A 50 años del golpe cívico y militar Eclesiatico de 1976

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La diabólica complicidad de los obispos y de buena parte de la Iglesia Católica Argentina

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, sigue siendo necesario decir lo que durante décadas se intentó silenciar: la dictadura no fue solo militar, sino cívica, empresarial y eclesiástica. Y dentro de esa trama oscura, la responsabilidad de sectores centrales de la Iglesia Católica Argentina fue activa, consciente y funcional al plan de exterminio.

Uno de los máximos exponentes de esa complicidad fue Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba entre 1965 y 1994. Integró el Episcopado durante toda la dictadura y, ya en su homilía de Navidad de 1975, adelantó lo que “se venía”, demostrando un conocimiento pleno de lo que estaba decidido por quienes preparaban meticulosamente el golpe de marzo y el plan represivo más siniestro de nuestra historia.

Primatesta afirmó entonces:

“La mano izquierda de Dios es paternal, pero puede ser pesada”.

No fue una metáfora ingenua ni un exceso retórico: fue un mensaje cifrado de legitimación de la violencia que se avecinaba.

Durante los juicios por delitos de lesa humanidad en Córdoba, numerosos testigos declararon haberlo visto en centros clandestinos de detención y tortura, y relataron también los maltratos y el desprecio que sufrieron quienes acudieron desesperados al Arzobispado en busca de ayuda por familiares secuestrados.

Primatesta sabía todo. Sabía lo que pasaba y fue íntimo de genocidas como Luciano Benjamín Menéndez, de Videla y de militares y empresarios que sostenían la farsa de que “los argentinos éramos derechos y humanos”.

Pero su rol no fue solo de encubrimiento: acomodó la estructura eclesiástica a la maquinaria de la muerte.

En la cárcel UP1, por ejemplo, fue desplazado el padre Luchesse y reemplazado por dos capellanes.
Uno de ellos, Sabas Gallardo, llegó a afirmar que “no era pecado torturar hasta cuatro horas” y que “la tortura dignificaba”.
El otro, de apellido Mac Kinon, se hacía pasar por confesor para extraer información a los presos políticos.

Puertas adentro, los obispos también fueron cómplices del asesinato de sus propios pares, como Monseñor Enrique Angelelli y los curas de Chamical: Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville.
En Córdoba, sacerdotes como Víctor Acha y Quito Mariani dieron testimonio de persecuciones y amenazas, mientras otros curas se movían “como peces en el agua” dentro del régimen.

Algunos incluso recibían y homenajeaban a genocidas. Massera —símbolo de la ESMA y los Vuelos de la Muerte— fue recibido sin reparos en distintos pueblos del interior. En Brinkmann, por ejemplo, esto ocurrió con el padre Jorge Isaac.

A 50 años de aquel horror, hay un dato que no puede relativizarse:
👉 La Iglesia Católica Argentina jamás se arrepintió cabalmente.
👉 Recién en el año 2000 emitió un pedido de perdón tibio, tardío y profundamente insuficiente, sin asumir responsabilidades institucionales reales por su participación activa en el infierno del terrorismo de Estado.

La memoria no es venganza.
La memoria es justicia.
Y sin verdad completa, no hay nunca más posible.

Por Jorge Vasalo

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