El ocaso de las bestias

Javier Milei
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Un policía apuntando al pecho de una anciana, otro custodiando a dos inocentes criaturas esposadas y arrojadas al piso en Plaza de Mayo.

Gendarmes desde un carro hidrante llamando a los “zurdos” para reprimirlos, agentes de “seguridad” celebrando festivamente la brutalidad.

Una muralla de uniformados protegidos hasta los dientes disparando a un joven reportero gráfico hasta volarle la cabeza.

En un país gobernado por una bestia reina la bestialidad.

La bestialidad es histórica, se expresó hace ya bastante tiempo en los bombardeos de Plaza de Mayo y alrededores, en los fusilamientos de José León Suárez, en la noche de los Bastones Largos, en los secuestros y asesinatos de la dictadura genocida.

El régimen de injusticias que encabeza Milei no tiene más opción que prolongar hasta donde pueda su existencia mediante la represión, como lo hicieron en otros tiempos las dictaduras y algún gobierno autodenominado democrático.

“La fuerza es el derecho de las bestias” escribió Perón en su tiempo retomando los dichos del romano Cicerón.

Cómo se explica humana y racionalmente que un jubilado pueda vivir con poco más de 300 mil pesos al mes, como se justifica que se le quiten medicamentos y encima la policía les pegue cuando van a reclamar.

Pretenden silenciar por la fuerza las voces de una sociedad que solidaria e inevitablemente se alza frente a tanta injusticia.

“Fueron los violentos barrabravas”, “es el peronismo que busca desestabilizar” exclaman los ministros buscando explicar lo inexplicable y replican a coro los medios de comunicación a su servicio.

El presidente está siendo investigado por estafador.

Sus poderosos mentores, claros beneficiarios de sus medidas de gobierno, comienzan a tomar distancia.

Sus soldados en el Parlamento se agarran a las trompadas.

La estabilidad económica tiene fecha de vencimiento, las reservas se agotan y el auxilio del FMI no está asegurado.

Las injusticias acumuladas hacen crecer la bronca y agigantan la solidaridad, suele brotar desde el pie, desde donde uno menos lo espera, las luchas del pueblo se van enlazando férreamente como en una enredadera, hasta que un día se acaba la ansiedad por lo esperado, porque ya ha llegado para cambiar la historia.

“Mi pueblo es un mar sereno

bajo un cielo de tormenta:

laten en su vida lenta

los estrépitos del trueno.

Pudo engendrar en su seno

las montoneras de otrora

y cuando llegue la hora,

mañana, también podrá

clavar a su voluntad

mil estrellas en la aurora”.

Vale en este momento repetir las décimas del gran Alfredo Zitarroza para alentar la esperanza y el compromiso de un nuevo amanecer en nuestra Patria, que seguramente vendrá.

Por Héctor Amichetti

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