“La mentira como arma”: el caso del conscripto Víctor Crosetto y las sombras del terrorismo de Estado

crosetto
Share on facebook
Facebook
Share on pinterest
Pinterest
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

A 50 años del golpe cívico-militar-eclesiástico-empresarial del 24 de marzo de 1976, la reconstrucción de la memoria sigue revelando historias que exponen hasta qué punto el terrorismo de Estado utilizó el miedo, la manipulación y la mentira para sostener su maquinaria represiva. Entre esas historias aparece la de Víctor Manuel Valentín Crosetto, un joven abogado cordobés asesinado por quienes debían ser sus propios superiores dentro de las Fuerzas Armadas.

Su caso no fue aislado. Durante la dictadura, soldados conscriptos —los llamados “colimbas”— también fueron víctimas de la violencia estatal. Algunos fueron perseguidos por sus ideas políticas o por su militancia estudiantil previa; otros quedaron atrapados en operaciones montadas para sembrar terror o para construir relatos falsos que justificaran la represión.

Terror, operaciones y mentiras

La dictadura no solo persiguió, secuestró y asesinó opositores. También desarrolló complejas operaciones de encubrimiento destinadas a culpar a organizaciones guerrilleras como el ERP o Montoneros de hechos que, en muchos casos, habían sido planificados por el propio aparato represivo.

En Córdoba, diversas explosiones y atentados que sacudieron a la ciudad durante aquellos años fueron presentados públicamente como acciones de la guerrilla. Sin embargo, con el paso del tiempo surgieron testimonios que señalaron que algunos explosivos habrían sido preparados dentro de dependencias policiales o militares para luego construir versiones oficiales falsas.

La lógica era siempre la misma: sembrar miedo en la sociedad, justificar la represión y consolidar un relato que presentara a las Fuerzas Armadas como garantes del orden frente a un supuesto enemigo interno.

Un joven abogado convertido en “enemigo”

Víctor Crosetto había nacido en Morteros, en el departamento San Justo de la provincia de Córdoba. Tenía 24 años cuando realizó el servicio militar obligatorio, después de haber solicitado prórrogas para poder terminar sus estudios universitarios. Se había recibido de abogado, y esa condición profesional hizo que, tras el primer mes de instrucción, le permitieran retirarse diariamente del cuartel a media tarde.

Durante ese período vivía en una pensión en el barrio Nueva Córdoba, sobre calle Ituzaingó, cerca de la entonces Casa de Gobierno provincial.

Pero Crosetto no era solo un joven profesional. También tenía una militancia política vinculada a la Organización Comunista Poder Obrero, algo que en aquellos años lo colocaba en una situación de extremo riesgo.

El aparato represivo ya tenía información sobre él.

El secuestro y el asesinato

La noche del 28 de junio de 1977, una patota vinculada al centro clandestino de detención La Perla llegó hasta la pensión donde vivía Crosetto. Eran cerca de las 23 horas cuando lo secuestraron.

Pocas horas después fue asesinado en las cercanías del aeropuerto de Córdoba, en la zona de Pajas Blancas.

Desde el primer momento, su familia sospechó que detrás del crimen estaban los propios militares. Sin embargo, la versión oficial difundida por la dictadura sostenía que el joven abogado había sido ejecutado por sus propios compañeros de militancia.

Era una historia que encajaba perfectamente con la estrategia del régimen: culpar a las organizaciones políticas de las muertes que el propio aparato represivo producía.

Un testimonio clave

Años más tarde, la sobreviviente del centro clandestino Graciela Geuna aportó un dato revelador. Durante su cautiverio, declaró haber visto que los represores manejaban una carpeta con información detallada sobre Crosetto.

En ese archivo figuraba su vínculo con Jorge Cazorla, conocido como “el Vasco”, quien también fue asesinado frente a la Escuela de Aviación.

Ese dato reforzó una certeza que la familia siempre había sostenido: Víctor Crosetto fue asesinado por el propio aparato represivo.

El velorio y la farsa

La escena que siguió a su muerte fue una de las más crueles demostraciones de la manipulación ejercida por la dictadura.

Un grupo de militares viajó hasta Morteros para participar del velorio. Afirmaban que estaban allí para “cuidar el cuerpo” y acompañar a la familia. La intención era clara: instalar en la comunidad la versión de que Crosetto había sido víctima de la guerrilla.

Durante dos días permanecieron en la ciudad. Algunos vecinos incluso los invitaron a comer, convencidos de que estaban acompañando a la familia en un momento de dolor.

Para los padres y para su hermana Susana, la situación fue devastadora: sabían quiénes eran los responsables, pero no podían decirlo.

Décadas después, todavía hay quienes en Morteros recuerdan aquella historia según la versión que difundieron los militares.

Memoria contra el olvido

La historia de Víctor Crosetto también se conecta con la de otros jóvenes de Morteros que fueron víctimas del terrorismo de Estado, como los hermanos José Alberto Polti y Miguel Ángel Polti, asesinados en distintos episodios de la represión.

Historias como estas muestran que la dictadura no solo buscó eliminar físicamente a quienes consideraba enemigos, sino también controlar el relato de lo ocurrido. Construir mentiras era parte del mecanismo de dominación.

A medio siglo del golpe de 1976, recordar a Víctor Crosetto no es solo un ejercicio de memoria. Es también una forma de entender cómo operó el terrorismo de Estado y por qué la verdad histórica sigue siendo un terreno de disputa.

Porque la memoria colectiva se construye, justamente, desarmando esas mentiras. Y devolviéndole nombre, historia y dignidad a quienes fueron víctimas de la violencia estatal.

Por Jorge Vasalo

Scroll al inicio