Si algo hemos aprendido de la historia, es la estrecha dependencia que tiene el presente del pasado. Será entonces más fácil comprender cabalmente la estrecha dependencia que existe entre el presente y el futuro.
No es extraño que las clases dominantes argentinas hayan pensado (y actuado en consecuencia) que “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión” y, como consecuencia de ello, han mostrado fehacientemente a lo largo de nuestra historia común, sobre todo a partir de la independencia lograda en conjunto, su indiferencia y desapego respecto a la otrora América española y portuguesa y al propio territorio argentino.
Todo ello viene a cuento de las tareas nacionales que el pasado nos ha legado sin solución de continuidad hasta el presente y de las cuales depende nuestro futuro y/o el de las próximas generaciones.
No hay duda de que, al producirse la independencia de España, lo que hoy es la Argentina se fue alejando en cuerpo y alma del resto de la América morena y/o mestiza. Los intereses porteños del puerto único y las ideas cosmopolitas que llegaban a través de él, agudizaron dicho alejamiento y aislamiento de toda la América independizada en 1824 y nos convirtieron en ese país “extraordinario”, que algunos comparaban hasta no hace mucho con Japón y algún otro país, sin que nosotros hubiéramos logrado ese mismo desarrollo sostenido (salvo en algunos períodos nacionales excepcionales), que esos países considerados “únicos” en su tipo lograron definitivamente.
La experiencia japonesa
En su libro Las revoluciones “por arriba”, el historiador Roberto A. Ferrero desarrolla uno a uno los procesos históricos de las “revoluciones nacionales” transitadas en parte o en su totalidad por distintos Estados y naciones del orbe, entre ellos, Paraguay, Alemania, Italia, Turquía, Rusia, Perú y el mismo Japón.
En “Japón y la restauración Meiji” (Gobierno ilustrado), restauración que el historiador Michio Morishima denominara por su contenido real “Revolución Meiji”, considerándola “el acontecimiento crucial de la historia japonesa”, Ferrero describe los pormenores, características y alcances -cuál de todos más interesantes- de dicha revolución.
“Esta nación -comienza enseñándonos Ferrero-, proveniente de lejanos orígenes chinos y coreanos”, estaba gobernada en la década de 1860, desde hacía dos siglos y medio, por la fracción más poderosa y atrasada de “los terratenientes feudales que se repartían las pocas tierras fértiles cultivables de las cuatro grandes Islas que componían el país”.
Pues bien, ¿cuándo aparecieron o por qué aparecieron los Meiji y que fue lo que hicieron?
Prestemos atención a lo que dice Arthur E. Tiedemann en “Historia del Japón Moderno”, citado por Ferrero:
“Los caudillos Meiji estaban hondamente preocupados por la conservacion de la independencia japonesa. Tenían la visión suficiente paraver que las fuerzas militares de la nación carecían de eficacia si no estaban sostenidas por una economía moderna que atendiese a sus necesidades”.
En la década de 1860, los Meiji comprendían que un país que se precie de independiente y quiera ser grande entre las naciones, debe tener su propia visión nacional y poseer una economía moderna que atienda las necesidades del propio país y de su propio pueblo.
Ahora bien, ¿qué sucedía con la economía de Japón?
“Los capitales nacionales eran escasos y los pocos grandes que existían eran propiedad de las familias mercantiles y de algunos grandes terratenientes daimyos (terratenientes feudales), que se habían enriquecido bajo los Tokugawa (familia feudal gobernante) y no estaban por tanto muy interesados en apoyar el proceso que se abría en 1868” con los Meiji, apunta Ferrero.
¿En que consistió la revolución Meiji?
“De 1868 a 1881 -años en los que aquí comenzaba a gobernar con criterio nacional el patriciado provinciano (Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman)- el Estado realizó la acumulación de capitales necesaria para la modernización en gran escala” del Japón, ya que “al confiscar las tierras y las empresas del Bakufu (señor feudal gobernante) y de los daimyos (terratenientes feudales), el gobierno de Meiji realizó, simultáneamente, una inmensa concentración de capitales”.
Aquella revolución llevó al Japón desde el feudalismo al capitalismo, aunque dicha revolución se desarrolló independientemente de los campesinos, la masa popular más grande del Japón por entonces. Por ello Ferrero la considera una “revolución por arriba” o desde arriba, incluso “con compromisos con la vieja facción de los grandes daimyos”. Era la diferencia, además, entre vivir de rodillas o caminar erguidos al lado de otros países sin perder autonomía ni condenar al Japón al atraso o subdesarrollo.
Sin duda, el motor de aquella revolución estaba en los niveles gubernamentales del Estado Meiji, en la visión patriótica de los Meiji y en su doctrina: “Ética oriental y ciencia occidental” (Sakuma Shozan, sabio samurai). Algo parecido a lo que hizo la China moderna, sin abandonar el socialismo, al Partido Comunista ni a su cultura oriental milenaria.
Después de todo, si como dice Enrique Dussel, Occidente le robó a Oriente en el siglo XII sus secretos industriales y modernizadores, ¿por qué Oriente debía privarse de rescatar y aprovechar con soberanía lo que alguna vez había sido suyo? No sería extraño que, con el revolver yanki en su cabeza, el actual gobierno venezolano, con algo de sabiduría oriental incorporada a su visión nacional, en defensa de su soberanía, haya decidido negociar con el poder occidental hegemónico, sin dejar por eso de seguir gobernando independientemente a Venezuela.
El nuevo Japón
Lo cierto es que, presionados por las potencias europeas y los Estados Unidos, “ávidos por abrir el Japón al comercio internacional”; entablada la lucha entre los que querían cerrar totalmente el Japón a las potencias extranjeras y los que pretendían mantener alejados militarmente a esas potencias (tanto Japón como China habían experimentado ocupaciones militares extranjeras), recurriendo si era necesario a “numerosas concesiones”; y muerto el Shogun (Generalísimo del Japón feudal) sin dar solución al conjunto de problemas que se habían acumulado, “en noviembre de 1867 el nuevo emperador Mutsushito (que imperaba sin reinar), que había subido al trono meses antes junto con sus amigos samuráis partidarios de una occidentalización soberana tanto como el propio Emperador, pasaron a la acción”.
“El nuevo gobierno Meiji, en el nivel organizacional de la administración y la cultura -comenta Ferrero- avanzó cautelosa pero firmemente en sus reformas modernizantes: se abolieron los feudos de los daimyos, que fueron reemplazados por prefecturas a cargo de funcionarios oficiales; se estableció la educación pública (que nunca había existido) y universidades estatales y privadas; se organizó un ejército nacional con instructores franceses y luego alemanes y una marina aconsejada por los ingleses; se revisaron los ‘tratados desiguales’ firmados por el Shogun con diplomáticos de países europeos y EE.UU; se enviaron misiones a Europa para aprender las ciencias y las técnicas occidentales idóneas para el Japón y otras para estudiar las costumbres, las leyes y las constituciones de Europa occidental, pues el Emperador había prometido a la nación darle un Parlamento representativo y una Carta Magna, promesas que se concretaron en 1889/1890”. Se sumaban a las tareas de toda revolución nacional las tareas de una revolución democrática.
Resueltos a no dejar el destino del Japón en manos de cualquier otro poder que no fuera el propio de la nación japonesa, “el nuevo Estado Meiji encaró por sí mismo las modificaciones necesarias en la economía nacional, esforzándose en industrializar el país”.
El Japón comenzaba una nueva era patriótica de “modernización y occidentalización”, señala Ferrero, “sin entregar su alma al imperialismo que lo acechaba, a diferencia de la oligarquía argentina y todas sus similares de Latinoamérica, que coetáneamente no vacilaron en entregar soberanías y empresas a la voracidad de los emergentes monopolios europeos”.
Sin embargo, este proceso de modernización tendría en Japón (a diferencia de China, por ejemplo) una originalidad:
“A partir de 1880, el Estado japones consideró que su obra promotora estaba cumplida y se retiró de las actividades económicas directas, vendiendo sus empresas a precios muy bajos a distintas corporaciones industriales y comerciales de la nueva burguesía (efectivamente nacional) de reciente formación”, aunque muchas de ellas fueron vendidas a los llamados grupos Zaibatsu, “conglomerados de compañías muy poderosas que provenían directamente de familias tradicionales, como Nissan y Mitsubishi”.
Y aunque la Restauración Meiji “no cumplió la tarea político-social fundamental de la evolución burguesa: la eliminación total del feudalismo en la economía y la sociedad”, como dice Manfred Kossok en “Las revoluciones burguesas. Problemas teóricos”, no obstante, curiosamente (paradojas de la historia), esa tarea fue cumplida, a partir de la necesidad de la ocupación norteamericana en 1945 de terminar de raíz con el militarismo japonés (ligado al sistema feudal tradicional):
“MacArthur obligó al flamante Parlamento de 1946 a aprobar una ley que obligaba a los terratenientes absentistas -refiere el historiador Ferrero- a vender sus tierras a precios bajísimos, y a los residentes a hacer lo mismo con una parte determinada de sus feudos”. Para 1952, “el 90% de toda la tierra útil del país estaba ya en manos de casi 5 millones de cultivadores y el Japón convertido en un país plenamente capitalista en desarrollo”.
Así y todo, “los zaibatsus industriales de la nueva burguesía -que poseían una conciencia burguesa nacional coherente- supieron reconocer e instrumentar en favor de sus actividades las antiguas virtudes precapitalistas del pueblo japonés: laboriosidad responsable, disciplina y puntualidad, honradez, lealtad a los superiores y preferencia de lo comunitario sobre el egoísmo individual”.
Al parecer, los argentinos y latinoamericanos (pues somos una misma Nación inconclusa) tenemos todavía mucho que aprender y hacer en el presente, después de desaprender lo mal aprendido, mal imitado o no aprendido en el pasado. Pero antes, “por arriba” o “por abajo”, habrá que recuperar o encontrar, como las grandes naciones y civilizaciones del mundo, nuestra propia alma nacional y devolvérsela al cuerpo de la Nación para darle nuevamente vida y una larga vida a futuro.
Por Elio Noe Salcedo



