Con la Patagonia envuelta en llamas, brigadistas desbordados y comunidades enteras en vilo, el negocio inmobiliario de elite no se detiene. En las últimas semanas volvió a tomar fuerza un proyecto urbanístico de gran escala en Villa La Angostura vinculado al empresario Eduardo Costantini, creador de Nordelta y uno de los hombres más poderosos del real estate argentino.
El plan —que se desarrolla sobre un predio de alrededor de 200 hectáreas— apunta a la creación de un nuevo polo urbano de alto nivel, con viviendas, espacios comerciales y servicios premium, en una de las zonas más codiciadas de la Patagonia. Según fuentes del sector, Costantini participa como asesor estratégico a través de su firma Consultatio, aportando su experiencia en mega desarrollos urbanos.
La noticia genera ruido. No solo por la magnitud del emprendimiento, sino por el contexto: incendios forestales, crisis ambiental, territorios frágiles y una región que viene denunciando falta de prevención, desfinanciamiento y abandono estatal.
La pregunta que empieza a circular —en voz baja y no tanto— es incómoda pero inevitable:
👉 ¿La Patagonia se quema mientras se prepara el terreno para nuevos negocios inmobiliarios?
👉 ¿Quién gana cuando el bosque pierde?
Vecinos, ambientalistas y sectores críticos advierten que este tipo de proyectos suelen empujar procesos de expulsión, encarecimiento de la tierra y privatización del paisaje, convirtiendo territorios históricos en enclaves para pocos. Lo que para algunos es “desarrollo”, para otros es otra vuelta de tuerca en la lógica extractiva y excluyente que avanza sobre el sur argentino.
En la región, además, el interés inmobiliario no es casual. Los salarios vinculados a la actividad petrolera, el turismo internacional y la llegada de capitales externos convierten a localidades como Villa La Angostura en verdaderos imanes para inversiones de alto poder adquisitivo.
Mientras tanto, las comunidades siguen reclamando políticas reales de prevención de incendios, control del uso del suelo y protección ambiental, en una Patagonia que ya no solo se disputa por su belleza, sino por su valor estratégico.
El contraste es brutal:
🔥 El bosque arde.
🏗 Las topadoras avanzan.
💰 Los negocios florecen.
Y en el medio, como siempre, la tierra, la gente y la soberanía ambiental quedan en segundo plano.



