Con los muertos tengo la misma relación que cualquiera. O sea: totalmente singular, y al mismo tiempo desconocida para mí.
La relación con los muertos, supongo, contiene la relación de uno con su propia muerte.
Y vincularse con ellos es más bien contactarse con la relación de ellos con su muerte.
La relación de dos relaciones: de cada cual con su muerte.
“La” muerte, contra todo efecto de lenguaje, no hay.
Hay la de cada cual, cada uno, cual-quiera. La quididad de la muerte. El quid: algo así como
el qué de un quién. Al revés también: el quién de cada qué.
De ahí la cualidad: no como característica, mucho menos como “calidad”, tampoco lo
opuesto a la cantidad y al cuantum, sino s lo singular, a lo que solo se puede señalar como
“este”, “aquel” o “aquella”. Cual-quieras.
Con los muertos tengo la misma relación que cualquiera. A veces, pero, siento que me
cruzo en la mirada de uno. No me está mirando a mi. No sé qué miran los muertos, ni con
que mirada, ni con cuàles ojos. Supongo que miran otra cosa, o a otros, y yo me cruzo. De
pronto quedo en el radar de su mirada. Siento cuando cruzo la línea o el cono – no es de luz
ni de oscuridad, más bien una lentitud, un espesor no exactamente del aire. Lo que los
antiguos llamaban éter debe haber sido esto.
Me cruzo en su mirada – ¿perdida?- y desde ese momento, por un momento, permanezco
atrapado. En su sed y su misterio. Muchas veces en su tristeza. A veces, cuando logro
detenerme, o mas bien cuando habiéndome detenido logro sostenerme, me quedo, también
yo, mirando. Y detrás de la tristeza veo otras cosas. La última vez que amaron, la alegría
temerosa con la que alguna vez llamaron a su madre, un instante de furia o un beso
apasionado, un asado o un abrazo, la sed que tuvieron, un grito. MIran esto, creo yo, y yo
me interpongo. Por eso es que veo esto en sus ojos. Soy la pelicula donde se imprimen sus
recuerdos.
Es como mirar una foto, pero no como flujo de bits, sino como lo que eran las fotos antes:
impresiones – tacto, fuera- de la luz. Foto-grafìa: lo que la luz hiende, lo hendido por la luz.
Lo dibujado por la luz en la plata y el nitrato. Un grafo .Ese testimonio de una presencia: eso
que las imágenes en este tiempo estan dejando atras, quizas para siempre.
…
Al Fayum es un oasis, está cerca de El Cairo. John Berger ya escribió sobre esto, y retomo
acá lo que el me inspirò. En Al Fayum se encontraron un conjunto de retratos mortuorios –
es Egipto, floreciente y fértil lugar, como ninguno de la antigüedad, donde sin embargo la
cosa, además del trigo, siempre fueron las tumbas. Tienen elementos helenísticos, la
técnica es encáustica, pero el motivo – en todos los sentidos de la palabra “motivo”- es
perfectamente Egipcio. De Egipto nos viene, a nosotros, esta preocupación, en estos
términos, por los muertos. Porque era la preocupación de ellos por su muerte y el viaje, y lo
que pudieran ver y mirar durante su transcurso.
Los retratos, prácticamente de tamaño natural, sobre tablas de madera, se ponian sobre el
sarocfago. Los podian mandar a hacer no cualquiera, pero tampoco es que eran exclusivos
de unos poquísimos. De hechos son unos 500 los que se encontraron. Vale decir que son
prácticamente los testimonios de pintura antigua en sentido estricto. También, que son los
más cercanos, para ubicar una referencia que tenemos todos, a la época de Jesus. Un
poco posteriores, pero sirven para imaginar ese tiempo. Imaginar rescatando o siendo
rescaados por esas miradas. Los hacían, los encargaban antes de morir. No se como
calculaban. Podemos decir que estos llegaron a hacerlos, a encargarlos, ojala, por los
artistas, digo, a pagarlos. NUnca se sabe si hay tiempo para retratarse antes de la muerte.
Para dejarse plasmado, indicado, mirando.
Ahora, la indicación es esta: detenerse e ir a buscar a nuestros abismos de imágenes de
bits, al número gigante del google, “Retratos de El Fayun”. Importante que antes de seguir,
busquen. Verán como, a pesar del algoritmo, los siglos, los cambios, Busquen también el
escrito de Juan B., del que este es eco, porque a el le pasó algo de esto también.
Pero vean. Van a ver esto: se sentirán mirados. Mirarán la mirada.
No sè a ustedes, a mi me genera compasión en el sentido no lastimero de la palabra. Una
hermandad con estos. En su nostalgia atravesadora de tiempos y espacios. También esto:
verán que poco importa si fueron buenos o malos, valientes cobardes, hermosos u
horribles. Asesinos o filántropos, albañiles, filósofas o reinas. Nada de eso , estando, como
está de hecho en las pinturas, de algún modo, nada de eso es central.
Memento mori.
….
Memento vivere.
Cuando se habla de Malvinas en general me cuesta engancharme. Me conmovió, o me
gustó, para decirlo también en algortimicamente, como a todos, la mención a
lospibesdemalvinasquejamasolvidaré en el Mundial. También puedo sentir los límites de
eso. Pero bueno, es algo real: ahí está. Tiendo, sin embargo, a sentir una distancia con eso.
Es un problema mío: con la emblematización. Y el uso. Finalmente, puede ¿un ritual no ser
eso?. Puede que no: no impide hacer la pregunta y plantear la instancia.
Cuándo fue la guerra, estaba en segundo año de secundaria. Recuerdo las revistas tipo
Gente y 7Dias y Somos. Recuerdo a Pierina Dalessi donando un collar o un anillo en esa
maratón televisiva – también es un recuerdo de trasnoche y de telenoche, nótese la
etimología sugerente de los términos- . Recuerdo que o bien los pibes de sexto año del La
Salle de San Martin, o los que habían egresado justo el año que empecé la secundaria,
algunos de esos eran colimbas y fueron reclutados. Sobre todo tengo la imagen borrosa de
uno, con el pelo corto, moreno, no mucho más. Pero es mi retrato personal de Al Fayun,
borroso. Bueno, no “mi”, sino “su”. Cada uno está tan solo frente a su propia muerte. No se
si pensé esto entonces o ahora, o si pensándolo ahora, lo doy por pensado para entonces.
De los recordatorios públicos, oficiales, historiográficos, militantes, me siento a distancia. Lo
que me pone a distancia es esto: creo, razono – es un problema razonar demasiado, pero la
muerte , su idea, me lleva a razonar. Debe ser porque el lenguaje es el único lugar donde la
muerte existe ( por eso no mueren, estrictamente, los animales, y los perros van al cielo
sólo porque nosotros podemos nombrarlo). Me cuesta encontrar algún recuerdo de los
muertos que no sea para ser mostrado. La identidad y mostracion. En eso hay una
coherencia con el cántico del mundial. Es cierto que recordar mostrar que se recuerda es
algo que se conecta. O por lo menos que no es excluyente. Y que recordando juntos y
públicamente a los muertos se constituye la ciudad, la polis, la comunidad política, el reino
de los nacidos está hecho de vivos y muertos que se recuerdan ¿recíprocamente?.
Pero igual creo esto: hace falt aun solecio. Para poder mostrar, bien, para compartir, hay
que hacer la experiencia propia, íntima, personalísima con la muerte y los muertos. No
puedo juzgar yo si los demás la han hecho o no. La situación cultural, política, ideológica,
militante, espectaculógica, no me lleva a pensar que si. Empiricamente: la pulsión y
estrategia, objetivo de mostrar. Paradójicamente: un engrampe de los muertos con la
identidad, mientras la lección de ellos, los muertos, por lo menos para mi, es la de la
singularidad absoluta conjugada con una apertura total, extrema. La generosidad de los
muertos, su advertencia, sobre la vanidad del yo, que hay que deponer. Y en esto es
indistinto el yo individual del yo colectivo que llamamos o bien” nosotros” o bien con los
diferente sustantivos y nombres épicos que sumamos con énfasis y acentos y subrayados y
gestos rituales y consignar , especialmente en estas fechas. Siento eso: la intención – buena
o no, eso importa poco- de mostrar cómo no habiendo pasado, o a veces como no
queriendo pasar, desesperando de pasar por el recuerdo absolutamente personal, que es
además el de una derrota y unos dolores, por lo menos tanto como el de un heroísmo y una
gesta.
Las cuentas y los cuentos, los cuentos y los cantos, en estas fechas, en la economía de los
muertos, de estos, no me dan bien. Es Berger también el que ha escrito unas hipótesis
sobre la economía de los muertos, bella y que te hace temblar si te dejás, aunque un poco
nihilista, pobre John, en eso es uno de los nuestros mças alla de su genio y su precision y
su ternura y su compromiso político .
Una economía de los muertos ha de ser, claro, la esquematización y la práctica de unos
intercambios y unas transacciones. Pero el oikos- de “eco-nomia” , es casa. Por eso
también estaríamos hablando de los muertos de nuestra casa compartida, los lares. Los
dioses domésticos, de la ciudad, nacionales, siempre fueron en primer lugar los muertos
propios. Los muertos de la familia, de la amistad, de la ciudad.
Quizás hay que hacer un camino , una especie de atajo “económico”, diferente. Uno
esperaría que las expresiones políticas, identitarias, políticas, vinieran después del duelo y
la expiación, del amor y de la oración personal, intima, personalísima, con los muertos,
llegando lo publico solo después de este momento “interno” y por definición y necesidad,
solitario e incluso “secreto”. Pero todo indica que es al revés: el contacto con esas miradas
únicas, que pueden atravesar siglos o décadas- el tiempo funciona diferente en este
negocio- empieza, se da, en la demostración pública, incluso exacerba, a veces un poco
espectacularizada y militantemente o futbolísticamente ritualizada. Entonces, puede
tomarse quizás como punto de partida realmente existente, y meramente invitar, no para
garantizar o sino por lo menos mejorar las posibilidades reales de los efectos eticos y
politicos de esos impulsos mas alla de la simple afirmación identitaria, invitar, decía, a esa
introspección, a ese silencio. A quitarse las sandalias y el ego, también el gregario, ir mas
alla, cubrirse o descrubrise a cabeza segun indique el impulso sobre lo que está sobre
nosotros, llorar y reír un poco a solas, bajo la mirada infinita de estos jóvenes, en o desde Al
Fayum, Malvinas
Por Nestor Borri



