El Gobierno redefine la política exterior con alineamientos ideológicos explícitos, pero las promesas de inversiones y beneficios económicos siguen sin materializarse.
La política exterior argentina atraviesa un giro profundo. El Gobierno apuesta a un alineamiento explícito con potencias occidentales y discursos de afinidad ideológica, presentándolo como la puerta de entrada a inversiones y crecimiento económico.
Sin embargo, analistas internacionales y economistas advierten que, hasta el momento, los resultados concretos son escasos. Informes de comercio exterior muestran que las exportaciones no experimentaron un salto significativo y que la llegada de inversiones productivas sigue siendo limitada.
Desde universidades nacionales y centros de estudios internacionales señalan que el alineamiento automático no garantiza beneficios económicos. Las inversiones suelen responder a condiciones macroeconómicas, infraestructura, mercado interno y estabilidad social, variables hoy en tensión.
Además, sectores industriales y productivos advierten que la apertura comercial sin protección puede afectar a la producción local. La experiencia histórica argentina muestra que los procesos de liberalización abrupta suelen generar desindustrialización y pérdida de empleo.
En el plano diplomático, la política exterior también genera ruido interno. Gobernadores y sectores productivos reclaman una estrategia que priorice exportaciones regionales, economías provinciales y mercados emergentes.
El debate no es ideológico sino pragmático: si la política exterior sirve para generar desarrollo o si se convierte en un gesto simbólico con costos internos.



