La fanfarria de los cazas y el rugido de las tripas: (Crónica de una estafa geopolítica)

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Hay épocas en que la mentira necesita disfrazarse con estruendo. Y la nuestra -que es época de imposturas terminales- ha elegido hacerlo con turbinas, uniformes prestados y escenografías mediáticas donde el poder representa su opereta geopolítica mientras la nación real se desangra fuera de escena.

Mientras el Senado argentino aprobaba una reforma laboral destinada a convertir al trabajador en una pieza descartable del engranaje financiero global -ese viejo sueño húmedo del liberalismo que desde hace siglos pretende reducir al hombre a mercancía- las pantallas nos ofrecen, con obscena simultaneidad, la coreografía habitual del espectáculo: lluvia de cohetes sobre Teherán presentada como rutina informativa, Israel bombardeando el Líbano como quien cambia de canal… y Lionel Messi posando sonriente junto a Donald Trump con el equipo del Inter de Miami.

La imagen es casi perfecta.

El imperio, el ídolo deportivo y la industria del entretenimiento reunidos en una sola escena, mientras millones de argentinos miran con la ñata contra el vidrio esa vitrina luminosa donde se exhibe el paraíso ajeno.

Pero toda escenografía tiene su reverso.

Y el reverso -si uno aparta un poco el telón del espectáculo- se llama Epstein.

Porque mientras el circo mediático nos invita a contemplar guerras lejanas, alianzas estratégicas y fotografías de celebridades globales, la Argentina real -esa que no aparece en los sets televisivos- atraviesa una descomposición silenciosa.

Caen la industria y el consumo.

Se pulveriza el trabajo.

La pobreza se expande como una lepra social que ya no distingue entre márgenes y centro.

Y sin embargo la agenda pública de los Therians pasó de repente ahora estar obsesionada con Irán, con el Estrecho de Ormuz o con la defensa de un Occidente abstracto cuya libertad se reduce, en la práctica, a la libertad del capital para circular sin obstáculos sobre las ruinas de los pueblos.

Y no es que esos conflictos no importen. Importan.

Pero aquí el problema no es la guerra: es el espectáculo.

Hay incluso escenas que rozan lo cómico, si no fuera porque detrás de ellas late una tragedia social.

Está la del imperio bombardeando el desierto con misiles que cuestan millones de dólares para destruir siluetas pintadas, como si la guerra se hubiese convertido en un videojuego caro destinado a tranquilizar a los accionistas del complejo militar-industrial.

Está la de Milei, que entre insulto y exabrupto convierte la política en un espectáculo de feria, gritando “kukas” con furia adolescente mientras el país que gobierna se desliza por una pendiente económica cada vez más pronunciada, mientras viaja dócil a Washington a ofrecer obediencia en nombre de una soberanía que ya parece alquilada.

Y está también la escena casi esperpéntica del suboficial gendarme Gallo, repatriado en secreto por “altos diplomáticos” de la AFA, tremenda mojada de oreja a Bullrich, la diplomacia nacional ha sido transferida al departamento de marketing de la AFA, tan es así que “influencers” y turistas varados en Dubái le piden al Chiqui Tapia que mande un avión para rescatarlos.

La escena es grotesca, pero profundamente reveladora.

Porque mientras se despliega este espectáculo mediático, el verdadero drama permanece fuera de foco.

Nos hablan de seguridad estratégica mientras el país pierde la seguridad más elemental: la del pan de cada día, en barrios atravesados por la droga y su violencia.

Nos hablan de amenazas externas mientras el verdadero saqueo se ejecuta dentro de nuestras propias instituciones, con gerentes de empresas transformados en funcionarios. Vamos a colaborar con una guerra disponiendo recursos materiales y personas en una guerra ajena, mientras la salud pública, la escuela pública se caen a pedazos.

Bajo la máscara de la “defensa de Occidente”, presentada como un todo o nada, se intenta también ocultar otras sombras incómodas: desde las conexiones turbias del poder global con la red de Epstein hasta los escándalos domésticos de jueces y magnates celebrando en una estancias patagónica con Lewis mientras dictan cátedra de institucionalidad.

Y detrás de todo eso se agita algo igual de siniestro: un orden mundial que pretende disolver toda comunidad histórica para convertir a los pueblos en simples agregados de consumidores errantes.

Un anticristo geopolítico, si se me permite la expresión, que invoca la libertad mientras desmantela toda raíz.

Pero acaso la mentira más grande sea otra.

Los comentaristas superficiales, incapaces de pensar más allá de sus categorías de manual universitario, llaman fascismo a este fenómeno. Y al hacerlo le prestan un servicio invaluable al poder, porque lo que hoy padecemos no tiene nada que ver con aquella patología histórica.

Lo que hoy contemplamos es algo infinitamente más corrosivo: el liberalismo en su fase terminal, ese sistema que destruye los vínculos humanos en nombre de un individuo abstracto al que luego arroja desnudo al mercado como carne de sacrificio.

De ese laboratorio antropológico ha surgido el nuevo tipo humano de nuestro tiempo: el proletario digital que pedalea durante horas repartiendo pizzas mientras se imagina miembro de una aristocracia global porque consume las mismas imágenes que los ricos.

El esclavo feliz.

La criatura perfecta del liberalismo tardío.

El consumidor que cree ser ciudadano porque puede elegir entre aplicaciones.

Mientras tanto, detrás de la fanfarria mediática, la agenda verdadera avanza con la discreción de los verdugos:

reforma laboral,

desindustrialización,

transferencia de recursos estratégicos,

disciplinamiento social mediante el hambre.

Y así, entre la fanfarria de los cazas y las fotografías del espectáculo global, el rugido de las tripas queda cuidadosamente fuera de micrófono.

Pero los pueblos -aunque a veces tarden- terminan siempre despertando del hechizo y hacen tronar el escarmiento.

Porque llega un momento en que la realidad rompe el vidrio de la vitrina donde nos invitan a contemplar el espectáculo ajeno.

Y entonces, cuando el ruido de las tripas supera al de las turbinas o las hélices de los drones, los pueblos recuerdan una verdad que el liberalismo siempre intenta borrar:

que la patria no se defiende en los salones del imperio ni en las vitrinas del espectáculo, sino en la humilde obstinación de quienes se niegan a aceptar que el destino de su comunidad sea decidido por mercaderes. Y tener como aliado al tiempo no es poco, porque el tiempo es superior al espacio.

Y la resistencia en la persistencia es la clave.

Por Darío Pereyra

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