Sin Cóndor no hay Malvinas. Lecciones de EE.UU. vs Irán

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“Con misiles como el Cóndor II podríamos atacar hasta reducir a cenizas la Base Británica de Monte Agradable obligando a Londres (poder sustancialmente inferior a EE.UU.) a sentarse a negociar, tal vez también en Versalles, como Estados Unidos”.

Resultó, finalmente, que el principal garante del cese de hostilidades en el Oriente Medio han sido los misiles balísticos iraníes. Letales. Implacables. Inagotables. En un mundo en que el populacho digital de las redes sociales asume la moda de creer que la guerra moderna se gana solo con drones, Teherán demostró que se puede defender la soberanía de una nación y su silla en la mesa de negociaciones con un robusto programa de misiles balísticos, combinado con la producción en serie de drones y vehículos no tripulados, más una extensísima red de fortalezas subterráneas.

En la Argentina, numerosos analistas presuntamente entendidos en la materia daban por derrocado al régimen iraní al inicio de esta guerra que lleva casi 4 meses. Asumían que frente al incuestionable y formidable poder de Washington no habría ningún tipo de oportunidad para Irán.

Pues bien, este miércoles, Trump -habilidoso negociador que respeta al duro adversario y que desprecia a los condescendientes- firmó EN VERSALLES (nada menos) el pliego inicial que pone fin de forma inmediata a las hostilidades y que abre el camino a una paz duradera.

A diferencia de Afganistán o Irak, Teherán no cambió de régimen ni permitió el desembarco de tropas estadounidenses en su territorio. Por el contrario, sostuvo un duro combate durante los últimos meses, con ingentes pérdidas pero sin ceder un palmo de territorio, mientras enfrentaba una guerra en simultáneo con Israel, Estados Unidos y su despliegue en diferentes bases a su alrededor, más el apoyo logístico y militar de otras naciones del Golfo aliadas históricas de Washington.

Esa resistencia, admirable sin lugar a dudas, independientemente de la simpatía o apatía que como argentinos podamos tener del sistema iraní, se estructuró sobre dos pilares básicos: un inmenso arsenal de misiles y una inquebrantable voluntad de combatir. Ambos factores han sido lo suficientemente determinantes para que una potencia del Golfo que durante décadas estuvo excluida casi por completo del mundo y sometida a un infinito cóctel de sanciones, hoy logra una silla en una mesa de negociaciones que la coloca en una vidriera global, poniendo condiciones para la paz, y cuya dignidad es respetada nada más y nada menos que por la primera potencia nuclear del mundo.

De parte de Estados Unidos, tal vez Trump despertó a tiempo del profundo sopor en el que Israel -principal amenaza actual al proceso de paz- lo sumergió para arrastrarlo a una guerra en el Golfo con la única finalidad de acomodar al Sha Reza Pahlevi en el trono persa, persiguiendo un cambio de régimen que finalmente no sucedió. Todo ello en el camino de hacer realidad los deseos de un Netanyahu que necesita de la guerra como principal mecanismo de supervivencia frente a la crisis política que enfrenta puertas adentro de Israel sumergido en un caos de corrupción y descrédito.

Quizás en esta guerra el principal triunfo de Estados Unidos sea sobreponerse a los deseos de Israel más que a los de Irán, si logra finalmente consolidar una paz duradera que resulta, a primera vista, ofensiva a los ojos de Tel Aviv.

En una época de aprendizajes permanentes a través de los conflictos en Ucrania y Medio Oriente, la ocasión es oportuna para aprehender una de las lecciones más importantes para la Argentina, dado el “know-how” que nuestro país posee respecto del desarrollo de sistemas de misiles como los utilizados por Irán. La guerra moderna no ha encontrado arma que pueda reemplazar el impacto militar y psicológico de decenas, cientos o miles de ojivas precipitándose impunemente sobre el enemigo. Los sistemas antiaéreos no pudieron detener el impacto de los misiles iraníes que superaron, por saturación o innovación, a los más avanzados sistemas de defensa occidentales.

De haber continuado nuestro programa de misiles Cóndor, hoy fácilmente la Argentina dispondría de un arma en cantidad y calidad suficiente para ser la “potencia del golfo” de la América del Sur. ¿Por qué a lo largo de estos 44 años luego de Malvinas nuestra clase dirigente se niega siquiera a mencionar la reactivación de nuestro programa de misiles? Sencillo: ha sido la primera condición que la democracia aceptó como parte de la rendición frente al Reino Unido.

Los que no nos hemos permitido en la vida el lujo de caer en la típica presunción de los académicos intelectualoides que filosofan sobre lo que es la Patria pero abjuran de su derecho a la Defensa, podemos permitirnos otro lujo, el de especular y profetizar: HOY LAS ISLAS MALVINAS Y DEMÁS ESPACIOS TERRESTRES Y MARÍTIMOS USURPADOS ESTARÍAN NUEVAMENTE BAJO NUESTRA ADMINISTRACIÓN SI ALGÚN LÍDER DE ESTA DECADENTE DEMOCRACIA HUBIESE REACTIVADO EL PROGRAMA CÓNDOR.

Con misiles como el Cóndor II Irán resistió el ataque combinado de la mayor potencia nuclear junto a su aliado Israel y conquistó con fuego una silla en la mesa de negociaciones.

“Con misiles como el Cóndor II podríamos atacar hasta reducir a cenizas la Base Británica de Monte Agradable obligando a Londres (poder sustancialmente inferior a EE.UU.) a sentarse a negociar, tal vez también en Versalles, como Estados Unidos”.

Estados Unidos no es la primera potencia mundial por sus armas nucleares. Lo es por la tradición de un pueblo que sabe cuándo es tiempo de combatir, cerrar filas tras el liderazgo de la nación y avanzar con firmeza, unidos en defensa de sus intereses. Pero también es un pueblo que a veces sabe interpretar cuándo es tiempo de detener el combate y tratar con dignidad al adversario. Eso que no hizo Truman con Japón y que tal vez hoy puede hacer Trump con Irán. Porque Irán se lo ha ganado. Porque no es lo mismo  bombardear al adversario que doblegar su voluntad de combate.

Puede gustarnos más o menos el sistema político iraní, pero a la luz de los candelabros de Versalles sobre Trump, nadie puede afirmar que a cuatro meses de guerra con la primera potencia el país persa se haya doblegado. Por el contrario. Sale aún más fortalecido. Porque ha dado clase al mundo sobre para qué existe el Sistema de Defensa y cómo puede emplearse de forma exitosa incluso contra las potencias más poderosas del mundo.

Hoy, nuestra dirigencia y nuestros mandos militares tienen la oportunidad de empezar a incorporar las lecciones que deja una guerra planteada a partir de la amenaza y el uso indiscriminado de misiles balísticos y enjambres de drones sobre objetivos enemigos.

Si Estados Unidos no logró eliminar la amenaza del programa de misiles iraníes, cuánto menos podría el Reino Unido eliminar una amenaza similar en un país con la extensión y profundidad territorial de la Argentina, y con el dominio tecnológico que habríamos podido obtener al día de hoy en el arte de los sistemas de misiles balísticos.

El silencio de nuestra cómplice dirigencia política respecto del Cóndor durante más de 30 años, no hace otra cosa que desnudar el temor de nuestro enemigo a una eventual recuperación y proliferación de esa capacidad. ¿Será por ello que Londres invierte tanto en nuestra clase gobernante?

Las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y Espacios Marítimos correspondientes no se recuperarán hasta tanto la República Argentina disponga de los misiles balísticos necesarios para disponer de la capacidad de borrar del mapa la Base Británica de Monte Agradable, por medio de ataques combinados de tipo balísticos junto a la acción de enjambres de drones de ataque. Esa masa de poder constituye, por sí sola, la principal garantía de encarecimiento y obstrucción de la usurpación británica en malvinas. Aunque claro, es una masa de poder inalcanzable si primero no desarrollamos la voluntad seria, contundente y creíble de defender a nuestra Patria.

Por Eric Torrado

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