A medio siglo del golpe cívico-militar-eclesiástico del 24 de marzo de 1976, la historia de Hilda Flora Palacios vuelve a interpelarnos. No solo por el horror que sufrió, sino por lo que su vida y su ausencia dicen todavía hoy sobre la memoria, la justicia y la dignidad humana.
A quienes cubrimos los Juicios por delitos de lesa humanidad en Córdoba, la Sala de Prensa nos dejó marcas imborrables. Escuchamos relatos que desbordan cualquier capacidad racional de comprensión. Testimonios que obligan a preguntarse, una y otra vez, cómo fue posible tanta crueldad, tanta perversión, tanta violencia planificada contra personas indefensas.
Pero hubo momentos que quebraron incluso la coraza profesional. Uno de ellos ocurrió a mediados de 2008, cuando declararon Valeria y Soledad Chávez, hijas de Hilda Flora Palacios. Ese día, no hubo forma de contener el llanto.
Tenían apenas 1 y 3 años cuando su madre fue secuestrada, el 6 de noviembre de 1977. Su padre, Héctor Chávez, ya había sido asesinado en Buenos Aires en marzo de 1976. La infancia de ambas quedó atravesada para siempre por el terrorismo de Estado.
Hilda no fue la única. Junto a ella fueron secuestrados Humberto Brandalisis —su pareja, de quien ni siquiera quedó una fotografía—, Raúl Cardozo y Carlos Lajas, todos militantes del PRT (Partido Revolucionario del Pueblo). Fueron llevados al centro clandestino La Perla, donde sufrieron brutales torturas.
El 15 de diciembre de 1977, los asesinaron en uno de los mecanismos más siniestros del aparato represivo: el llamado “operativo ventilador”. Las víctimas eran introducidas en un vehículo y acribilladas a balazos para simular un enfrentamiento armado. En este caso, ocurrió en la intersección de Sagrada Familia y Colón, en la ciudad de Córdoba. Como siempre, los represores no sufrían ni un rasguño. La mentira se completaba en los diarios: “abatidos cuatro subversivos en un enfrentamiento”.
Pasaron 25 años hasta que el Estado comenzó a reparar —aunque nunca del todo— ese crimen. En 2002, el Equipo Argentino de Antropología Forense logró identificar los restos de Hilda Flora Palacios en una tumba N.N. del cementerio San Vicente. Dos años después, en 2004, algunos de esos restos fueron restituidos a sus hijas.
Fue entonces cuando Soledad dijo una frase que quedó grabada para siempre en la memoria colectiva:
“Esos huesos fragmentados, mezquinos, no pueden ser de una madre.
Pero supe que mi madre había tenido vida, y que de esos huesos habíamos nacido nosotras dos.
Mi madre era una foto sonriente, atemporal; con el pasar de los años estaba siempre igual”.
Hilda Flora Palacios tenía 26 años. Militante, luchadora, comprometida con una sociedad más justa, con los pobres y con los trabajadores. No fue una víctima anónima: fue una mujer con ideales, con afectos, con proyectos, con hijas que la esperaron toda la vida.
Hoy, sus restos descansan en el Panteón de la Memoria de Santa Fe. Pero su historia sigue viva. Porque a 50 años del golpe, recordar a Hilda no es solo un acto de homenaje: es una forma de enfrentar el negacionismo, de rechazar el olvido y de reafirmar que no hubo excesos, hubo un plan sistemático de exterminio.
La memoria no es pasado.
La memoria es presente.
Y nombres como el de Hilda Flora Palacios nos lo recuerdan todos los días.
Por Jorge Vasalo



