La movilización de los trabajadores y trabajadoras será siempre un método elemental y necesario de resistencia a la opresión de dictaduras y malos gobiernos.
Es por eso que aún presintiendo que la votación de mañana en el Senado no habrá de frenar la sanción de una ley que destruye derechos laborales, hay que estar en las calles y plazas expresando nuestro rechazo a la ley, pero fundamentalemente al gobierno y su proyecto de entrega nacional y popular.
Estamos marcados por una historia de luchas que no sabe de resignaciones y pragmatismo derrotista, si nuestros heroicos resistentes allá por el año ’55 hubieran estado calculando el daño que podrían causar los caños y sabotajes fabriles al régimen golpista que derrocó al peronismo, se hubieran quedado de brazos cruzados esperando.
Si la única expectativa se hubiera centrado en una batalla judicial para demostrar la inconstitucionalidad de la proscripción del peronismo, habríamos aceptado la derrota definitiva de nuestra causa.
Hubo que resistir sin tregua al enemigo a lo largo de 18 años, apelando a todos los métodos de lucha, sin descartar ninguno, perdiendo muchas batallas y ganado otras, pero demostrando la férrea voluntad de derrotar a un enemigo con el cual no podía haber entendimiento porque su proyecto para Argentina era la destrucción del nuestro: una nación, libre, soberana y con justicia social.
Aunque aparezca disfrazado de demócrata y enarbole una consigna de falsa “libertad”, éste gobierno persigue objetivos más siniestros aún que los de aquella “Revolución” autodenominada “Libertadora”, un acto electoral no hace la diferencia, los intereses que defiende Milei son más dañinos aún que los que protegía Aramburu.
Pensar que a un gobierno que controla los medios de comunicación, manipula el Poder Judicial, hace ostentación de la represión, extorsiona y corrompe a gobernadores y legisladores y acepta de manera complaciente que un presidente extranjero como Donald Trump intervenga en forma directa y a cara descubierta en las decisiones económicas y políticas del país, se lo puede enfrentar con buenos modales y en términos “democráticos”, es una ingenuidad.
Hay que confrontarlo con un estado de movilización permantente, no importa si somos cien o doscientos mil, lo importante es demostrar que no nos resignamos, que no claudicamos y lo imprescindible es sumar a esa movilización, férrea organización y la definición de una estrategia clara que nos permita acumular con cada acción un poco más de fortaleza en favor de la justa causa que defendemos.
No se trata de descartar o desvalorizar ninguna de las acciones que ejecuta el pueblo a través de sus organizaciones, pero sí de señalar que no será con el esfuerzo puesto exclusivamente en una construcción política con perspectiva electoral, ni con la búsqueda de un diálogo infructuoso con los que han resuelto colaborar con el enemigo a cambio de algunos favores, ni mucho menos con la expectativa puesta en que los tradicionales poderes institucionales de la nación fallen en este tiempo a favór de los intereses de la clase trabajadora y el pueblo en general, que habremos de transitar un camino victorioso.
Si así hubiera sido a lo largo de nuestra historia -sin movilización, luchas y sacrificio- hoy ya no existiría el Peronismo, ni el Movimiento Obrero Organizado.
Por Héctor Amichetti



