Con el tipo de cambio quieto y el Banco Central celebrando calma financiera, los precios siguen subiendo sin freno. Comerciantes remarcan, consumidores estallan y economistas advierten que la inflación ya no se explica solo por el dólar.
El Gobierno nacional insiste en mostrar la estabilidad cambiaria como uno de los principales logros de su plan económico. Desde hace semanas, el dólar oficial y los paralelos se mantienen relativamente planchados, un escenario impensado meses atrás. Sin embargo, esa calma no se traslada al día a día: los precios de alimentos, servicios y bienes básicos siguen subiendo, generando una creciente bronca social.
En supermercados y comercios de barrio, los aumentos se repiten de manera casi semanal. Carnes, lácteos, panificados y productos de limpieza encabezan las subas, incluso en un contexto donde el dólar no muestra saltos bruscos. Consumidores denuncian que el “relato de la estabilidad” no coincide con el ticket de caja, y en redes sociales se multiplican las comparaciones de precios que exponen remarcaciones difíciles de justificar.
Desde el sector comercial, la respuesta es casi unánime: los aumentos se explican por subas de tarifas, alquileres comerciales, transporte, logística e impuestos, además de la incertidumbre general sobre el rumbo económico. “El dólar puede estar quieto, pero todos los otros costos vuelan”, admitió un comerciante del conurbano bonaerense.
Economistas advierten que la inflación actual ya no responde únicamente a la variable cambiaria, como ocurría en otros períodos, sino a una estructura de costos dolarizada, a expectativas inflacionarias persistentes y a una fuerte pérdida de referencias de precios. En ese escenario, la estabilidad del dólar funciona más como ancla discursiva que como solución real.
El Gobierno, por su parte, apunta contra empresarios y comerciantes, a quienes acusa de comportamientos especulativos. Funcionarios nacionales sostienen que algunos sectores “se acostumbraron a remarcar por las dudas” y prometen que la apertura de importaciones y el aumento de la competencia terminarán disciplinando precios.
Sin embargo, especialistas advierten que la competencia vía importaciones puede bajar algunos precios puntuales, pero no resuelve el problema de fondo: salarios deprimidos, consumo en caída y una economía donde los ingresos corren muy por detrás de los costos. En otras palabras, los precios suben aunque la gente compre menos.
La paradoja empieza a ser evidente: dólar estable, inflación persistente y consumo retraído, un combo que erosiona el apoyo social al plan económico. Cada vez más argentinos sienten que el ajuste ya pasó por sus bolsillos, mientras los beneficios de la estabilidad siguen sin llegar a la mesa cotidiana.
Si esta dinámica se sostiene, la gran incógnita es cuánto tiempo más podrá el Gobierno sostener el relato del éxito macroeconómico sin resolver el problema más sensible de todos: el precio de vivir en la Argentina real.



