El domingo 1° de marzo, el presidente Javier Milei ocupó el estrado del Congreso de la Nación para inaugurar el 144° período de sesiones ordinarias. Lo que debería haber sido un acto republicano de rendición de cuentas ante la representación del pueblo trabajador se convirtió, una vez más, en un espectáculo de confrontación, agravios y exhibición de poder patronal que desnuda, con brutal claridad, el perfil autoritario de quien conduce el Estado al servicio de los poderosos.
Durante casi dos horas de cadena nacional, Milei intercaló la lectura de un discurso pretendidamente histórico con un diálogo desigual —a los gritos y sin ahorrar agravios— con quienes, sentados en sus bancas, representan también a sectores de la clase trabajadora y los sectores populares. No hubo espacio para el debate, para la escucha, ni para el más mínimo reconocimiento de que en esas bancas se asienta también una parte de la voluntad de los de abajo.
El tono no fue el de un mandatario que informa a su pueblo: fue el de un capataz que intimida a la línea. A los legisladores de la oposición los trató de «ladrones», «asesinos» e «ignorantes», en lo que constituye no solo una falta elemental de respeto institucional, sino una normalización peligrosa del insulto como herramienta de gestión. Llegó a declarar «me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar» —la misma lógica del patrón que disfruta humillar al trabajador que osa resistir—, una frase que en cualquier democracia con memoria de lucha obrera habría generado una crisis institucional inmediata. Aquí, pasó casi como anécdota.
El desprecio no se limitó a la oposición kirchnerista. Los modos, más que el contenido, incomodaron a sus propios aliados más cercanos, y las reacciones de los legisladores expusieron la falta de adhesión a las agresiones: apenas hubo algunos aplausos tímidos en puntos muy específicos. Cuando hasta los propios socios del bloque patronal se incomodan con las formas, la señal es inequívoca.
El autoritarismo no reside solo en los gritos: reside también en la arquitectura del acto. Como todo patrón que no reconoce pares, Milei optó nuevamente por dar su discurso de pie, con la banda presidencial puesta, mientras sus antecesores siempre hablaron sentados al lado de sus vicepresidentes, sin la banda colocada. La simbología es elocuente: no hay compañero de gestión, no hay colega republicano; hay un jefe de empresa. Sus propias palabras estaban dirigidas más hacia afuera del Congreso que a los diputados y senadores, lo que confirma que el Parlamento fue usado como escenario para la tribuna mediática, no como interlocutor legítimo.
La relación con la verdad también merece atención. Los verificadores de Chequeado constataron que varias de las afirmaciones centrales del discurso no resistieron el cotejo con datos oficiales: cifras sobre niños incorporados a programas sociales, porcentajes de implementación del Código Procesal, caídas en homicidios y variaciones en jubilaciones presentadas de manera distorsionada. Como el patrón que infla números de producción para justificar recortes de salario, un presidente que construye su relato sobre datos inexactos no informa: manipula a la clase trabajadora.
El discurso habló de «moral como política de Estado». Hay una ironía profunda —y una hipocresía de clase— en invocar principios filosóficos sobre el derecho de cada uno mientras se insulta a representantes electos en el recinto donde se ejerce la soberanía popular.
La democracia no es solo el resultado de una elección. Es también la forma en que quien gana esa elección ejerce el poder: con respeto a las instituciones, con reconocimiento del adversario como parte legítima del juego político, con verdad en la información pública. Lo que ocurrió el 1° de marzo en el Congreso no cumplió ninguno de esos requisitos. Fue la demostración, en tiempo real y cadena nacional, de que para este gobierno el Congreso no es una institución a respetar sino una tribuna desde la cual humillar a quienes no se arrodillan.
Los trabajadores y el pueblo todo merecemos algo mejor que eso. Y lo vamos a conquistar.
Por Jorge Molina Herrera, Secretario General de Luz y Fuerza Córdoba



