“¿Y si me llama?”: El desgarrador susurro de espera tras la identificación de 11 cuerpos en La Perla

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A 50 años del golpe, la confirmación de identidades en la “Loma del Torito” reabre las heridas y las historias de amor y resistencia de las familias que nunca dejaron de esperar.

CÓRDOBA – En una jornada marcada por la emoción y el peso de la historia, el juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja encabezó una conferencia de prensa para confirmar la identidad de 11 víctimas del terrorismo de Estado. Sus restos fueron hallados el año pasado en el sector conocido como la “Loma del Torito”, en el predio del ex centro clandestino de detención La Perla.

Mientras el proceso judicial transforma a estos “desaparecidos” en víctimas con nombre, apellido y una verdad jurídica —asesinados por el terrorismo de Estado—, en los pasillos de Tribunales las historias personales siguen reclamando un espacio.

Zulema: La brillantez interrumpida

Entre los asistentes se encontraba Gabriel Bendersky, hermano de Zulema Edith Bendersky, una joven que hoy es el símbolo de una generación diezmada. Con apenas 23 años, Zulema era lo que popularmente se conoce como un “bocho”: maestra normal, traductora de inglés, profesora de italiano y de piano, y licenciada en Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Su compromiso no era solo académico; Zulema militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). El 11 de junio de 1976, tras regresar de un viaje a Israel, fue secuestrada. Al día de hoy, su nombre sigue integrando la lista de quienes continúan desaparecidos.

Anita y el teléfono que debía estar atendido

Gabriel compartió una anécdota que retrata la crueldad del duelo suspendido. Su madre, Anita, se resistía sistemáticamente a salir de su casa. Ni paseos, ni cenas, ni festejos de cumpleaños lograban convencerla de cruzar la puerta por mucho tiempo.

Ante la insistencia de su familia por saber por qué prefería quedarse siempre a cocinar en soledad, Anita reveló la esperanza que la mantenía anclada a sus cuatro paredes: “¿Y si me llama?”.

Pasaron los años, las décadas y el silencio, pero Anita seguía esperando que, desde algún rincón del mundo, Zulema encontrara un teléfono para decir: “Hola, mamá”. Esa espera, mezcla de instinto materno y resistencia ante la desaparición, es el motor que mantiene viva la memoria a medio siglo del horror.

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