El precio de la carne vacuna volvió a ubicarse en el centro de la escena económica en Argentina. Durante febrero, los cortes vacunos registraron un aumento del 7,4% mensual, una suba muy por encima del promedio de la inflación, y acumulan un incremento cercano al 63,6% interanual, consolidándose como uno de los principales motores del encarecimiento de los alimentos.
El dato surge de relevamientos del sector frigorífico y refleja una tendencia que impacta de lleno en el consumo cotidiano, en un contexto donde cada vez resulta más difícil sostener hábitos tradicionales como el consumo frecuente de carne.
El aumento fue generalizado, aunque algunos cortes registraron subas más pronunciadas. Entre los principales incrementos se destacan:
- Paleta: +8,1%
- Cuadril y nalga: cerca de +8%
- Carne picada: +7,1%
- Asado: +5,7%
En términos de precios concretos, el impacto es aún más evidente:
el kilo de asado ronda los $16.850, mientras que cortes como el cuadril y la nalga ya superan los $19.000 y $20.000, respectivamente.
Esto ubica a la carne vacuna como uno de los productos más sensibles dentro del gasto de los hogares.
Mientras la inflación general se mantiene en niveles considerablemente más bajos, la carne continúa mostrando una dinámica propia, muy por encima del promedio.
En el último año:
- El rubro carnes y derivados subió más del 54%
- Algunos cortes superaron el 65%
- El promedio general de la carne alcanzó el 63,6% interanual
Esta diferencia marca un fuerte desacople respecto del resto de los precios y explica por qué la carne sigue siendo uno de los principales factores de presión inflacionaria.
Detrás de los aumentos hay causas estructurales. La principal explicación es la caída en la oferta ganadera, producto de condiciones climáticas adversas en años anteriores, como la sequía, que afectó la producción y redujo la cantidad de hacienda disponible.
A esto se suma:
- Menor ingreso de animales a faena
- Reacomodamiento de precios en toda la cadena
- Aumento de costos productivos
- Presión del mercado exportador
El resultado es claro: menos carne disponible en el mercado interno y precios en alza.
Frente a este escenario, el impacto en los hábitos de consumo ya es visible. Cada vez más familias optan por reemplazar la carne vacuna por alternativas más económicas.
El pollo, por ejemplo, también subió (10,2% en febrero), pero sigue siendo relativamente más accesible en términos interanuales, lo que genera un desplazamiento del consumo hacia otras proteínas.
Este cambio refleja una transformación profunda en la mesa de los argentinos, históricamente marcada por el consumo de carne vacuna.
Las perspectivas hacia adelante no son alentadoras. Especialistas del sector advierten que, si no se recupera la producción ganadera, los precios podrían mantenerse elevados durante los próximos meses e incluso años.
La combinación de menor oferta, presión de costos y demanda sostenida —tanto interna como externa— configura un escenario donde la carne seguirá siendo un producto clave en la dinámica inflacionaria.
Más allá de los números, el aumento de la carne tiene un impacto concreto:
reduce el poder de compra, modifica hábitos alimentarios y profundiza las dificultades económicas en los hogares.
En Argentina, donde la carne es parte central de la cultura y la identidad, su encarecimiento no es solo un dato económico: es también un indicador social del deterioro del consumo.
Fuente: La Nueva Mañana



