La mujer que desafió al horror: el cuaderno que expuso la maquinaria de muerte de La Perla

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A 50 años del golpe cívico-militar-eclesiástico-empresarial del 24 de marzo de 1976, la memoria argentina también se sostiene en el coraje de quienes sobrevivieron al terrorismo de Estado. Hombres y mujeres que atravesaron el horror de los centros clandestinos de detención y que, aun así, encontraron la fuerza para dar testimonio y contar lo ocurrido en lo que muchos definieron como “el peor de los infiernos”.

Entre esas historias de valentía sobresale la de Ana Iliovich, una de las pocas sobrevivientes del centro clandestino La Perla, cuyo testimonio y cuya memoria se transformaron en una prueba fundamental para reconstruir la verdad sobre los crímenes de la dictadura.

La memoria como forma de resistencia

Ana Iliovich fue secuestrada el 15 de mayo de 1976. Tenía apenas 21 años. Durante su cautiverio en La Perla fue obligada, como otros detenidos, a realizar tareas de trabajo esclavo vinculadas con la burocracia del propio aparato represivo.

Fue allí donde comenzó a gestarse una de las pruebas más impactantes del terrorismo de Estado en Córdoba.

Mientras era obligada a trabajar con documentos y listados, Iliovich comenzó a memorizar nombres, fechas y datos de personas secuestradas. Lo hacía en silencio, con el temor permanente de ser descubierta.

En su testimonio durante el megajuicio La Perla-Campo de La Ribera en 2014, explicó que esa tarea fue también una forma de resistir psicológicamente al horror.

“Dejé de sentirme una cucaracha —como ellos habían logrado— y me convertí en una cucaracha escribiente”, declaró ante el tribunal.

El cuaderno que salvó la memoria

Cada quince días los represores la sacaban del centro clandestino y la llevaban a visitar a su familia. Era una de las formas perversas de control y tormento que utilizaban: permitir un breve contacto con los seres queridos para luego devolver al detenido al encierro, la tortura y la incertidumbre.

Fue durante esas salidas vigiladas cuando Ana comenzó a escribir lo que había memorizado.

En su habitación, a escondidas, anotaba los nombres en un pequeño.

Por Jorge Vasalo

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