Nos llaman GILes

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Noche de verano en un pueblito de Santa Fe.

En la vereda, dos viejos vecinos estaban sentados en reposeras, tomando agua. Agua literal. El calor apretaba, el pueblo estaba quieto, de esos silencios espesos que sólo existen en el interior profundo cuando ya se apagaron los motores y no queda nada por vender ni por comprar hasta el día siguiente.

Me crucé a saludar. Conversación mínima. Derivó, inevitablemente, en los incendios: cuando me preguntaron si serían intencionales, si no, si “qué casualidad”. Comenté un dato: el mismo día —o pocos días después— de que este gobierno derogara la ley de manejo del fuego y la norma que impedía cambiar el uso del suelo después de catástrofes como los incendios (la llamada “Ley Máximo K”), comenzaron los fuegos. Comenté otro dato: el gobernador de Chubut mantiene retenidos más de seiscientos mil dólares de organismos internacionales destinados a prevención y control de incendios.

Dije: “Se nota mucho”.

Dije: “Obvio que son intencionales”.

La respuesta fue automática, casi reflejo:

—Este país está mal hace cincuenta años.

Respondí algo elemental: no siempre se estuvo mal. Y apareció el tercero. Un vecino llamado G. Así figura en su documento. No es un apodo ni una metáfora.

G. dijo:

—Mejor no hablemos de política, porque los que estaban antes eran peores que estos.

Le hice una sola pregunta. Una. Que nombrara a alguien que conociéramos ambos a quien le hubiera ido peor antes que ahora. Y agregué un dato: con diez mil pesos, no hace mucho, cargaba veintisiete litros de nafta; hoy, con esa misma plata, apenas cargo seis.

No hubo respuesta. G. se levantó. Dijo: “Me voy antes de pelear. Vos tenés tu ideología, ya sabés cómo pienso”. Llamó al otro: “Vamos, M., vamos a caminar”. Se pararon y se fueron.

No hubo pelea. No hubo discusión. Hubo retirada.

REFLEXIÓN

CUANDO QUIENES SUFREN EL AJUSTE, SE LES NOTA EN EL PESO CORPORAL, LA ROPA Y EL ROSTRO, TE DICEN ESTAS COSAS…………. ES CUANDO DUDAS DE QUERER SEGUIR

LEVANTANDO AQUELLAS BANDERAS QUE NOS HICIERON GRANDES –

Esto no es ignorancia. Esto no es falta de información. Esto es un fenómeno estructural del empobrecimiento prolongado.

El desclasado no se reconoce como tal. Y no se reconoce porque hacerlo implicaría aceptar que todo el sacrificio no tuvo sentido. Que creyó, defendió y sostuvo un rumbo que lo dejó más flaco, más viejo y con menos cosas. Y para muchos, esa admisión es más insoportable que la pobreza misma.

El cuerpo acusa recibo de lo que el discurso niega. Antes, G. tenía un autito relativamente nuevo, una Chevrolet Combo, una Renault Master y un chofer que le manejaba a la tarde. Hoy, después de muchos años, recién pudo cambiar el auto por uno 2016, luego de usar un Siena 2005 con millones de kilómetros, a GNC, viajando sin aire, precarizado, colgado de las bondades de Dios para que le cuide la salud y el camino.

Eso no es ideología. Eso es deterioro objetivo.

Pero el relato cumple una función defensiva: si “siempre estuvimos mal”, entonces nadie empeoró nada; si “los de antes eran peores”, entonces el presente queda absuelto; si todo es igual, entonces no hay error propio que asumir.

Cuando el dato aparece —el precio, el litro, el número— la conversación se vuelve peligrosa. No porque sea falso, sino porque amenaza con derrumbar una identidad. Y frente a ese riesgo, el mecanismo es huir. Caminar. Cortar. No escuchar.

El ajuste económico se puede negar con palabras. El ajuste vital no.

Tal vez el problema no sea que no tengamos salida. Tal vez el problema sea que nos llaman GILes, y todavía no estamos dispuestos a aceptar lo que ese nombre empieza a describir cuando el cuerpo ya no miente.

Igual me resisto a caer manso en los brazos de aquellos que festejan orgullosos ser parte de esta ODISEA DE LOS GILES.

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