Lo que pasó, por qué pasó y quiénes pagaron el precio.
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, un golpe cívico-militar derrocó al gobierno constitucional e inauguró la dictadura autodenominada Proceso de Reorganización Nacional. No fue un hecho aislado ni una respuesta al caos; fue un plan deliberado, financiado por el gran capital nacional e internacional, ejecutado con complicidad civil y empresarial.
El terrorismo de Estado ocurre cuando el propio Estado abandona su función de garante de derechos y se convierte en el principal agresor de la sociedad, operando fuera de todo marco legal para destruir física, política y simbólicamente a quienes considera sus enemigos. Así funcionó la dictadura, con centenares de centros clandestinos de detención, 30.000 desaparecidos, 500 bebés apropiados, miles de presos políticos y miles de exiliados. Y nuestro gremio no fue ajeno a esa tragedia. Fue parte de ella.
Durante la etapa más brutal de la dictadura cívico-militar iniciada en marzo del ‘76, fueron secuestrados y desaparecidos nuestros compañeros Tomás Di Toffino, Alberto Caffaratti y Hernán Vives. También José Brizuela — cuya identificación, al cierre de este escrito, nos fue confirmada: sus restos fueron reconocidos junto a los de otros 11 compañeros. José ya tiene nombre restituido, ya tiene tierra. Su memoria nos duele y nos convoca por igual. Compañeros que marcharon junto al “Gringo” Tosco. Sus nombres no son estadísticas, son compañeros que vestían el mameluco, que conocían los tableros y los cables, que levantaron la bandera del sindicalismo clasista y combativo junto a Agustín Tosco, y que fueron arrancados de sus familias y de su gremio por defender exactamente eso: los derechos de los trabajadores.
La dictadura no persiguió a nuestro sindicato por casualidad. Los trabajadores de Luz y Fuerza fueron blanco del ataque de los distintos gobiernos militares porque doblegarlos era un paso necesario para avanzar contra el conjunto de la clase obrera del país. Nuestro gremio era, sin dudas, uno de los objetivos principales durante la intervención de la provincia: la “serpiente” era la organización obrera, el convenio colectivo conquistado, la democracia sindical, el ejemplo cordobés que se irradiaba a todo el país. Por eso nos intervinieron, por eso nos persiguieron, por eso desaparecieron a nuestros compañeros. Y el terror no fue solo el fusil; fue también el plan económico. La caída del salario real fue de más del 40% entre 1976 y 1977, y la participación de los asalariados en el ingreso nacional se redujo al 25% del total. La misma lógica de siempre: disciplinar al pueblo para que el gran capital se quede con todo.
Agustín Tosco nos legó una enseñanza que hoy resuena con más fuerza que nunca: que el pueblo puede ser movilizado, y si no está en la lucha, si no está en la calle, si no están los trabajadores y los estudiantes levantando las banderas de reivindicación social, el poder avanza. El Gringo murió en la clandestinidad, perseguido por la Triple A, antes de que los militares tomaran el poder. Pero su sindicato, nuestro sindicato, no se rindió. En 1980, en plena dictadura, un grupo de compañeros formó en la clandestinidad la Coordinadora de Agrupaciones de Luz y Fuerza para sostener el accionar gremial. Eso es lo que somos, trabajadores que, incluso en el momento más oscuro, encuentran la forma de organizarse.
El mismo plan, 50 años después
A cincuenta años de aquel golpe, la historia no regresa como tragedia; regresa como una amenaza concreta y cotidiana. El programa económico de Milei coincide en un 68% con el que puso en funcionamiento Martínez de Hoz durante la dictadura. No es una metáfora ni una exageración; es una continuidad programática. Liberación de precios, ajuste fiscal, derogación de derechos laborales, apertura económica salvaje, ataque al Estado y a los servicios públicos. El mismo manual. Los mismos dueños de siempre. En 1976 el salario de los trabajadores cayó un 40%; en los primeros meses del gobierno de Milei, cayó un 18%. Los trabajadores del sector energético lo sabemos mejor que nadie: cuando atacan a EPEC, cuando atacan nuestro convenio, cuando hablan de “privatizar” y de “liberar el mercado energético”, están usando exactamente el mismo libreto que usaron con nosotros en el 76.
Hoy no hay centros clandestinos, pero hay negacionismo activo, desfinanciamiento del sistema de derechos humanos, desdén por la memoria de nuestros compañeros desaparecidos y un plan económico que vuelve a transferir riqueza desde abajo hacia arriba. El objetivo de fondo es el mismo: disciplinar al pueblo, desarmar sus organizaciones y concentrar el poder en pocas manos.
La movilización popular es nuestra herramienta y nuestra historia
Nosotros, los trabajadores de Luz y Fuerza de Córdoba, sabemos lo que significa la organización popular porque la vivimos en carne propia. Fuimos parte del Cordobazo, cuando obreros y estudiantes salieron a las calles y pusieron en jaque a una dictadura. Fuimos parte del Viborazo. Sostuvimos la lucha en la clandestinidad cuando los milicos nos intervinieron el gremio. Defendimos a EPEC de la privatización con huelgas y movilizaciones, y ganamos. Cada conquista de este gremio, cada línea de nuestro convenio colectivo, cada derecho que hoy tenemos fue arrancado a fuerza de organización y lucha. No nos lo regalaron; lo conquistamos.
La movilización popular no es una respuesta emocional ni nostálgica; es la herramienta más eficaz y probada con la que cuenta la clase trabajadora para frenar los avances del poder concentrado. Cuando el pueblo se organiza, cuando sale a las calles, cuando une sus voces y sus cuerpos, los planes del ajuste y el olvido encuentran su límite. Lo demostramos antes, lo demostraremos ahora.
A cincuenta años del golpe, la derecha vuelve con el mismo manual: desmantelar conquistas, borrar la memoria, convencer a los que sufren de que sus verdugos son sus libertadores. Pero también volvemos nosotros, con más historia, con más organización y con más convicción. Con los nombres de Di Toffino, Caffaratti y Vives — y con el nombre de Brizuela, que hoy encontró su tierra — grabados en nuestra memoria y en nuestra lucha.
Por los 30.000
Treinta mil. No es un número. Es una generación entera de hombres y mujeres que amaron tanto a su pueblo que pusieron el cuerpo entero. Eran obreros y obreras, estudiantes, maestros, militantes barriales, delegados sindicales, madres jóvenes, padres que volvían del trabajo, jóvenes que apenas empezaban a vivir. Tenían sueños concretos: una Argentina más justa, un salario digno, tierra, educación, soberanía. Los secuestraron de noche, los arrancaron de sus casas, de sus fábricas, de sus aulas; los torturaron en centros como la ex Perla, a pocos kilómetros de aquí, en suelo cordobés. Intentaron borrarlos: sin nombre, sin tumba, sin despedida.
Pero no pudieron. Porque los 30.000 no desaparecieron; se multiplicaron. Están en cada marcha que llena las calles el 24 de marzo, están en cada nieto recuperado por las Abuelas, están en cada convenio colectivo que defendemos, en cada huelga que ganamos, en cada vez que un trabajador levanta la voz y dice basta. Están en nosotros, que los nombramos, que los recordamos, que seguimos el camino que ellos abrieron con una valentía que nos obliga y nos convoca. Los 30.000 no son el pasado; son la brújula del presente, son la pregunta que nos hacemos cada vez que el poder avanza: ¿qué harían ellos? Y la respuesta siempre es la misma: organizarse, resistir, luchar. Honrarlos es seguir su ejemplo.
No fue una guerra. Fue genocidio. No fueron excesos. Fue un plan sistemático.
El ajuste de ayer y el de hoy tienen los mismos dueños. La resistencia también tiene la misma raíz.
Por los 30.000 compañeros y compañeras detenidos-desaparecidos.
Por Tomás, Alberto y Hernán, nuestros compañeros lucifuercistas aún desaparecidos.
Por José, cuya identidad fue restituida al cierre de esta edición, junto a la de otros 11 compañeros — y que hoy nos duele y nos fortalece por partes iguales.
Por los que faltan encontrar. Por la memoria de nuestro pueblo y por la vigencia plena de los derechos humanos.
Seguimos marchando, con la convicción de que la movilización popular es la única garantía de que este pueblo no retrocede. Porque la memoria no es solo mirar hacia atrás; es saber reconocer al enemigo cuando vuelve con otro nombre, y organizarse para enfrentarlo.
30.000 PRESENTES. AHORA Y SIEMPRE.
JOSÉ BRIZUELA, PRESENTE.
TOMÁS, HERNÁN y ALBERTO — PRESENTES
AHORA Y SIEMPRE
Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba



