A 50 años del golpe: memoria, nombres y una historia que interpela

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A medio siglo del golpe cívico–militar–eclesiástico del 24 de marzo de 1976, la memoria no es un ejercicio abstracto ni una consigna vacía. La memoria tiene nombres, rostros, historias concretas. Y entre ellas, la de la familia Morandini condensa como pocas el drama colectivo del terrorismo de Estado en la Argentina.

Cristina y Néstor Morandini —Pipi y Titón— fueron dos de los miles de jóvenes militantes que, como tantos otros, creyeron que la política podía ser una herramienta para transformar la realidad. Militaban en la Juventud Peronista, habían nacido en Deán Funes, cursado sus estudios secundarios en el Garzón Agulla y continuado su formación en la Universidad Nacional de Córdoba. Su historia es también la de una generación arrasada.

Pero esta historia no puede separarse de la figura de Rosita Morandini, su madre, una de las primeras Madres de Plaza de Mayo. Rosita fue de esas mujeres que, cuando el miedo paralizaba a una sociedad entera, decidió salir a la calle a preguntar dónde estaban sus hijos. A desafiar al silencio, a la complicidad y al terror.

Recuerdo haberla conocido en 1987, cuando trabajaba en Deportes de Radio Universidad. Una tarde de sábado atendí el teléfono y del otro lado se presentó con una voz cálida: “Soy Rosita Morandini”. A partir de esa charla nació una relación de afecto y respeto que se prolongó en el tiempo, incluso en aquellos años oscuros del indulto menemista, cuando en nombre de una supuesta reconciliación se intentó clausurar la justicia y el recuerdo.

El 18 de septiembre de 1977 marcó el punto final de la vida en libertad de Cristina y Néstor. Perseguidos en Córdoba, se habían refugiado en Buenos Aires, donde su hermana mayor, Norma, ya trabajaba en periodismo. Desde ese día no se supo más de ellos. Años después se confirmó lo que tantas Madres y Abuelas denunciaron desde el inicio: fueron secuestrados, llevados a la ESMA y asesinados en los llamados vuelos de la muerte. Cristina tenía 23 años. Néstor, apenas 22.

La historia de los Morandini volvió a adquirir visibilidad pública muchos años después, por una coincidencia que no deja de ser simbólica: los nombres de Néstor y Cristina Kirchner. Fueron justamente esos gobiernos los que impulsaron la derogación de las infames leyes del perdón y posibilitaron la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad, saldando una deuda histórica del Estado argentino con las víctimas.

En este recorrido, no puede omitirse la figura de Norma Morandini, hermana de los desaparecidos, periodista y con una posición política opositora al kirchnerismo. Más allá de las diferencias ideológicas, hay una verdad innegable: Norma también fue víctima del terrorismo de Estado. Y esa condición no se discute ni se relativiza.

A 50 años del golpe, recordar a Cristina, a Néstor y a Rosita no es un gesto nostálgico. Es una toma de posición frente al presente. Porque el negacionismo, la banalización del horror y los discursos que relativizan el genocidio no son inocentes: buscan erosionar los consensos democráticos construidos con dolor, lucha y persistencia.

Las fotos de la familia Morandini —Rosita, su marido, las hermanas y los hermanos— no son solo recuerdos privados. Son parte de la memoria colectiva de un país que todavía se debe a sí mismo el compromiso de Nunca Más.

Por Jorge Vasalo

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