A las 17:25 horas del 28 de marzo de 1962, el comandante en jefe del Ejército, general Raúl Poggi, se presenta en la Casa Rosada y le pregunta al presidente Arturo Frondizi si está dispuesto a renunciar.
“No, y mi posición es irrevocable”, es la respuesta.
Diez días antes, el domingo 18 de marzo, se habían realizado elecciones para legisladores nacionales y gobernadores provinciales. Los peronistas triunfaron en nueve provincias: Chaco, Jujuy, La Pampa, Neuquén, Río Negro, San Juan, Santiago del Estero, Tucumán y Buenos Aires, donde se impone la fórmula Andrés Framini-Marcos Anglada.
El 20 de marzo, Frondizi cede a las presiones militares. Interviene las provincias y anula las elecciones. Pero ya es tarde. Un mero hecho protocolar atrasa su derrocamiento: el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, visita Argentina. Un golpe de Estado en su presencia hubiera sido interpretado en Londres como un acto de mal gusto.
El mandatario está sujeto a la Casa Rosada con hilo de coser. El 27, afirma: “No renunciaré, no me suicidaré, no me iré del país, ni cederé”.
A las siete de la mañana del 28, oficiales de las tres fuerzas se presentan en la residencia de Olivos y lo detienen. Una hora y media después, un avión de la fuerza aérea lo conduce a la isla Martín García y lo confinan en una dependencia de la marina.
“Los oficiales de las Fuerzas Armadas comenzaron a ser idiotizados con la ideología tardía de la Guerra Fría y el maccartismo en los cursos de especialización de Estados Unidos, sobre todo en la tristemente célebre Escuela de las Américas, más conocida como «Escuela de dictadores», ubicada en Fort Gulick, en la Zona del Canal de Panamá”, escribe Gregorio Selser en Argentina a Precio de Costo, publicado en 1965.
“Una de las arduas tareas del Frondizi candidato presidencial y del Frondizi presidente iba a ser la de tratar de convencer a los militares de que no era comunista ni estaba a sueldo de Moscú o de Pekín. Pese a todo lo que hizo para probarlo –y le sobraban pruebas para ello– hasta hoy lo que queda de aquella oficialidad sigue creyendo en la fábula del presidente comunista. Ironías de la historia: el maquiavelito de Corrientes no pudo convencer ni a aquellos a quienes servía acerca de su verdadera identidad política”.
Frondizi llegó al gobierno con votos prestados del peronismo. En 1959 “desnacionalizó” el frigorífico Lisandro de la Torre. Prometió un trato especial a la clase obrera, en especial a los peronistas, pero sólo en ese año un millón y medio de trabajadores tomaron parte en más de cuarenta y cinco conflictos laborales.
Impuso el Plan de Conmoción Interna del Estado (Conintes), designó interventores en más de veinte sindicatos y declaró zonas militares a La Plata, Berisso y Ensenada, ciudades habitadas fundamentalmente por obreros.
Su política económica, su insensibilidad social y la resolución violenta de los conflictos fueron la causa de que el movimiento obrero encabezara –sin que medie una orden de Perón– el doble de huelgas que las realizadas durante el régimen de la “revolución libertadora”.
Frondizi logró, sin embargo, un milagro de unidad nacional: casi todos los sectores de la sociedad argentina coincidieron en su contra. Peronistas, “gorilas”, nacionalistas, izquierdistas y militares lo detestaban.
Unos lo acusaban de represor del peronismo y otros de cómplice del partido proscrito. Algunos lo condenaban por “judío y marxista”… y todos por entreguista de los recursos naturales.
Por parte de ese ejército al que quería agradar, de 1958 a 1962 padeció veintiséis “planteos” militares y seis intentos de golpe de Estado. Él mismo había resumido su convicción ética: “En política no se tienen amigos, se tienen cómplices”.



