indio Lázaro, humillado por una sentencia española. Para mostrarnos un Huamán Poma de carne y hueso y contar sus andanzas y penurias, anhelos y frustraciones, sus biógrafos, se apoyan en los datos que dispersó en las 1,179 páginas de su crónica, suplen los vacíos por conjeturas verosímiles sobre amplios segmentos de su vida que aún siguen en la bruma. Ni siquiera se sabe dónde nació (¿en san Cristóbal de Sondondo?, ¿en Concepción?, ¿en Huánuco el Viejo?) ni cuándo (Posnansky sugería 1526, Porras 1534 o 35, Lobsiger 1545). Se ignora, también, dónde y cuándo falleció (¿en Lima, poco antes de 1620?). En un tiempo se creía que viajó por todo el Perú y que compuso su obra a lo largo de varias décadas.
Se descree un dudoso linaje aristocrático que lo vinculaba con la antigua nobleza de Huánuco, los curacas yarohuilcas y, por vía materna, con el propio rey Túpac Yupanqui. Se piensa que aprendió castellano, a leer y escribir bajo la tutela de un hermano materno, sacerdote mestizo (y “sirviendo a los doctores”). Se supone que en su juventud acompañó al extirpador de cultos nativos Cristóbal de Albornoz, se infiere que sirvió de trujamán a funcionarios coloniales y que tuvo cargos de autoridad entre los indios.
Hay más suposiciones, cómo no. Pues todo es posible en la vida de este historiador andariego que, según nos cuenta, “se hizo pobre y desnudo sólo para alcanzar y ver el mundo” y decidió “meterse con los pobres treinta años”. Apenas si algo más se sabe sobre sus años del crepúsculo cuando, ya anciano y desilusionado, dejó su rincón hogareño en Lucanas y emprendió penoso viaje a pie rumbo a Lima, llevando su manuscrito para ponerlo en manos del rey español Felipe III, al que suponía residente con toda su corte en la ciudad de los Reyes. Y aquí, una vez más, su huella se volatiliza. En suma, son tantos los enigmas que plantea la trayectoria vital de Huamán Poma que hace pocos lustros Rolena Adorno afirmaba que, por entonces, su reconstrucción era “tarea imposible”. Creo que aún sigue siéndolo, pero con la esperanza que los estudios de los archivos, nos sigan iluminando la vida de este héroe de la liberación andina.
Basado en la publicación del Ministerio de Cultura, Perú. Adaptado para esta columna de opinión.
Por Marcelo Rippa, Filósofo



