Por Mariano Saravia, magister en Relaciones Internacionales.
Desde Argentina, el también ultraderechista Javier Milei posteó en X: «¡El león y el tigre rugen en Latinoamérica! Hoy la mayoría de los colombianos eligieron el camino de la libertad económica, la prosperidad, la seguridad implacable y decirle basta al crimen organizado transnacional y al narcotráfico».
Sin embargo, hubo manifestaciones en Bogotá y otras ciudades colombianas, a favor de ambos candidatos que se reparten el electorado prácticamente en partes iguales. Ahora, el desafío será enorme. Para la extrema derecha, será retomar el rumbo del neoliberalismo a nivel interno y la mayor desregulación posible en materia de precios y tarifas. En cambio, para el progresismo, el desafío será defender los avances sociales logrados en el gobierno saliente de Gustavo Petro.
A la hora de buscar explicaciones, seguramente habrá que poner un ojo en la participación ciudadana, ya que, de 41 millones de personas habilitadas para votar, solo lo hicieron 26 millones, es decir, un 63 % del padrón electoral. Aunque se trata de un record de participación, uno no puede no pensar en los motivos que llevaron a tanta gente a no entusiasmarse con el ejercicio de la democracia. Una explicación posible es la falta de carisma del candidato Iván Cepeda, un histórico defensor de los Derechos Humanos.
De la Espriella, personaje llamativo
En contraste con la sobriedad de Cepeda, el candidato de la derecha es un personaje extravagante. Lo primero que hay que decir es que es un abogado que defendió a personajes del crimen organizado y él mismo hace alarde de esto, al mismo tiempo que promete lo contrario: meter en la cárcel a los criminales. Pero hace tiempo que la abogacía pasó a un segundo lugar en su vida, dejando paso a su faceta de empresario y mediático. Vive entre Colombia, Miami e Italia. Se viste extravagante y con sedas, canta ópera y aprovecha toda ocasión para hacer su show, que mezcla al sibarita con el imitador del paramilitarismo.
Se suma a la ola de extrema derecha que va y viene por Latinoamérica, cada uno con su impronta y su estilo: Juan Antonio Kast en Chile con una impronta más pinochetista y flemático, Nayib Bukele en El Salvador con su sello de mano dura autoritaria y rayana con lo ilegal, Jair Bolsonaro en Brasil con su impronta cinematográfica y Javier Milei en Argentina con una caricatura que mezcla un poco de todo, pero con más grito y más insulto para lograr un estilo marcadamente violento. Por supuesto, todos ellos teniendo como faro y ejemplo a Donald Trump.
En todos los casos, la violencia simbólica es violencia política. Pero esto puede ser más preocupante en un país como Colombia, por su propia historia de guerra civil, que duró cinco décadas, desde 1964 hasta los acuerdos de paz del 2016.



