Pancho Soares, el último ensayo de la muerte

Pancho Soares
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Nació el 27 de mayo de 1921, en San Pablo, Brasil. De pibe llegó a Buenos Aires y en el 45 ingresó al Seminario Menor de los Asuncionistas en Chile. Después de ser ordenado sacerdote, viajó a Francia para estudiar filosofía y teología.

En 1963 lo asignaron a la diócesis de San Isidro y su palabra pasó a ser sagrada en el pobrerío de fronteras invisibles entre San Fernando y Tigre. Su vieja bicicleta recorriendo las calles de Villa Adalguiza y Villa Barragán era parte de una postal de época que estaba pariendo al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

Párroco en Nuestra Señora de Carupá desde mediados de los 60, empleado administrativo en un supermercado y traductor de francés. La revista Panorama publicó pasado y presente de Pancho en 1965: “Yo quería una vida de pobreza. No podía vivir ni del Obispado, ni de los ricos, ni de mi familia. No distribuyo caramelos, ni juego al fútbol con ellos. He visto demasiado espectáculo de iglesias”.

Los archivos de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires lo registraban con detalle desde 1974, cuando Soares ofreció una misa ante 600 personas en la Capilla Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Rincón de Milberg (Tigre), en memoria de dos compañeros asesinados tres años antes (cuyos nombres aparecen tachados en el registro de la Dippba). Los militantes de las FAP eran Manuel Belloni (24), padre de la actriz Victoria Onetto, y Diego Ruy Frondizi (23).

Según la ficha de la Bonaerense, Pancho dijo ese día que “los dos compañeros cayeron bajo las balas del imperialismo y el capitalismo” y llamó a continuar “la lucha siguiendo el ejemplo de Jesús revolucionario, hasta conseguir la liberación argentina y luego de América toda”.

Fundó la Comunidad Juan XXIII, levantó una fábrica comunitaria de baldosas y después de formar vecinos en la producción de plantillas, el “cura zapatero” armó una cooperativa de trabajo.

Cansados de no poder terminar para siempre con el poder popular, en el 76 creyeron que alcanzaba con aumentar las muertes hasta construir un genocidio y desaparecer los cuerpos. Miraban hacia atrás y no entendían cómo después de tanta planificación y ejecución del exterminio, el “tirano prófugo” volvió y en el 73 sacó el 62 por ciento de los votos.

Luego del bombardeo de junio de 1955, llegaron el golpe de Estado de septiembre y los fusilamientos del 56. El robo del cadáver de Evita, el decreto 4161, la prohibición de la Constitución del 49 y el “peronismo” convertido en preso político. Por último, el Plan Conintes y los fusilamientos de Trelew. Al finalizar la proscripción y el exilio de casi 18 años; lucharon, volvió y ganó.

La muerte setentista comenzó a moldearse con la Triple A. El 20 de junio de 1973, se presentaron en sociedad en Ezeiza. Lo hicieron sin sello, ni nombre oficial; enmascarados en la multifacética interna peronista. Bautismo de fuego de aquella sociedad de López Rega con Osinde, que inauguró la persecución parapolicial anticipando el terrorismo de Estado. Incubadora de las patotas civiles, que luego se subieron a los Falcon verdes del “Proceso”, como la de Aníbal Gordon.

El atentado contra Hipólito Solari Yrigoyen, en el que el senador salvó milagrosamente su vida (21 de noviembre de 1973), fue la primera acción de la Alianza Anticomunista. Entre 1974 y 1975 se sumaron cerca de 700 asesinatos. El padre Mugica, Rodolfo David Ortega Peña, Atilio López, Silvio Frondizi y José Varas encabezaron la larga lista de ejecuciones que tenía un anexo tan frondoso como el de las ejecuciones públicas, en los empujados al exilio.

El primer laboratorio represivo en unidades de producción se montó a partir del 20 de marzo de 1975, en la planta de Acindar en Villa Constitución. Martínez de Hoz negoció con el ministro del Interior, Alberto Rocamora, el envío de las fuerzas de seguridad federales para terminar con la “subversión industrial”; en el marco de un paro que el gobierno decretó ilegal. Cerca de 300 huelguistas fueron torturados en el primer centro clandestino de detención, que funcionó en el albergue para solteros de la fábrica. Veinte trabajadores desaparecidos. El costo de todo el personal policial fue pagado por Acindar.

El Operativo Independencia en Tucumán del 75 fue el gran ensayo sobre geografía rural y urbana. “La escuelita” de Famaillá significó el debut de las Fuerzas Armadas en la creación de más de 600 centros clandestinos de detención, tortura y muerte, a partir del 24 de marzo de 1976.

Los asesinados y desaparecidos entre 1975 y febrero del 76, forman parte de una larga lista olvidada, que recorre casi toda la Argentina, pero con epicentros muy fuertes en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán.

18 de diciembre de 1975. Oficiales de la Fuerza Aérea, tomaron la VII Brigada Aérea de Morón y el aeroparque metropolitano. Por Radio Rivadavia se conoció el bando rebelde titulado “Queremos verle el rostro a la Patria”. Por la noche, terminó el intento golpista al que el Ejército y la Marina no se sumaron, pero tampoco impugnaron. Videla, Massera y Agosti se presentaron en Olivos el 5 de enero de 1976, para pedirle a Isabel su renuncia.

El 5 de febrero del 76 secuestraron y asesinaron en Rincón de Milberg a la delegada de Ctera y catequista de la capilla de Carupá Rosa Casariego y a dos obreros navales, su compañero Luis Cabrera y Oscar Echeverría. Los velaron en el sindicato de los madereros y los tres cuerpos fueron llevados a pie por la militancia, hasta el cementerio. El padre Francisco Soares, denunció con nombre y apellido a los asesinos en el funeral.

Ocho días después fueron a buscarlo a la capilla en la que vivía con Arnaldo, su hermano discapacitado. Cuando llamaron a Pancho, abrió la puerta y una ráfaga de ametralladora le voló la cabeza. Su hermano quedó malherido y murió en el hospital.

Pancho tenía 54 años y 30 de sacerdote. Fue una de las primeras víctimas eclesiásticas, de una Iglesia Católica partida en dos.

Su trágico final forma parte de la megacausa Campo de Mayo. Su asesinato fue planificado por el Area 410 del Ejército, encargada de la represión en Tigre y Escobar; un grupo que estaba a cargo de la Escuela de Ingenieros, dependiente del Comando de Institutos Militares.

Como dice Taty, “claro que por algo fue” y en el caso de Pancho, sus pecados fueron su compromiso con el Sermón de la Montaña (“si tienes dos panes, dale uno al que no tiene”), sus certezas, sus convicciones y su fidelidad por el pueblo trabajador, del que formaba parte.

Por Gustavo Campana

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