A Mariano Moreno lo envenenaron. Al menos eso sostienen numerosos historiadores y también lo sospechaba él mismo. Saavedra y sus aliados políticos —entre ellos el Deán Funes— lo tenían entre ceja y ceja. Su empeño por decir la verdad, por impulsar transformaciones profundas y por construir una Patria nueva lo había convertido en un obstáculo para quienes pretendían conservar privilegios.
Moreno tenía una peligrosa costumbre: decía lo que pensaba. No se callaba. No negociaba principios. Y utilizó el periodismo como una herramienta de construcción política y de conciencia popular. La Gaceta fue mucho más que un periódico: fue un arma para iluminar ideas y disputar sentido.
La historia argentina está llena de ejemplos parecidos. Rodolfo Walsh también eligió el camino de la verdad cuando escribió su inolvidable Carta Abierta a la Junta Militar. Y pagó con su vida el atrevimiento de denunciar lo que otros callaban.
Por eso vale la pena preguntarse qué es el periodismo.
El periodismo debe ser verdad. Si no busca la verdad, es otra cosa.
Claro que existen miradas distintas, interpretaciones diferentes y debates legítimos. Bienvenidas las diferencias. Bienvenida la discusión política e ideológica. Pero siempre desde la honestidad intelectual y desde la defensa del interés superior del pueblo y de la Patria.
Un elefante fue, es y será un elefante. Y una hormiga seguirá siendo una hormiga. Quienes intentan convencer a la sociedad de que un elefante es una hormiga no están informando: están mintiendo.
El buen periodista intenta ayudar a que la sociedad vea con mayor claridad la realidad. Puede acertar o equivocarse, porque nadie es dueño de la verdad absoluta. Pero la decencia, la honestidad y el compromiso con los hechos marcan sus límites éticos. Trabaja para aportar lucidez.
El mal periodista, en cambio, ni siquiera merece ese nombre. Es un operador, un impostor, alguien que desinforma, manipula, confunde y aturde para beneficiar intereses que nada tienen que ver con el derecho de la sociedad a estar informada.
En la Argentina actual abundan los mercaderes de la información. Medios poderosos que parecen haber adoptado una máxima peligrosa: “La verdad no importa; lo importante es lo que la gente crea”. Cuando eso ocurre, el periodismo deja de ser una herramienta democrática para convertirse en un instrumento de manipulación.
Por eso, en este Día del Periodista, el abrazo más fuerte es para quienes siguen resistiendo. Para las y los trabajadores de prensa que soportan salarios miserables, precarización laboral, censura económica y presiones de todo tipo. Para quienes, a pesar de todo, siguen intentando honrar el legado de Mariano Moreno, de Rodolfo Walsh y de tantos otros que entendieron que informar no es un negocio cualquiera: es una responsabilidad social.
Porque sin verdad no hay periodismo.
Y sin periodismo no hay democracia.
Por Jorge Vasalo



