Cuando los mercaderes de la muerte lloran: la nación que devora mundos y el posible inicio del Armagedón

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En el Apocalipsis se anuncia un tiempo en el que los mercaderes de la tierra llorarán, no por las vidas perdidas, sino porque nadie comprará más su mercancía. Oro, armas, petróleo, cuerpos, territorios. No es una escena mística: es una alegoría brutal del colapso de un orden construido sobre la avaricia, la violencia y el comercio de la destrucción.

No hay invasión que se anuncie como invasión.

Todas se disfrazan. Unas se visten de libertad, otras de democracia, otras —las más peligrosas— de salvación humanitaria. El poder no irrumpe diciendo su nombre real: primero fabrica el relato, después ejecuta la fuerza.

Estados Unidos nació denunciando exactamente esa lógica. En 1776, Thomas Jefferson acusó al Imperio Británico de una sucesión de abusos y usurpaciones destinadas a someter a un pueblo bajo un despotismo absoluto. Aquella declaración no fue moderada ni diplomática: fue una acusación moral y política contra el imperio.

Jefferson fue explícito:

“Todo gobierno degenera cuando se confía exclusivamente a los gobernantes y no al pueblo.”

Dos siglos después, la paradoja es inocultable: el país que nació repudiando el imperio se convirtió en su versión más eficiente.

Conviene reiterarlo con absoluta claridad, porque la confusión es deliberadamente inducida: defender la soberanía de Venezuela no implica apoyar a Nicolás Maduro como persona, ni legitimar su gestión interna, ni blindar políticamente a su gobierno. Esa discusión pertenece, y solo puede pertenecer, al pueblo venezolano. Confundir soberanía con adhesión personal es una trampa discursiva para evitar el debate real.

Aquí no se discute un nombre propio. Se discute un precedente.

Ese precedente —enseña la historia— siempre vuelve.

Con una excepción persistente: Estados Unidos.

La excepción no es accidental; es estructural. Intervenciones, sanciones masivas, invasiones, cambios de régimen, capturas simbólicas o reales. El repertorio es amplio. Lo singular no es su existencia, sino la certeza de que jamás habrá reciprocidad. Para todos rige la regla; para uno, la inmunidad. Cuando la ley es universal salvo para uno, deja de ser ley y se convierte en jerarquía.

Alexander Hamilton lo advirtió tempranamente:

“El amor al poder es la pasión dominante del corazón humano.”

Simón Bolívar lo advirtió con una lucidez que hoy resulta incómoda:

“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad.”

La narrativa contemporánea es conocida y repetitiva: dictador, amenaza, excepción. Tres palabras bastan para suspender el derecho. No se invade un país: se “restaura el orden”. No se captura a un mandatario: se lo “somete a la justicia”. No se viola el derecho internacional: se lo “reinterpreta”.

Pero el relato se quiebra cuando aparece la confesión material. Donald Trump dijo en voz alta lo que otros disimulan: Venezuela es estratégica por su petróleo. Lo afirmó sin rodeos. Allí cae la coartada humanitaria. No es democracia. No es libertad. Es extracción.

A ese botín se suma otro, más estructural y menos visible: la guerra como negocio.

Los mercaderes de la muerte no producen bienestar; producen demanda de destrucción. La industria de las armas no es un subproducto del poder estadounidense: es uno de sus pilares. Requiere conflictos permanentes para sostener presupuestos, empleo, innovación tecnológica y hegemonía económica. La paz no vende. La estabilidad no renueva contratos. El miedo, en cambio, sí.

James Madison dejó una advertencia que hoy resuena con fuerza planetaria:

“La acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos, puede considerarse justamente la definición de la tiranía.”

La guerra no es solo política exterior. Es política económica.

Por eso el sistema necesita enemigos constantes, amenazas sobredimensionadas, regiones incendiadas. Cuando la oferta de armas es permanente, la demanda debe sostenerse. Y cuando no surge de manera espontánea, se construye.

Hoy esa acumulación de poder ya no es solo externa: es planetaria. Un Estado que produce armas a escala global, define enemigos y controla narrativas tiene un incentivo estructural para que el mundo no se aquiete.

Frente a ese escenario, conviene subrayarlo una vez más: la defensa de la soberanía venezolana no equivale a la defensa personal de Maduro. Un Estado puede y debe ser defendido en su integridad jurídica aun cuando su gobierno sea cuestionado, impopular o discutido. Negar ese principio implica aceptar una soberanía jerárquica: plena para algunos, revocable para otros.

Desde esa lógica, cualquier respuesta venezolana ante una agresión externa no sería provocación, sino resistencia institucional legítima. Y esa resistencia no ocurre en el vacío. Ocurre en un mundo multipolar, donde existen actores con capacidad real de respuesta.

George Washington advirtió, en su discurso de despedida:

“El amor desmedido al poder conduce a la dominación, tanto en las repúblicas como en las monarquías.”

No se trata de idealizar a nadie. Rusia, China u otros países fuertes no encarnan virtudes morales superiores. Encarnan disuasión. Su existencia señala que el orden basado en la excepción ha perdido legitimidad. Cuando el límite jurídico no existe, el límite vuelve a buscarse en el equilibrio de fuerzas.

Aquí emerge el núcleo apocalíptico del análisis. No como profecía religiosa, sino como advertencia histórica. Cuando la avaricia se combina con impunidad, cuando la guerra se vuelve mercancía y el saqueo se disfraza de virtud, el sistema entero se aproxima a su propio Armagedón. No porque alguien lo invoque, sino porque la acumulación de abusos rompe todos los diques.

Y esta lógica no se detiene en las fronteras: se reproduce hacia adentro. La excepcionalidad externa habilita la excepcionalidad interna. En ese marco, resulta particularmente inquietante la reconfiguración y ampliación de las funciones del sistema de inteligencia estatal (SIDE). No por una conspiración puntual, sino por una deriva histórica conocida: cuando la inteligencia se expande sin controles robustos, se diluyen los límites entre seguridad y política, entre prevención y vigilancia, entre Estado y sociedad.

No hace falta declarar una dictadura para incubar prácticas autoritarias. Basta con normalizar la excepción, ampliar facultades, debilitar controles parlamentarios y judiciales, y justificarlo todo en nombre del orden, la eficiencia o el enemigo difuso. Los propios padres fundadores lo sabían: el poder, cuando no encuentra frenos, se expande.

SIDE convertida en Gestapo o KGB no es una acusación literal: es una imagen de advertencia. Es recordar que los aparatos de inteligencia, cuando dejan de estar estrictamente subordinados al derecho, se convierten en herramientas opacas de disciplinamiento. El miedo reemplaza al debate; la vigilancia, a la política.

No se trata de Maduro. No se trata de Trump.

No se trata de ningún líder aislado. Se trata de un sistema.

Cuando los mercaderes de la muerte gobiernan la política, la sangre se vuelve insumo. Cuando   la   guerra   es   negocio,   la   paz   es   amenaza. Cuando una nación devora mundos sin límite, el mundo entero se vuelve inestable. Y cuando la excepción se normaliza también puertas adentro, la libertad comienza a erosionarse en silencio.

Y cuando los mercaderes de la muerte finalmente lloren —como advierte el texto bíblico— no será por compasión, sino porque el orden que los enriquecía habrá colapsado.

Ese día, el Armagedón no será un castigo divino.

Será una obra humana, largamente anunciada

Por Federico Vicinguerra

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