Pensar en una totalidad no nos deja lugar para el Otro, el Infinito nos permite que todos estemos.
¿Quiénes somos los que estamos?, ¿Quiénes nos acompañan como Otros?
La sensación de la presencia que no nos es propio, nos marca en nosotros la idea del otro, eso que no abarcamos con nuestra razón, tal vez lo que ya estaba cuando llegamos a saber de nuestra propia existencia, como dice Manuel Cruz en el “Ser Inevitable”.
La presencia innegable del otro nos exige la alteridad, y es ahí donde la moral entra de lleno a jugar en el devenir diario. El deber por el deber mismo, si lo vemos desde Immanuel Kant, filósofo alemán de la modernidad, o lo infinito que Emmanuel Lévinas, filósofo contemporáneo, toma como parte constitutiva del sujeto, para que desde el respeto a la alteridad constituirnos responsablemente en sujetos felices, interpelados por el sufrimiento del Otro, que merece reconocerse a partir de la alteridad.
Al dudar de la Metafísica, el orden moderno pierde sentido y dirección. La humanidad desconoce su centro, los saberes de la época son cuestionados por pretender características totalitarias. El sujeto ya no es aquello que su razón le indica, y se contenta con representaciones, que no pasan de ser máscaras momentáneas de un instante de actuación para un momento único, y su reconocimiento solo serán los aplausos de los demás. El Yo, se configura a partir del otro. ¿Pero quienes nos aplauden y nos reconocen como “yo”, son personas hábiles para ese acto? Se cae en la sospecha de esas acciones, principalmente se debilitan las nociones morales, las de responsabilidad y libertad.
Hoy el sujeto moral, está inmerso en un mundo donde muchos han decretado su muerte, desde de Nietzsche, todos los valores decayeron en sus procesos de ordenamiento social; perdurando aquellos que dan lucha contra la humillación, contra la opresión, contra la muerte impuesta por decreto, están en cada sujeto vivo, que reconoce en todos los actos la repercusión en el devenir histórico y se sabe responsable por la suerte del mundo.
Es necesario por todo esto pensar al sujeto moral, Kant y Lévinas conducen por esta vía, aunque ambos son un poco escépticos en sus ideas sobre la moralidad del sujeto, por lo tanto, se tendrá en cuenta la intención positiva de introducir un poco de esperanza en esta castigada humanidad.
Ambos filósofos dan prioridad a la razón práctica por sobre la razón especulativa, pero difieren en la toma de posición con respecto a lo finito e infinito del sujeto moral. Kant piensa en un sujeto totalmente finito, mientras que Lévinas analiza como la infinitud dentro de lo finito desborda el pensamiento y limita el encuadramiento del otro. Esta diferencia los acompaña en cada postura filosófica, al configurar cada sujeto moral en sus respectivos métodos de abordaje a la ética.
Kant tiene en su sujeto a la finitud radical, limitado en el tiempo y en el espacio, por lo tanto, afecta a sus instituciones y su conocimiento especulativo científico. A este sujeto lo limita la Ley Moral, que ya está presente en él. La infinitud de Lévinas, más cercana en el pensamiento a Descartes, es producida por el sujeto mismo, gracias a la relación ética con el otro, en trascendencia del otro. Estas dos posturas se encuentran en lo humano, en su común preocupación por pensar una moral que nos obligue al buen vivir, más allá de todo conocimiento teórico posible.
Como en la Ilustración, Kant desconfiaba de la capacidad el saber cómo herramienta que moralizara a los hombres, Lévinas tiene para su tiempo la relación de cultura y barbarie, los resultados obtenidos de una moral por el deber ser, sufridos en carne propia. Por lo tanto, ambos filósofos pretenden desacoplar a la Moral del saber humano y de su cultura, pero sin caer en los sentimientos siempre cambiantes, dubitativos, inseguros en sus percepciones que nos lleven a una Moral débil y fluctuante. Este desacoplamiento hace en Kan apelar a la buena voluntad del sujeto Moral, mientras que Lévinas rompe con esa idea al buscar en lo exterior, no en sí mismo, lo que despierta al sujeto moral. La obligación moral no viene desde si, sino que es alertada, provocada, sacudida por el Otro.
El Sujeto Moral no europeo.
Justamente es esta postura frente a la moral a partir del Otro, de su alteridad, la que toma el filósofo argentino, Enrique Dussel, que, desde una feroz crítica a los fundamentos de la modernidad europea, ve en Lévinas un pensar comprometido con los oprimidos.
Dussel dice que Kierkegaard, Marx y Feuerbach, criticaron a Hegel, Lévinas, no escapa a la critico la ontología heideggeriana, los primeros pertenecían a una modernidad tardía, casi dentro de los contemporáneos, Lévinas, contemporáneo y europeo, y con ello imbuido de su ser de intención universalista, es por esto, que desde América Latina debemos superar el “cogito ergo sum”, partiendo desde la figura del otro, escuchando la palabra provocativa del oprimido que clama por su libertad de una Europa siempre totalizadora y con pretensiones de filosofía universal.
Kant, fiel a la gran tradición reflexiva alemana, responde analizando la voluntad del sujeto moral, Lévinas, rompe con esta idea, la exterioriza, este exteriorizarse es lo que despierta la moralidad del sujeto, ya no depende de mi interior sino del otro con el cual yo estoy presente. Dussel, intenta que este Otro, causa del despertar moral del sujeto levinasiano, sea el oprimido latinoamericano, el asiático colonizado, el africano explotado, que pueda entrar en la historia “universal” europea y se concrete políticamente en acciones de igualdad, para que la ética propuesta por Emmanuel Lévinas no quede en un ámbito europeo de minorías académicas, que el mensaje trascienda fronteras y perfore poderes hegemónicos colonizantés.
Para esto, Dussel propone salir de una lógica dialéctica, que termina siempre el proceso en una nueva totalidad, en una síntesis repetitiva y opresora, que se transforma en dominación de la alteridad; para ir a una lógica analéptica, que parta desde la confianza en la palabra del otro, en otro totalmente libre, sujeto que debe poder entrar en la historia sin condicionamientos para mantener su alteridad, el otro constituido como todo fundamente ético, que deja atrás el orden ontológico de la filosofía europea. El otro es el infinito, lo que no se puede conceptualizar, para no limitarlo desde mi finito. El otro presente es fuente de razón, de universalidad, ejemplificados en las figuras bíblicas de debilidad en el extranjero, la viuda y el huérfano, que desde el sufrimiento exigen justicia al sujeto interpelado por la moralidad, que da el vivir en sociedad, en apertura con el otro que viene hacia mí.
La hospitalidad hacia el otro, el estar disponible para el otro, deja de lado la subjetividad, la entrega total al otro es anterior aun a mí mismo, supera la razón para rayar lo místico-profético. El otro, que no se puede conceptualizar, está en la idea de infinito que supera la subjetividad en un “cara a cara”. Debe salir a la luz el noúmeno kantiano, para romper el monopolio de la razón en el campo de lo que conocemos desde el sujeto (fenómeno). El otro es en Levinas, el noúmeno que se manifiesta en el lenguaje que no es violento, anteponiendo a cualquier razonamiento como fundamento de norma ética, la relación cara a cara, que haga posible tanto una razón práctica como una razón teórica, encarnado desde Dussel, en el oprimido por los imperios de turno.
Por Marcelo Rippa Filosofo



