En el Día de la Lealtad, el gobernador bonaerense encabezó un multitudinario acto en González Catán y planteó que el peronismo debe construir una alternativa nacional para derrotar políticamente a Javier Milei. Con críticas al alineamiento con Estados Unidos y un llamado a dejar atrás las disputas internas, Axel Kicillof buscó transformar la conmemoración histórica en una señal de reorganización rumbo a 2027.
El 17 de octubre volvió a convertirse en una jornada de definiciones políticas para el peronismo. En un acto por el Día de la Lealtad realizado en González Catán, partido bonaerense de La Matanza, Axel Kicillof lanzó una frase que funciona como declaración de intenciones y desafío electoral: “El peronismo va a volver a gobernar la Argentina el año que viene”. El gobernador de Buenos Aires buscó instalar una perspectiva de futuro para un movimiento que necesita reconstruir su representación nacional y ofrecer una alternativa frente al gobierno de Javier Milei. El mensaje no se limitó a reivindicar una fecha fundacional del justicialismo: apuntó a convertir la memoria histórica en una herramienta para disputar el rumbo político y económico del país.
La convocatoria tuvo lugar en una fecha que remite a la movilización popular del 17 de octubre de 1945, cuando miles de trabajadores salieron a las calles para reclamar la liberación de Juan Domingo Perón. Kicillof recuperó aquella experiencia como parte de una tradición política vinculada con la ampliación de derechos, la participación popular y la incorporación de los trabajadores a la vida política argentina. En el contexto actual, esa referencia histórica también plantea una exigencia para el peronismo: demostrar que sus banderas siguen teniendo capacidad para responder a los problemas concretos de la sociedad. La memoria, en esta lectura, no alcanza por sí sola; necesita traducirse en una propuesta política capaz de reconstruir expectativas y recuperar la confianza de quienes hoy cuestionan al conjunto de la dirigencia.
Uno de los ejes centrales del discurso fue la necesidad de superar las peleas internas. Kicillof planteó que el peronismo debe reconocer dónde está su adversario y dejar de consumir energías en disputas domésticas. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, recordó, al insistir en que la prioridad debe ser construir una alternativa frente al oficialismo nacional. El planteo tiene una dimensión política evidente: las diferencias entre sectores, dirigentes y estrategias conviven con la necesidad de reunir fuerzas para una competencia electoral que promete ser decisiva. Sin embargo, la unidad que propone el gobernador también enfrenta una prueba concreta: acordar un rumbo, definir prioridades y establecer mecanismos de construcción que permitan integrar distintas expresiones del movimiento sin reducir el debate a una negociación de candidaturas.
Kicillof también apuntó contra la política exterior de Milei y cuestionó la relación del Presidente con el Gobierno estadounidense. “La Argentina no puede recibir órdenes de otro país”, sostuvo, y utilizó la expresión “che, pibe” para cuestionar lo que considera un alineamiento subordinado con Washington. La crítica coloca la soberanía nacional en el centro de la discusión y conecta la política exterior con el modelo de país que cada espacio pretende impulsar. Para el gobernador, la Argentina debe tener capacidad de decisión propia y no quedar atada a intereses externos. El debate excede los gestos diplomáticos: involucra las condiciones del comercio internacional, la defensa de los recursos naturales, la integración regional y el margen de autonomía para definir políticas económicas y sociales.
El mandatario bonaerense vinculó esa discusión con la necesidad de actualizar la doctrina peronista. En su intervención, sostuvo que la lealtad al pueblo debe expresarse en la construcción de una alternativa capaz de terminar con lo que definió como “esta pesadilla” y recuperar el país. Esa actualización supone un desafío para un movimiento con una historia extensa y tradiciones diversas: sostener principios como la justicia social, el trabajo y la soberanía, pero responder también a las transformaciones del mundo laboral, la economía y las demandas sociales actuales. La reconstrucción política requiere algo más que apelar a los símbolos del pasado: necesita propuestas concretas, una agenda reconocible y la capacidad de demostrar cómo se mejorarían las condiciones de vida de la población.
En ese marco, el gobernador puso a disposición su propia figura para la etapa que viene. “Cuenten conmigo para poner el cuerpo, para recorrer el país y para asumir las responsabilidades que tocan en esta hora”, afirmó ante la militancia. La declaración refuerza su intención de proyectar una construcción nacional desde la provincia de Buenos Aires, aunque no equivale por sí misma a una candidatura presidencial formalizada. El posicionamiento de Kicillof se produce en medio de la reorganización de distintos sectores del peronismo y de los esfuerzos por ampliar su presencia más allá del territorio bonaerense. La pregunta central será si consigue articular una fuerza federal con dirigentes, organizaciones sindicales, movimientos sociales y referentes provinciales que compartan una estrategia común para enfrentar al oficialismo.
La dimensión federal resulta especialmente importante para una fuerza que aspira a recuperar el Gobierno nacional. La Argentina no se reduce al conurbano bonaerense: las realidades productivas, laborales y sociales de Córdoba, Santa Fe, el norte argentino, Cuyo y la Patagonia plantean demandas distintas que una propuesta nacional debe integrar. Para el peronismo cordobés, el avance de una construcción encabezada por Kicillof abre interrogantes sobre los vínculos entre las conducciones provinciales, los sectores sindicales y los espacios que buscan reorganizar la oposición a Milei. En Córdoba ya se registraron movimientos vinculados con el Movimiento Derecho al Futuro, la corriente política impulsada por el gobernador bonaerense. El desafío será transformar esos contactos en una propuesta con identidad federal, capacidad de representación territorial y respuestas para las economías regionales y los trabajadores.
El acto del Día de la Lealtad dejó, así, una señal política de cara a 2027: Kicillof apuesta a que el peronismo vuelva a disputar el poder nacional con una propuesta que combine unidad interna, soberanía y recuperación de derechos. Pero el camino entre una consigna y una victoria electoral es largo. El movimiento deberá resolver sus diferencias, ampliar su base social y convencer a una ciudadanía golpeada por la incertidumbre económica de que existe una alternativa viable. La afirmación de que volverá a gobernar expresa confianza y ambición política, pero también instala una obligación: construir un programa, equipos y acuerdos que sostengan esa promesa. En definitiva, el Día de la Lealtad funcionó como un punto de partida para la disputa que viene, en la que el peronismo deberá demostrar si puede transformar su historia y su militancia en una mayoría nacional.



