El atraso en los pagos vuelve a poner contra las cuerdas al sistema de atención a personas con discapacidad. Prestadores cordobeses advierten que la demora impacta directamente en la continuidad de los servicios y profundiza una crisis que viene acumulando reclamos.
La situación de los prestadores de servicios para personas con discapacidad vuelve a generar preocupación en Córdoba. Las demoras en los pagos por parte de las obras sociales están poniendo en tensión a instituciones y profesionales que sostienen diariamente tratamientos, acompañamientos y prestaciones esenciales.
El problema no se limita a una cuestión administrativa. Para los prestadores, los atrasos afectan directamente su capacidad para mantener equipos de trabajo, afrontar gastos y garantizar la continuidad de las prestaciones que reciben miles de personas con discapacidad.
El escenario se suma a una crisis que el sector viene denunciando desde hace tiempo. En marzo, instituciones cordobesas ya habían advertido que atravesaban una situación límite y que algunas se encontraban al borde del cierre debido al deterioro de sus condiciones económicas.
La demora en los pagos genera además un efecto en cadena: mientras los prestadores deben continuar pagando salarios, alquileres, servicios e insumos, los ingresos por las prestaciones pueden llegar con retrasos, dejando a las instituciones sin margen financiero.
Desde el sector vienen reclamando respuestas concretas y mecanismos que permitan garantizar la previsibilidad de los pagos. La problemática también se vincula con los reclamos por el financiamiento del sistema de discapacidad y por el cumplimiento de las obligaciones asumidas por las distintas obras sociales y organismos involucrados.
El conflicto no es nuevo. En años anteriores, prestadores cordobeses ya habían denunciado atrasos de las obras sociales y reclamado una actualización de los aranceles frente al aumento de los costos de funcionamiento.
Mientras tanto, las personas con discapacidad y sus familias quedan en el medio de una discusión que tiene consecuencias concretas: cuando un prestador no puede sostener su actividad, se pone en riesgo la continuidad de tratamientos y servicios fundamentales.



