En la noche del 7 enero de 1976 llegué al Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” de México, con 27 años de edad, 215 dólares, un par de direcciones y ningún contacto de trabajo.
Tenía pensado quedarme un año, esperar a que la situación en Argentina se calmara y regresar.
Poco a poco me vinculé con varios argentinos. Era una época de compañerismo y solidaridad. A pesar de que yo no había solicitado asilo, recibí apoyo de muchos compatriotas. Viví en casas de personas que me habían presentado tres o cuatro días antes.
Al mes de mi llegada, cuando ya no me quedaba ni un peso, me consiguieron mi primer trabajo, que no era el ideal y fue efímero: maestro de primaria en un colegio. Pero me sirvió para no morir de hambre y comenzar mi adaptación.
Al segundo mes, comencé a trabajar en la sección cultural del diario El Día. Estaba como turista y firmaba artículos sin tener la residencia. Era un “ilegal” intranquilo.
“No te preocupes: en México todo se soluciona”, me decían mis nuevos compañeros.
El 24 de marzo se produjo el golpe militar en Argentina.
En abril, el periódico gestionó mi residencia (FM-2). Presentó la oferta de trabajo en la Secretaría de Gobernación (Interior) y me tomé la foto. Ya era legal. Respiré normalmente y dejé de sentir taquicardia.
Hoy tengo una residencia permanente. Y transcurrieron 50 años en una patria que no me considera extranjero.
Por Roberto Bardini



