En la sección “Lecturas Críticas” de IZQUIERDA NACIONAL, N* 13, bajo el título El Mitrismo de un rosista, se muestra una descarnada antología, por así decirlo, de las afirmaciones estampadas por el escritor rosista Juan Pablo Oliver en el Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas, a propósito de la Guerra del Paraguay, del revisionismo histórico marxista y de la personalidad de Mitre, afirmaciones que, como era de prever, no tardaron en merecer el benévolo si que cauteloso aplauso editorial del diario La Nación.
No hemos de recordar en detalle el impresionante cúmulo de absurdos lógicos, contradicciones históricas y desvaríos políticos en que incurriera Oliver en aquellos artículos. Baste decir que los ha reiterado y ampliado, sobre todo en cuanto al generalísimo de la Triple Alianza en un reciente reportaje publicado por la revista “Todo es Historia”, en su número de junio, dedicado precisamente a Mitre.
El propio Boletín del Instituto JMR, al publicar el primero de aquellos artículos, se encargó de puntualizar que no todos los rosistas tienen esa posición, y que aún hay quienes, en ese campo, han adoptado “posiciones antagónicas con las tesis principales” de dicho autor. Así parecería confirmarlo, en efecto, el hecho de que otro miembro del mismo instituto, como es el doctor José María Rosa, mereciera entonces ser condecorado por el gobierno de Asunción, a raíz de su libro “La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas”.
La divergencia entre los miembros del Instituto JMR, no ha llegado, que sepamos, a extremos mayores, aunque bien puede conjeturarse que, para el doctor Oliver, el doctor Rosa ha de ser algo así como un “traidor a la patria”, condenación a la que quizá no escaparía el propio Juan Manuel de Rosas, por su decisión testamentaria de donar su espada nada menos que a Francisco Solano López. Tal condenación sería absurda en un rosista, pero está visto que los absurdos no significan freno alguno para Juan Pablo Oliver.
Las posturas antagónicas existen, en el etecto, y no hemos de ser nosotros quienes metamos en un mismo saco a todos los revisionistas rosistas, ni siquiera retribuirles la actitud de muchos de ellos, que ponen a todas las “izquierdas” dentro de una misma bolsa, La fecundidad de la polémica histórica, de la cual muchos escritores rosistas fueron en su hora adalides indiscutidos, ha terminado por ganar hoy al revisionismo mismo. Y ello no por causas puramente académicas, sino porque las exigencias de la discusión, en una superestructura cultural sacudida profundamente por la crisis social y por la vida política, obligan, también a los rosistas, a perfeccionar o modificar sus ángulos de enfoque, frente a un público, preferentemente juvenil, mucho más amplio al que en su momento hubieran soñado o deseado un Ibarguren o un Laferrere.
En tal sentido, el revisionismo rosista se ve puesto en una alternativa que resulta dramática para su propio futuro, como es la de disponer de una visión histórica coherente —y tan “nacional” como pretenda tenerla— no sólo para la época que termina en Caseros, sino también para la que comienza en Caseros, puesto que Caseros, con un mínimo de sensatez, no podría ser convertida en el fin de la Historia,..
Pero es justamente en este punto donde el rosismo comienza a mostrar vivamente sus limitaciones y contradicciones. Admitir que la Historia pueda ser revisada sólo en determinados períodos, significa también admitir, aunque sea de modo implícito, que ella es una mera yuxtaposición de compartimentos estancos. Semejante postura, al negar de hecho la irrevocable fluidez del proceso histórico, termina convirtiéndose también en una negación tajante de la tradición, ese ingrediente de continuidad al que los rosistas aceptan generalmente con la fuerza de una categoría.
Es habitual en los rosistas sostener que la tradición nacional habría que dado, sin más, interrumpida en Caseros (¡no en Pavon, ciertamente!), para fundamentar así, con el carácter de un fatalismo absoluto, la definición del país posterior como una Argentina descaracterizada, una especie de Argentina no argentina… Lo cual no les impide, llegado el caso, aferrarse a otras “tradiciones” menores, vinculadas —según lo veremos— a hechos o causas posteriores a la caída de Rosas.
Obligados a tener respuestas para toda la historia argentina posterior a Caseros o, lo que es lo mismo, para un período de ciento veinte años, los escritores rosistas solucionan el problema, o creen solucionario, mediante una opción: o eligen a los federales posteriores a Caseros, aunque deban perdonarles o “justificarles”” su antiguo antirrosismo (tales los casos de José María Rosa, Ortega Peña o Fermin Chávez con las figuras de Peñaloza, Felipe Varela o López Jordán), o eligen francamente la causa de Buenos Aires y de Mitre, su nuevo caudillo, como ahora ocurre con Juan Pablo Oliver, y con Irazusta, flamante miembro de esa Academia Nacional de la Historia, que tiene a Mitre por numen tutelar.
Pero no siempre la opción corresponde a un juicio histórico sólidamente fundado: en el caso que nos ocupa, la opción de los rosistas responde a la urgencia por tomar posiciones, en una coyuntura histórica que no se ha dignado la cortesía de esperar la revisión del revisionismo tradicional.
Sin embargo aquella opción, no porque sea urgía por las circunstancias, deja de responder a una estricta lógica interna, en que el rosismo historiográfico termina descubriendo su raíz esencialmente porteñista en el enfoque de la historia argentina, así como el rosismo histórico fuera en su momento un partido esencialmente porteño…
El abrazo del Coliseo
Por eso la postura de Juan Pablo Oliver, más que una “disidencia personal” en el seno del rosismo actual, es una realidad la expresión tranca de una tendencia profunda, constante, y ahora cada vez más explícita, en muchos de los escritores rosistas, tendencia que se remonta a la alianza de rosistas y unitarios en 1852, sellando la revolución del 11 de septiembre contra Urquiza y contra el Acuerdo de San Nicolás, para defender los privilegios de Buenos Aires contra las provincias de la Confederación Argentina, El famoso “abrazo del Coliseo” entre Lorenzo Torres y Valentín Alsina fue, más que un abrazo episódico, la manifestación pública de una alianza, y-sobre todo de una imborrable sucesión política entre dos grupos porteñistas recalcitrantes.
La política de ambos grupos ha sido bien caracterizada por un historiador que responde a las tradiciones del federalismo provinciano, en un reciente reportaje de la revista “Todo es Historia” (junio 1971). Sostiene en efecto Isidoro J. Ruiz Moreno; “Mitre es el heredero político de Rosas… Rosas personificó el predominio de Buenos Aires sobre el país, hasta que el sentimiento federal pudo reaccionar con Urquiza, y en Caseros se le arrebató esa hegemonía que desde 1810 había tratado de tener en sus manos. Mitre es de los que levantan después de la victoria a Buenos Aires contra ese anhelo federal que encarna Urquiza; y cuando no puede Buenos Aires seguir imponiéndose sobre la Nación, Mitre y los hombres dirigentes de esta provincia la sustraen a la misma, y la mantienen en estado de aislamiento”.
La significación de Rosas, como la del propio Urquiza, no se agotan, sin duda, en la caracterización efectuada en ese párrafo por el citado historiador entrerriano, pero su definición sobre la herencia política de Rosas y sobre el papel de Mitre, es tajante y esencialmente correcta. Y adviertan los cavernícolas del nacionalismo oligárquico que Ruiz Moreno no es ningún “rojillo”, ni peronista, ni izquierdista, sino un honorable profesor de Historia en la Escuela Superior de Guerra…
El propio Oliver, si bien con intención opuesta, confirma el punto de vista de Ruiz Moreno, cuando en otro de los reportajes de la misma revista emite, muy suelto de cuerpo, la siguiente preciosura: “Mitre vuelve a reconstituir la unidad nacional que había logrado Rosas, y que se perdió a causa de la Constitución del 53”. Por razones obvias, Oliver prefiere no acordarse del abrazo del Coliseo, ni del papel de Mitre en el mantenimiento de la secesión porteña durante una década, como prefiere suponer también que la unidad nacional se perdió “a causa de la Constitución del 53” y no a raíz de aquélla secesión… con lo cual, de paso, justifica la legitimidad del separatismo bonaerense.
Está visto que la pregunta sobre Mitre opera sobre el rosismo como un interesante y revelador reactivo…
El Partido de Buenos Aires
En la segunda mitad del siglo pasado, cuando aún vivía Rosas y cuando Mitre estaba en el cenit de su poder, el más lúcido de los pensadores argentinos de la época, Juan Bautista Alberdi, destacó en muchísimas de sus páginas la esencial identidad, o mejor dicho continuidad de Rosas a Mitre. Con menos frecuencia, cuando los problemas del presente le despejaban al tucumano de su antigua chifladura por Rivadavia —verosimilmente insuflada por Florencio Varela durante los años de Montevideo— el propio Alberdi, según es posible comprobarlo en páginas de los Escritos Póstumos, amplió esa línea de sucesión portuaria: Rivadavia-Rosas-Mitre.
Los viejos rosistas que se habían pasado al mitrismo, o que lo apoyaron en los momentos críticos, tales como los hermanos Elizalde, el General Pacheco, Lorenzo Torres, Vélez Sarsfield, los Anchorena y muchísimos otros, eran políticos prácticos que no se iban a arriesgar a una discusión con el tucumano, no ciertamente por timidez intelectual —la audacia porteña da para todo— sino, sencillamente, porque no les convenía ventilar el pasado… Prefirieron suponer que con Rosas en Southampton el pasado ya estaba liquidado, y se dedicaron muy activamente a compartir el poder “liberal” de Mitre desde las bancas de la Legislatura porteña, desde la Convención Reformadora de la Constitución, y desde el propio gobierno, fuere el de la provincia de Buenos Aires o el del Ejecutivo Nacional de Mitre.
Conviene aquí detenernos en un rasgo que no es puramente circunstancial o personal: la actitud de los rosistas que apoyaron primero a Valentin Alsina y luego a Mitre, no puede ser explicada, psicológicamente, como una defección o como una simple “vuelta de casaca”, tal como acostumbra hacerlo, por ejemplo, el Dr. José Maria Rosa. Histórica y políticamente hablando, el rosismo es el partido rosista, en su sector principal y dirigente, y no la sola persona de su jefe desterrado, cuyo papel se había agotado para los intereses del sector de ganaderos e importadores, que trajeron a Urquiza a Buenos Aires para luego despedirlo, como en su momento habían despedido al antiguo jefe de los
Colorados del Monte… Y fue el partido rosista en ese sector principal —escindido del plebeyismo rural que representaban algunos jefes como Hilario Lagos— el que pasó a apoyar decididamente al locuaz tribuno de las Jornadas de junio y de la revolución de septiembre.
Descartado su jefe, el rosismo tuvo que adecuarse también a un cambio de “estilo”: no se trataba ya de calificar al rey de los franceses como unitario y rey guardachanchos, pero el gusto de la clientela electoral porteña iría a solazarse, en adelante, con una retórica que si bien no era la misma de la Mazorca, temblaba igualmente de emoción ante la perspectiva de “derrumbar a cañonazos las puertas de los ministerios”. No se trataba ahora de pegar con brea cintas rojas en el cabello de las señoras, sino de pegar cintas celestes en el pecho abierto de los “barbaros” del Interior. Cambiaban las figuras, pero continuaba vigente la misma retórica de “vivas” y “mueras”, con sus constantes apelaciones al sacrosanto civismo y con su líder ‘descubierto ante el pueblo soberano”, como en los días del noventa, cuando don Bartolo, autor de uno de los más escandalosos fraudes electorales en la historia de Buenos Aires —según hubo de recordarse puntualmente el “loco’”’ sanjuanino en horas difíciles— no tuvo empacho alguno en presentarse como apóstol de la pureza del sufragio… papel que seguiría representando hasta su éxito, a pesar de las reiteradas tentativas para evitar el sufragio por medio del “Acuerdo”.
Años después de la polémica de Alberdi, cuando Mitre ya no tenía el poder pero en cambio comenzaba a digitar la historia, fue un mitrista y cívico, el doctor Adolfo Saldías, quien inició en gran, escala —con la anuencia a estímulo del propio Mitre— la tarea de reivindicar la figura del Restaurador de las Leyes, en su monumental y aún aprovechable “Historia de la Confederación Argentina”. Eran los años en que las turbulentas aguas de la política bonaerense divididas y revueltas por la herencia y crisis del nuevo alsinismo (el de Don Adolfo) trataban de encontrar o reencontrar sus viejos puntos de acuerdo para enfrentar a las fuerzas del interior entonces en alza. Mitre, que como se ha dicho no dejó de estimular el trabajo de Saldías, se preocupó de dejar aclarada su disidencia frente al revisionista, sobre todo en lo tocante a la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos, asunto de vidriera muy caro, por cierto, a los retóricos de la “Casa de cristal”, no tan sensibles a otros aspectos (privados) como el obsequio de los proveedores de la Triple Alianza para afianzar los cimientos de “la tribuna de doctrina”.
Pero ninguno de estos antecedentes turba los pensamientos de los rocistas de hoy. Y es así como el rosismo historiográfico -fiel en esto a la duplicidad del supuesto “nacionalismo” de Mitre- ha optado por recurrir a historiadores y escritores de origen provinciano, especie de porteñistas honorarios, como el salteño y Ibarguren y el entrerriano Irazusta, para desbrozar el el camino en la apología del caudillo del puerto.
Sin embargo, el proceso de reivindicación juega una mala pasada a esos “modernistas” del rosismo, que pretendiendo actualizar la figura del Restaurador, llegan hasta presentarlo como una especie de Fidel rubio y sin barba… Pero Don Carlos Ibarguren, padre del revisionismo actual, se encarga de refrescarle la memoria al dibujar la imagen de un Restaurador de las leyes calificado esencialmente como caudillo bonaerense, hombre de orden, enemigo de “la anarquía”, jefe de un partido conservador definido en sus líneas típicas como gendarme de la República, y hombre de la prosperidad porteña frente a la agitación disolvente del interior y de sus exigencias. La figura que resulta del diseño y Ibarguren es el de un Rosas fiel en todo esto a la política de Rivadavia, quien había inventado el federalismo del Cuadrilátero para separar a las provincias litorales de las del Interior, consolidando por medio del porteño Mansilla la autonomía pequeña de Entre Río,s después de asestada la puñalada contra Artigas, y saboteando por todos los medios el Congreso Nacional convocado en Córdoba por Bustos, en 1821.
El juicio del rosista Carlos ibarguren sobre el prócer del unitarismo queda, en efecto, bien estampado en las siguientes líneas, donde el salteño juzga así a Rivadavia y al Tratado del Cuadrilátero: “Ese tratado se aseguró por un tiempo el sosiego necesario para que Rivadavia encendiera, como un relámpago entre dos tempestades, una llamarada de cultura y de progreso en la metrópoli Argentina” (Carlos Ibarguren: Juan Manuel de rosas capítulo VII).
¡Rosas constitucionalista!
José María Rosa, que ha pintado en cambio a Don Bernardino como la personificación del cipayo y rastacuero sudamericano, en su libro sobre “Rivadavia y el imperialismo”, no estará seguramente dispuesto a admitir que las Instrucciones de Rivadavia, como ministro de Martín Rodríguez (postergar la organización del país hasta que cada provincia hubiera hecho el arreglo de su administración interior), se parecen, como una gota de agua a otra, a los conceptos “constitucionales” -llamémosle así- de Don Juan Manuel en su famosísima “Carta de la Hacienda de Figueroa”, documento este que algunos escritores rosistas o proclives al rosismo, como Don Pepe Rosas, no solo en el sentido de la maestría política -donde el elogio puede estar justificado- sino también como expresión de hondura de las ideas de Rosas en materia constitucional (¡?) lo cual resulta ya picante… Según ellos estaría cimentada en un excepcional realismo del Gobernador de Buenos Aires que así se burlaba del doctrinarismo de los “ideólogos” (La palabra ideólogos que con que el primer cónsul francés fulminaba a muchos de sus adversarios, ha tenido exitoso camino entre nuestros rosistas).
Estos y otros escritores parecen olvidar que la doctrina de los bochincheros “ideólogos”, doctores provincianos, canónicos y secretarios de caudillos, -casi todos federales de buenos títulos, y no unitarios, como se afecta a creer- pretendía nada menos que organizar el país, reglar nacionalmente el comercio exterior, y distribuir equitativamente los ingresos de la única Aduana.
Así como la continuidad de fondo entre Rivadavia, Rosas y Mitre, no escapó en su hora a la penetración crítica de hombres como Alberdi, tampoco escapó a la perspicacia práctica de quienes, como Dalmacio Vélez Sarsfield -otro provinciano porteñista- sirvieron sucesivamente a los tres. El famoso “doctor Mandinga” fue, en efecto, rivadaviano, rosista y mitrista. Quienes pretendan imputar esta conducta a otras tantas “vueltas de casaca”, podrán hacer con ello una descalificación de fondo, esto es,, el constante servicio a una sola política: la política de Buenos Aires. En rigor de verdad, el “doctor Mandinga” y como él muchos otros diablos menores, nunca se dio vuelta la casaca…
Los viejos amores
Entrados va en la edad de la vejez del revisionismo nacionalista —vejez histórica y política, se entiende, con lo que dejamos a salvo nuestros respetos por las glándulas y arterias de tantos escritores todavía combativos— el rosismo siente hoy la tentación de volver a sus viejos amores. o, mejor dicho, a su único amor, el amor de Buenos Aires, esa antigua y nostálgica “Reina del Plata”, capaz de amparar en su seno abundante, cosas tan dispares como los recuerdos de Guido Spano, el culto por Mitre y los tangos de Gardel…
De ahí que, ante la irreverente embestida de tantos jóvenes y escritores nuevos, que saludan los aportes positivos del rosismo, pero pasan adelante en la tarea de revisión, los viejos popes del rosismo tradicional se alarmen y reaccionen en defensa del panteón de sus lares, donde se codean las efigies de los antiguos enemigos, celosamente custodiadas por una misma descendencia.
Nada quizá podría alertar más a estos hijos espirituales de Rivadavia, Tomás de Anchorena, Rosas, Valentín Alsina o Mitre, como el hecho de que la exhumación historiográfica de Bustos, Ferré, Ibarra, Heredia, Derqui, Peñaloza, Benavídez, Varela y tantos otros, haya tomado impulso contemporáneamente a un estado de franca rebelión del Interior, de sus clases medias y de su clase obrera, concretada en un proceso de reciente iniciación, pero que ya ha tenido expresiones muy nítidas en los sucesos de Córdoba, Corrientes, Rosario, Tucumán, Catamarca, etcétera.
Como los gansos del Capitolio ante el ascenso de los bárbaros, algunos próceres del rosismo dan la alarma, y denuncian como rojos a los escritores de la nueva generación, que se han tomado en serio la tarea de revisar de veras nuestra historia política. Aquellas vestales del pasado cultivaron, ciertamente, el escándalo y la iconoclastia cuando eran jóvenes, pero nunca sospecharon que la cosa pudiera llegar tan lejos… Por eso, no hay para ellos embarazo alguno en ser rosistas y ejercer al mismo tiempo la defensa, franca o solapada, de Bartolomé Mitre, heredero político del Restaurador.
Oigamos, por ejemplo, a Julio Irazusta.
Este escritor, refiriéndose a la política ferroviaria de Sarmiento, invoca como prueba de “nacionalismo’” tres discursos de Mitre en el Senado. No dice que Mitre se mostraba “nacionalista” porque era entonces opositor, sino porque actuaba “como aleccionado por su propia experiencia” (¡Mitre arrepentido!…). Refiriéndose al fundador de la “tribuna de doctrina”, escribe Irzusta: “A la posición fijada en este debate, en el que pronunció tres discursos de los que deberían editarse anualmente millones de ejemplares, para que sirvieran de Biblia económica de los argentinos, Mitre siguió fiel hasta el fin de sus días…” (Influencia Económica Británica en el Río de la Plata. Eudeba, Buenos Aires, 1963, página 73).
Aceptamos con reverente humildad el hecho de que la Biblia sea editada periódicamente en millones de ejemplares, pero no alcanzamos a imaginar que público argentino podría absorber anualmente millones de ejemplares de tres discursos de Mitre, aun admitiendo la población de China… Y ello aunque Julio Irazusta trocara su papel de rosista eminente por el más opaco de vendedor de biblias…
Pero no es Irazusta, actual miembro de la Academia, el único presente en el reencuentro del Coliseo.
Ya hemos mencionado a Oliver.
En un reciente reportaje (“Todo es Historia”, número de junio de 1971), explica Oliver que Mitre, en la Guerra del Paraguay, actuó “como argentino, como militar y como presidente” y que debe admitírselo “nos guste o no nos guste” (Esto que parece una reflexión gastronómica o estética es, sin embargo, para Oliver, un criterio de juicio historiográfico…).
Cuando en el mismo reportaje le preguntan a Oliver qué opina sobre la actuación de Mitre en el Interior, el escritor rosista, poniendo énfasis en la riqueza de Buenos Aires, responde: “Fue similar a la de todos los otros gobernantes argentinos, incluso Rosas. Mitre se valió para su política unificadora de la fuerza que tenía en su poder, basada en el dinero de Buenos Aires, único gobierno rico del país…”. Sin mencionar nombres expresivos de Oribe y Arredondo, admite Oliver que la política de Rosas y la política de Mitre fueron similares, lo cual es cierto, y las explica por el poderío del único gobierno rico del país, lo cual también es cierto, aunque el juicio de valor que de ese hecho pueden extraer un rosista-mitrista y un federal provinciano, cambie de signo en uno y otro caso. Al mismo tiempo, justifica esa política porteña en el Interior, con una afirmación gratuita y calumniosa: la de que esa política fue similar “a la de todos los otros gobernantes argentinos”. De lo cual podría podría deducirse, en definitiva, que a Oliver el Interior le importa un rábano.
Otra de las pruebas que para Oliver justifican a Mitre, es que muchos de los enemigos de éste en el Interior habían sido también enemigos de Rosas. Y en su primer artículo del Boletín del Instituto JMR, agrega Oliver esta tirada contra el revisionismo marxista: “…para esta izquierda nacional” todos los argentinos que intervinieron en la guerra del Paraguay, o fueron unos mercenarios pagados por las esterlinas inglesas o esclavos cobardes empujados por las bayonetas brasileñas. Y los auténticos patriotas eran, a la sazón, quienes se ganaban a los montes, se rebelaban o desertaban de sus deberes militares. De ahí la aureola folklórica para una serie de caudillos de la década del 60 quienes, casualmente, en la década anterior combatieron todos contra Rosas y hubieran vuelto a combatirlo de haber retornado al gobierno. Pero con su apología historicista el marxismo enseña el deber de rebelión y deserción en caso de un actual conflicto internacional”.
En el párrafo transcripto, la mala fe corre pareja con la intención de enredarlo todo, aungue sea-con el socorro de argumentos de pleitista. Ni la izquierda “nacional” (las comillas son de Oliver), ni ningún sector de pensamiento marxista podría cometer la estupidez de juzgar la actitud individual de los miles de hombres que integran un ejército, por identificación mecánica con los fines o los móviles que determinan una guerra. Nunca se le ocurrió a Lenin, por ejemplo, calificar de “mercenarios” del capital anglofrancés a los millones de rusos que perdieron su sangre en los ejércitos del Zar. No sabemos en qué caso concreto piensa Oliver cuando menciona un “actual conflicto internacional”, pero sí puede estar seguro, este iracundo, que el marxismo revolucionario, llegada la ocasión, sabrá distinguir entre guerras y guerras. En cuanto a los caudillos de la década del -60, no fue “casualmente” que eran antimitristas como habían sido antirrosistas. Tan consecuentes como Oliver cuando defiende a Buenos Aires —sea con Rosas o con Mitre— los caudillos del Interior fueron igualmente consecuentes al levantarse contra la bota del Puerto, tratárase de Rosas en un caso y de Mitre en el otro.
Pero sería imposible insistir en el examen de los argumentos de Oliver, sin caer en el riesgo de dedicarle a él solo más espacio del que cabe en este artículo. Recomendamos al lector la lectura completa de los artículos de Oliver en los números 4 y 5 del “Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas”. Allí podrá encontrar la “prueba” de que Solano López era agente inglés porque su compañera lo era, y porque utilizaba técnicos ingleses en la industria y en el ejército; reírse de los esfuerzos industriales del Paraguay; aprender que el Tratado de la Triple Alianza fue un resultado del “impacto psicológico” de la invasión paraguaya a Corrientes; comparar a Felipe Varela con Juan Moreira o con Mate Cocido; advertir cómo el revisionismo marxista argentino aplica lecciones de Moscú, y otras preciosuras del mismo estilo…
El Rosismo populista
Pero hay otra variante del rosismo que no es la impecablemente conservadora y cerril de Carlos Ibarguren, Irazusta u Oliver. Trátase de la que podría denominarse vertiente populista (voluntariamente más a tono con la época actual y más inclinada a darnos de Don Juan Manuel la imagen de un caudillo “nacional y popular”). Apela esta vertiente a algunos de los rasgos objetivamente nacionales del Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación (la Vuelta de Obligado, por ejemplo) para meter también en la misma bolsa la política del Gobernador de las Facultades Extraordinarias, doble mandato que implica un compromiso y que, a la larga, daría al traste con la dictadura tan laboriosamente mantenida.
Este revisionismo populista, con un entusiasmo embrollón, invoca indistintamente las banderas del viejo Partido Federal, y la de la Santa Federación, como si se trataran de la misma cosa, y mete en un mismo bando a todos los “federales” que de ello resultan, con un método histórico más digno de Rimoldi Fraga que de la verdad, y con el auxilio de los ingredientes antiguos y modernos más heteróclitos: montoneras, malambos, tacuaras, la barba de Fidel, los ojos del dictador rubio, los “caudillos” (¡oh! los caudillos…) la levita contra el chiripá, los gauchos y los doctores, etcétera.
Muchos rosistas hay de esta especie, sin excluir aquellos provenientes de diversos sectores ideológicos, que al descubrir “lo nacional” se bandearon poniéndose la divisa punzó. Pero aquí nos limitaremos a un rosista auténtico, como es sin duda el doctor José María Rosa, autor de una larga obra que, a pesar de su filiación y devoción porteñista, ha intentado el compromiso con el federalismo del Interior.
Las opiniones de José María Rosa sobre Mitre nunca son demasiado explícitas si se trata precisamente de Mitre. Prefiere recurrir al ingenio antes que a la coherencia, para emitir sus juicios sobre el vencedor de Pavón, Así, en otro de los reportajes de la revista que hemos venido citando, don Pepe Rosa sale del paso con algunas frases que lindan entre la boutade, la vacilación y la afirmación. Dice que Mitre era mal militar (opinión seguramente no muy osada); le reconoce valor como historiador; recuerda que fue el “iniciador” del revisionismo al estimular a Saldías; condena la acción de Mitre en las provincias del Interior, aunque puntualizando la complicidad de Urquiza; y opina que Mitre es “prócer” porque es el “antiprócer” (¡?) tesis típicamente maniquea, en cuanto otorga igual poder a Dios que al Diablo…
Pero no son los arreglos verbales de José María Rosa, ni sus ocurrencias ingeniosas, las que aquí nos interesan, sino su posición explícita en el antagonismo Buenos Aires-Interior. Y en este terreno, el escritor rosista no recurre a alegorías ni figuras.
En un reciente trabajo sobre La Revolución del 80 (Ver “Polémica”, Centro Editor, N° 40) el doctor José María Rosa califica de “argentino” al ejército porteño de Pavón; afirma luego que todo Buenos Altres, en todas sus clases y partidos, se opuso en el 80 a los avances del “ejército de línea” (expresión utilizada con sentido peyorativo, para no calificar de “argentino” o simplemente de “el Ejército”, al ejército de Avellaneda y de Roca). Sostiene que los jefes y conductores políticos de la rebelión porteña, como Mitre y Tejedor eran “decentes” y por eso “traicionaron” al alzamiento de Buenos Aires ante el temor de que el pueblo confraternizara con las tropas bonaerenses (¡?). Y como en el método del doctor Rosa todo puede arreglarse con el estilo y las palabras, sostiene que el alzamiento mitrista y tejedorista del 80 contra la Nación “fue la última revolución popular del siglo xrx; casi diría la última montonera”… En consecuencia, y dado que el papel en que se escribe es incapaz de protestar, tenemos a Peñaloza, Varela, Saá y López Jordán transformados nada menos que en rifleros de Tejedor, aunque la vida y la muerte de todos esos caudillos hubiera sido una permanente protesta precisamente contra esos rifleros de la juventud dorada de Buenos Aires.
Recurriendo a una versión bastante barata del concepto de lucha de clases, José María Rosa condena por “decentes” a los jefes de la rebelión de Tejedor, y se queda con los supuestos “plebeyos” de Buenos Aires, es decir, con el grueso del partido mitrista y con su causa. Del mismo modo que el amanuense mitrista Eduardo Gutiérrez (“La Muerte de Buenos Aires”), a quien sigue y cita en cuanto le conviene, el doctor Rosa no trepida en presentar la derrota de las fuerzas del Puerto como una victoria militar de Buenos Aires…
No es eso todo. El doctor José María Rosa, a quien muchos sectores identifican como “peronista”, es decir como partidario de una de las presidencias más presidencialistas que ha tenido el país, termina así su trabajo sobre la Revolución del 80: “No hubo civismo, ni exteriorizaciones populares; no hubo sino una tremenda, una enorme disolución que haría posibles las políticas del presidencialismo y del unicato sobreviniente”.
Lo cual recuerda bastante a la acusación de “gobernante absoluto” lanzada contra Francisco Solano López por Juan Pablo Oliver, vindicador de las Facultades Extraordinarias del Gobernador de Buenos Aires.
El caso de José María Rosa, defensor historiográfico del partido porteñista en el Ochenta, podría pasar, con un exceso de buena voluntad, como un enfoque meramente circunstancial, si su mitrismo implícito no se compaginara de modo tan perfecto con el mitrismo explícito y confeso de sus correligionarios Irazusta y Oliver. Podrán por ahora, si lo quieren, ocultar impúdicamente sus diferencias para no alterar la “imagen” del rosismo. Pero el Abrazo del Coliseo, ya renovado con el ingreso de Irazusta a la Academia, les espera al final de sus disputas. Salvo que algunos se atrevan, de una vez por todas, a rasgar el velo de la “Santa Federación” para incorporarse, como argentinos y no como porteños, a la vieja tradición del Federalismo auténtico, cuya bandera levantara en su hora Artigas, el Protector de los Pueblos Libres y verdadero padre del federalismo argentino.
Córdoba, julio 1971
por Manuel Cruz Tamayo*, seudónimo de Alfredo Terzaga.



