A medio siglo del golpe cívico-militar-eclesiástico del 24 de marzo de 1976, la memoria colectiva argentina sigue construyéndose entre el recuerdo, la búsqueda de justicia y el compromiso de nuevas generaciones con la verdad histórica. En ese proceso, la figura de María Elba Martínez emerge como símbolo de resistencia, valentía y lucha inclaudicable contra la impunidad.
Una memoria que se construyó contra el silencio
Dos tercios de la población argentina actual no vivieron la última dictadura. Y de quienes sí atravesaron aquellos años, muchos eran niños o adolescentes cuando comenzaron a conocerse las dimensiones del terrorismo de Estado, especialmente tras la guerra de Malvinas y el progresivo derrumbe del aparato de ocultamiento.
En ese contexto, el impacto social y cultural fue determinante para visibilizar los crímenes del régimen. Obras cinematográficas como La historia oficial expusieron ante el mundo el drama de los desaparecidos, mientras el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y el histórico Nunca Más sentaron las bases documentales para la búsqueda de justicia.
Sin embargo, el camino posterior estuvo marcado por años de retrocesos institucionales: la llamada teoría de los “dos demonios”, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los indultos y el discurso de la “pacificación nacional” que pretendieron clausurar el debate sobre los crímenes de lesa humanidad.
La lucha persistente por la verdad
Frente a ese escenario, organismos de derechos humanos, familiares de desaparecidos y numerosos profesionales del derecho mantuvieron viva la exigencia de justicia. Entre ellos, la labor de María Elba Martínez fue decisiva.
Su trabajo incansable en causas judiciales vinculadas a delitos de lesa humanidad no se limitó a la reconstrucción de la verdad histórica, sino que apuntó siempre a un objetivo mayor: garantizar el juzgamiento de los responsables del terrorismo de Estado. Su compromiso contribuyó de manera fundamental al proceso que culminó con la derogación de las leyes de impunidad y la reapertura de los juicios.
Quienes la conocieron recuerdan su enorme capacidad de trabajo, su pasión por la información y su permanente impulso por denunciar las injusticias. Fue una figura central en la defensa de los derechos humanos en Córdoba y una voz firme frente a los poderes que pretendían perpetuar el silencio.
Un legado para las nuevas generaciones
El ejemplo de María Elba Martínez representa una enseñanza fundamental para las nuevas generaciones: la lucha por la memoria, la verdad y la justicia es una construcción colectiva que requiere compromiso, valentía y perseverancia.
En tiempos donde la historia puede ser relativizada o reinterpretada, su figura recuerda que la defensa de los derechos humanos no es solo una causa del pasado, sino una responsabilidad permanente de la sociedad.
Como expresó el periodista Alexis Oliva al referirse a su trayectoria, Martínez fue una figura singular en una Córdoba atravesada por poderes hegemónicos: un símbolo de resistencia ideológica y moral, un ejemplo inspirador para quienes continúan trabajando por una sociedad más justa.
Memoria viva, compromiso presente
A cincuenta años del golpe de Estado, el recuerdo de María Elba Martínez no solo evoca el pasado, sino que interpela el presente y proyecta un horizonte de justicia. Su vida y su lucha forman parte de una historia colectiva que sigue marcando el rumbo de la democracia argentina.
Su legado permanece vigente como testimonio de que la memoria es un acto de justicia, y la justicia, una condición indispensable para el futuro.
María Elba Martínez: memoria, verdad y lucha. Un legado que sigue iluminando el camino.
Por Jorge Vasalo



