La crisis invisible: Repúblicas en decadencia.

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Mientras el mundo debate la crisis de las democracias, un problema más profundo y silencioso se extiende: la agonía de las repúblicas. No es la voluntad popular lo que falla, sino los mecanismos que deberían protegerla.

No sabemos qué es verdad y qué no. No sabemos qué hacen los gobiernos. La era de las distracciones y el caos orquestado, la era de las tensiones, nos desenfoca como ciudadanos de una República. La verdad se ha vuelto escurridiza, y las acciones de los gobiernos, opacas.

El capitalismo desbocado que vivimos hoy no es republicano. La mercantilización de la esfera pública, donde las fake news son el nuevo commodity, ha convertido el debate político en un negocio. Esto no solo distorsiona la realidad, sino que socava los pilares de la República: la transparencia, el control y la rendición de cuentas. Si el commodity del momento son nuestras horas de consumo de noticias distorsionadas, entonces el modelo de acumulación capitalista actual no es compatible con la República como forma de organización política.

Mientras vamos camino a las democracias populistas, el problema hoy es que tenemos repúblicas en crisis. Por eso, no hay que desviarnos. La democracia, en tanto proceso de legitimación popular, no parece estar en riesgo. El problema es cómo operan los Gobiernos producto de esta posteriormente, y la falta de interés de la ciudadanía en ello. Los ciudadanos hoy no quieren participar, quieren delegar. Este es el caso de Argentina y su populismo financiero: el Partido que solucionó la principal angustia argentina, no debe rendir cuentas. Mientras la inflación siga estando controlada y el peso mantenga su valor ficticio, la ciudadanía le da una relevancia menor a los checks and balances1 del sistema republicano.

La apatía ciudadana no es casual, sino cultivada. En un mundo donde la información es abundante pero la claridad escasea, muchos optan por delegar antes que participar. Sin embargo, esta delegación sin control es el caldo de cultivo perfecto para el autoritarismo disfrazado de democracia.

En esta nueva lógica política, las derechas liberales-conservadoras tienen cheques en blanco. Puede verse plasmada también en El Salvador de Bukele con la solución de la inseguridad; en el EEUU de Trump y su cruzada contra el derecho internacional y los colectivos que “obstaculizan” el desarrollo de su país (como migrantes, mujeres y diversidades); o en las nuevas derechas Europeas y su fijación contra la Unión Europea como origen de todos los males.

No, la democracia no debería ser nuestro foco de crítica. Lo que está en una verdadera crisis son las Repúblicas. No dejaremos de ver elecciones competitivas y limpias. Lo que parece proliferar son, en verdad, “democracias delegativas”, como planteaba O’Donnell en los casos de Argentina y Perú durante la década del 90’, que tendrán cada vez menos controles cruzados del legislativo y el judicial. La legitimidad popular como requisito existe y existirá. Los problemas serán la calidad (y cantidad) de la información con la que contarán quienes votan y delegan, la rendición de cuentas y los contrapesos.

¿Cómo se sostendrán estos sistemas de Democracias a secas sin República? Quizás la clave esté en la emergencia del techno feudalismo (Yanis Varoufakis), como heredero del sistema capitalista. La proliferación de conspiraciones y fake news, a través de plataformas monopolizadas por empresas y personas, atentan contra las Repúblicas. Y por lo tanto, atentan contra la calidad del debate público ¿Qué puede exigir una ciudadanía sesgada? Aquella esfera pública que plantea Habermas, pasó primero a ser digital, luego privatizada y hoy llegó a ser una fantasía. Hoy se pueden orquestar delirios colectivos. Esto no aporta a Repúblicas sanas.

Las nuevas derechas pueden sostener modelos neoliberales de extracción y saqueo a través de mecanismos de deuda y empobrecimiento, porque aseguran los intereses de las élites económicas que hoy controlan nuestra manera de ver la realidad política. Esa es la alianza actual. Es la misma que nos convenció de debatir el fin de las democracias, mientras vemos el fin de las Repúblicas. Y eso, es tanto o más peligroso para la prosperidad de nuestros pueblos.

Por Francisco Zanichelli, Mgtr en Relaciones Internacionales y Abogado.

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