Cuando la política dejó de discutir ideas y empezó a administrar insultos , en la vida cotidiana el agravio se volvió formato: circula rápido, se recorta bien, se viraliza mejor que cualquier argumento. Sirve para marcar fuerza, para ordenar bandos, para cerrar filas. Hoy buena parte del debate político ya no busca convencer a nadie. Busca humillar. Convertir al otro en una caricatura. Ganar no es explicar mejor, es dejar al adversario sin palabras. El insulto reemplaza al argumento porque ahorra esfuerzo y rinde más en el ecosistema actual: clips breves, frases crueles, aplauso propio. Ese lenguaje no queda ahí. Baja. Baja sin filtros. Se aprende.
Nadie lo planifica, pero se enseña. Se aprende cómo se discute, cómo se responde, cómo se “gana”. Se aprende que decir “le rompimos el orto”, “es un culeadazo”, “lo hicimos mierda”; no requiere razones, solo tono, timing y público. Ese modo de hablar se vuelve sentido común lingüístico y entra a la escuela secundaria y a la universidad sin pedir permiso.
Pero no entra solo. Circula en redes en boca de chicos y chicas apañados y bancados por agrupaciones políticas desesperadas por capturar el voto joven, que confunden interpelación con griterío y cercanía con degradación del lenguaje. Ese discurso está dirigido, muchas veces, a adolescentes y jóvenes que no llegaron a construir un patrimonio lingüístico amplio, que cuentan con pocas palabras para decir lo que les pasa, lo que piensan, lo que reclaman. Ahí el insulto no es rebeldía: es explotación de una pobreza expresiva reflejo de pensamientos limitados.
Eso es violencia. No simbólica en abstracto: violencia concreta sobre los vínculos, sobre el modo de estar con otros, sobre la posibilidad misma de poner algo en palabras sin recurrir al golpe verbal. Después nos lamentamos por las peleas a la salida de los boliches, que casi siempre dejan víctimas. Como si no tuvieran nada que ver con este entrenamiento cotidiano en la descalificación.
Y entonces la escuela queda otra vez poniendo el cuerpo. Recibiendo el impacto de un lenguaje político que se filtró sin mediaciones y que violenta todo tipo de relación: entre pares y entre estudiantes y docentes. A la escuela le toca reconstruir, a contramano, algo tan básico como que hablar no es atacar y disentir no es destruir.
Nos preguntamos, ¿para esto se impulsó el voto desde los 16 años? ¿Para entrenar adhesiones sin palabras, pertenencias sin ideas, identidades políticas reducidas a un insulto repetido con gracia? Si la ampliación de derechos no viene acompañada de ampliación del lenguaje, lo que se ofrece no es ciudadanía: es consumo político.
El problema no es que los pibes voten. El problema es con qué lenguaje se los convoca y para qué. Cuando se los interpela desde la descalificación y no desde la propuesta, no se los incorpora a la vida democrática: se los usa. Y después, cuando ese lenguaje vuelve como violencia en los vínculos cotidianos, fingimos sorpresa.
Ahí aparece el problema pedagógico de fondo. Lo que en la política mediatizada funciona como estrategia, en el aula entra como violencia. En el espacio público el insulto está calculado. Produce pertenencia, risa cómplice, identidad. No apunta al que piensa distinto; apunta a los propios. En la escuela, en cambio, el insulto rompe el clima mínimo que hace posible pensar juntos. Después del agravio ya no hay ideas que discutir: hay cuerpos tensos, silencios incómodos, escaladas inútiles.
Recuerdo una noche, al entrar a un curso de una escuela secundaria nocturna, escuché sin que me vieran todavía: “Uff, ahí está este colorado culeado”.
No dije nada. Pensé en probar con algo que movilizara esa situación. Salí del aula. Volví a entrar. Miré al grupo y saludé:
“Buenas noches, pendejos de mierda”, expresión que fue tomada con sorpresa y los dejó a todos inmersos en el silencio.
El alumno que había dicho “culeado” pidió la palabra. Explicó, (con otras palabras) que no había insultado. Que en Córdoba esa palabra muchas veces funciona como muletilla, como interjección coloquial, como forma de marcar presencia. Que no había mala intención. Que no había desprecio. Y ahí apareció un aprendizaje clave: no toda palabra fuerte es automáticamente un insulto. Ese “culeado” no operaba como agresión, sino como muletilla idiomática, propia de un registro informal y de paridad. No nombraba al otro para degradarlo, sino para señalarlo dentro de un código compartido. Para el caso, no es lenguaje para un espacio formal, institucional y asimétrico, pero tampoco es violencia por definición. Es lenguaje situado. Como lo es y lo era el ¿cómo andás boludo? con mis pares.
En cambio, cuando yo dije “pendejos de mierda”, nadie dudó. Ahí sí hubo insulto. No solo por la palabra, sino por la intención, el tono, el contexto y la relación de poder. Fue un gesto deliberado de ruptura. Y esa diferencia quedó clara para todos. Esa noche se entendió algo que suele perderse en los discursos públicos: el agravio no es solo una palabra, es una intención situada. Lenguaje, intención y efecto no son lo mismo, aunque a veces coincidan. El problema no es limpiar el habla ni moralizarla, sino aprender a leer la escena.
Mi “pendejos de mierda” no fue un arrebato ni una reacción impulsiva. Fue una decisión pensada en el mismo instante: usar ese registro discursivo como experimento pedagógico. Quise medir qué pasaba si yo, desde mi lugar, saludaba al grupo con una expresión fuerte en correlación directa con el “culeado” previo. No para equiparar situaciones, sino para tensarlas.
La diferencia apareció de inmediato. Lo que para ellos había sido una muletilla coloquial, sin intención de agravio, en mi boca se volvió insulto pleno. Ahí se hizo visible algo que no se aprende leyendo reglamentos: que el sentido de una palabra cambia según quién la dice, desde dónde y con qué poder. Esa escena permitió pensar —no declamar— que no todo uso fuerte del lenguaje es violencia, pero que toda palabra dicha desde una posición de autoridad produce efectos distintos.
Las palabras no son solo palabras. Actúan. Ordenan relaciones. Autorizan prácticas. Alguien dijo que las formas de nombrar son siempre formas de significar. Las palabras no valen por lo que “son”, sino por lo que hacen en una escena concreta. En ese sentido, culeado es una palabra polisémica: puede ser insulto, muletilla, interjección, saludo torcido o marca de pertenencia. No hay un único sentido verdadero. Hay usos. Y cada uso produce efectos distintos. Como escribió Wittgenstein, el significado de una palabra no está en lo que promete sino en el uso que se hace de ella. No importa solo qué se dice, sino qué se habilita cuando se lo dice.
Ahora bien , qué pasa cuando los pibes no solo repiten el lenguaje político, sino que creen estar haciendo política con él. Hoy, para muchos jóvenes, intervenir políticamente no es organizarse, discutir ideas o construir propuestas. Es grabar un reel. Es reaccionar. Es insultar con gracia, con timing, con picardía. Decir “culeadazo”, “domado”, “hecho mierda” funciona como marca identitaria: no explica una posición, la reemplaza. En ese circuito, el agravio no es vivido como violencia sino como participación. Bardear es opinar. Descalificar es tomar partido. El insulto se vuelve una forma rápida de decir “estoy acá” sin tener que sostener nada después. No hay programa, no hay argumento, no hay costo. Solo visibilidad.
Ese modo de hacer política baja a la escuela y a la universidad con una fuerza particular porque llega envuelto en lenguaje juvenil, en humor, en ironía. Parece liviano, pero no lo es. Cuando un estudiante dice “tal es un culeadazo” no está solo usando una muletilla: está ensayando una forma de intervención política aprendida en redes, donde la palabra no sirve para comprender sino para marcar enemigo.
Ahí aparece otra tarea incómoda para la escuela: mostrar que eso no es debate, aunque se le parezca; que eso no es crítica, aunque suene rebelde; que eso no es política, aunque circule como tal. No para desautorizar a los jóvenes, sino para no estafar su deseo de participar. Porque hacer política no es gritar más fuerte ni humillar mejor. Eso es espectáculo. Política es hacerse cargo de lo que se dice, de lo que se propone y de lo que se produce en los otros.
Pero señalar este límite no alcanza. Si la escuela solo marca lo que no va, deja un vacío. Y ese vacío vuelve a llenarse de ruido.
La escuela no está para fabricar consensos ni para bajar línea, pero sí para ofrecer lenguajes alternativos al agravio. Lenguajes que no nieguen el conflicto, pero que lo hagan trabajable. Donde el desacuerdo no sea un espectáculo, sino una forma exigente de pensar juntos. Si el insulto hoy circula como atajo, la propuesta es el camino largo. Cuesta más. Rinde menos likes. Pero es el único que produce algo distinto del aplauso momentáneo.
En sociedades tan golpeadas, la pirotecnia verbal no suma: anestesia. El insulto no ordena el conflicto: lo pudre. No amplía derechos: los vuelve irrelevantes. No democratiza la palabra: la degrada.
Quienes ocupan cargos altos y hablan desde el poder no pueden fingir inocencia. Cada agravio pronunciado desde arriba baja como autorización. Autoriza a no explicar, a no escuchar, a no convivir. Después nos sorprendemos cuando en una escuela un pibe no discute ideas sino personas. El clima no cayó del cielo: fue enseñado.
Sostener una discursividad que proponga alternativas al caos es defensa activa de la posibilidad misma de lo común. Es marcar un límite cuando todo empuja a la crueldad rentable. Es decir que no todo vale, aunque rinda.
Por el Profesor José Luis Lázaro



