La complicidad de anteponer la historiología a la historiografía.
Hoy todo duele. Duelen las sombras, las ausencias, el vacío. La sangre duele. La tristeza duele. El olvido duele. Sin parar duelen. Fueron tiempos de odio, de sangre seca, de silencios duros, concretos. No había nada ahí afuera. No había afuera. Solo el dolor de la carne, de los huesos, de los silencios cómplices, deshabitados. Cuerpos sin tumbas devorados por el río ancho, vinieron para siempre a habitar nuestra tristeza. Después de tanto odio ya no quedaba poesía en pie, ni belleza, ni eternidad.
Un delirio inabarcable de locura y de barbarie. La única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente: “Nosotros deseamos lo mejor para el nuevo Gobierno. Nosotros deseamos su éxito. Nosotros haremos lo que podamos por ayudar a ese éxito. Si hay cosas que hacer, ustedes deben hacerlas rápido”, le dijo Henry Kissinger al vicealmirante César Guzzetti el 10 de junio de 1976, en Santiago de Chile. La reunión fue recogida de informes desclasificados a pedido de la ONG National Security Archives. Hoy Kissinger se lo podría estar diciendo a Netanyahu. Nada ha cambiado en 50 años.
La complicidad de anteponer la historiología a la historiografía -esa refección de la historia en función de los intereses del momento político- determinó que la Junta Militar asumiera que los mundiales de 1978 y juvenil Tokio 1979 fueran sendos acontecimientos “políticos” de profundo impacto instrumental e ideológico a comercializar. Una realidad construida sobre un entusiasmo colectivo legítimo e inducido, alcoholizado de fútbol, de patria, de terror y de bandera. Así, a los “juveniles” nos sacaron a pasear convertidos en imprescindibles mariachis para animar la fiesta de un loco diabólico paranoico y cruel. Me lo dijo Diego, años después. “Como se limpiaron la sangre con nosotros esos milicos asesinos”.
Se necesita un nuevo modo de sentir, de narrar; de interpelar el pasado. Abarcamos más mundo cuando hablamos del otro desde un proyecto colectivo, de consenso, asomados juntos a ese balcón común desde donde se contempla lo mejor de la condición humana.
Ahora mismo, por el país, pululan miles de nostálgicos de aquella dictadura. Muy creciditos ellos. Como vemos la “Memoria” no es garantía de nada. Hay que salir a buscarla, protegerla, cuidarla. Echarle una manta por encima para abrigarla, para defenderla. No dejes que te la roben.
Por José Luis Lanao



