Ni Colonia próspera, ni Nación independiente: Argentina, un gran país que aún no fue parido

San Martin, Rosas, Peron
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Como en la escena del estacionamiento de “Volver al Futuro”, el joven padre de Marty McFly le propina —a pesar de su inferioridad física— una terrible piña a su hostigador, de quien no recibía más que amenazas y de quien era objeto permanente de burlas. En un solo acto de determinación, le cambia el rumbo a las cosas para siempre.

Ese golpe demuestra que una única decisión firme (o pueden ser varias también) tiene el poder de transformar no solo el destino de un gobierno, sino también el futuro de toda la historia que rodea a un país.

Desde nuestra génesis como “nación independiente” —fundamental el encomillado, en virtud de que en nuestra etapa independentista seguimos siendo dependientes, porque bien dice el dicho popular: “No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”—, así como dejamos de pertenecer a la “Nación Española en América”, pasamos a ser una colonia pobre e informal del Imperio Inglés, que no por casualidad fogoneaba esos mismos movimientos independentistas en la región con, en nuestro caso, la anuencia y colaboración de nuestros consabidos vende-patrias, inescrupulosos y salvajes liberales. Esta situación lleva la friolera de 210 años (del 9 de julio de 1816 hasta hoy, 2026).

Obviamente, esos años, lejos de ser uniformes y lineales, presentaron movimientos, momentos, hechos y periodos históricos de esporádicos cambios en esa lógica (la de país colonial, me refiero) en la Argentinidad, como conjunto de políticas, costumbres, valores y expresiones que definen la identidad político-cultural y el sentimiento de pertenencia del pueblo argentino. Esos esporádicos movimientos, desde el asesinato de Dorrego, fueron signados por la rebeldía ante el poder (siempre anglosajón y representado por nuestros liberales) y sistemáticamente, hasta el día de hoy, fueron reprimidos, acallados y perseguidos con sangre, armas, relatos, mentiras o dinero.

Entonces, nos toca el histórico devenir entre la Patria y la Antipatria: la verdadera grieta (no la que divide a liberales y progresistas, dos mismas versiones de la Antipatria).

Que no nos confundan, es simple: la Antipatria se inaugura desde nuestra mismísima génesis con quien fue, contradictoriamente, el primer presidente: Rivadavia. Y la Patria arranca con quien fue, justamente, su enemigo: San Martín. A partir de allí en adelante, esas esporádicas expresiones y movimientos de rebeldía siguieron siendo representadas por Juan Manuel de Rosas, algo de Yrigoyen y por el último defensor de la Nación, el General Juan Domingo Perón. Simple, sencillo.

A todo esto, transitamos este último periodo histórico de la Antipatria (de marzo de 1976 a hoy) a la espera de que (somos hombres de fe y sabemos que va a ser así) un argentino o un grupo de argentinos vuelva a representar a la Patria y nos vuelva a enseñar “cuántos pares son tres botas”.

Por Ricky Peixoto

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