A cincuenta años del golpe cívico–militar–eclesiástico del 24 de marzo de 1976, la memoria sigue siendo un territorio incómodo. No porque falten pruebas, sino porque las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado todavía resultan difíciles de creer. Difíciles de imaginar. Difíciles de transmitir. Y, sin embargo, necesarias de contar.
En los centros clandestinos de detención de Córdoba —La Perla y Campo de la Ribera— los secuestrados sabían exactamente lo que iba a ocurrir. No había dudas. Cuando se escuchaba el motor del camión, el apodado “Menéndez Benz”, comenzaba el ritual final. Ese ruido metálico era la señal inequívoca de que había llegado la hora. Los detenidos se despedían como podían. En silencio. Con una mirada. Con una mano atada que rozaba otra. Porque ya no eran personas: eran números.
El eufemismo elegido por los represores fue “traslado”. Una palabra burocrática para encubrir el asesinato. Vendados, maniatados, llamados por número, los subían de a tandas. El traslado nunca era una cárcel. Nunca era un cambio de lugar. Era la muerte.
Entre esas historias está la de Tomás Di Toffino, dirigente de Luz y Fuerza, compañero de Agustín Tosco. Secuestrado en noviembre de 1976, resistió meses de tortura en La Perla. Los sobrevivientes recuerdan su entereza, su humanidad, su capacidad de dar ánimo incluso en el infierno. Llegó en un momento de cierto “relajamiento” del aparato represivo, durante el verano, cuando algunos creían —ilusamente— que podían sobrevivir.
Pero en febrero de 1977 llegó su turno. Intentaron engañarlo: le dijeron que lo llevaban a la cárcel. Di Toffino no les creyó. Sabía. Lo dijo. Sabía perfectamente adónde lo llevaban. Esa tarde de calor sofocante, mientras algunos intentaban aliviar la tensión mojándose con baldes de agua, los guardias entraron y se lo llevaron. En esos días, unas veinte personas fueron asesinadas. Los nombres se acumulan como una lista imposible de digerir.
Otra historia —quizá una de las más brutales— es la de una joven estudiante pampeana de apenas 18 o 19 años. Nadie conocía su nombre. Las víctimas la llamaban “Pampita”. Con ella el ensañamiento fue extremo: la ataron a un auto y la arrastraron por un camino de tierra. Las heridas en sus piernas se infectaron, gangrenaron, se pudrieron. El olor era insoportable. Nunca recibió atención médica. Nunca un remedio. Cuando los detenidos podían bañarse, intentaban limpiarle las heridas con jabón. Era inútil. La infección avanzó hasta el abdomen. Así la subieron al camión. Así la llevaron a matarla.
Estas no son excepciones. No son excesos aislados. Son parte de un sistema planificado de exterminio, sostenido por un pacto de silencio, miedo y sangre. Lo que aquí se cuenta es apenas una mínima fracción de lo ocurrido. Una gota en un océano de horror.
Contar estas historias no es morbo. No es revancha. Es memoria activa. Es una responsabilidad con quienes no vivieron aquella época y aún hoy repiten que “en Argentina no pasó nada”. Pasó. Y fue terrible. Tan terrible que todavía cuesta ponerlo en palabras.
Por eso, a cincuenta años, volver a decir Nunca Más no es una consigna vacía. Es una obligación ética. Con las víctimas. Con los sobrevivientes. Y, sobre todo, con las generaciones que vienen.
Por Jorge Vasalo



