BRADEN O PERÓN

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Spruille Braden ha sido un gran protagonista de la historia política argentina. Embajador norteamericano en nuestro país a partir de 1945, actuará como un verdadero procónsul del imperio para impedir la llegada de Perón al poder. Arribó a Buenos Aires al mismo tiempo que concluyó la guerra imperialista. Pisó nuestra tierra imbuido de la doctrina –tan clásicamente yanqui– del “destino manifiesto”.

Estaba convencido de que Dios lo había elegido para derrocar al régimen de Perón. Braden es un hombre de Rockefeller, ligado a la explotación minera en Chile y a la petrolera Standard Oil. Apenas arribado al país se transformará en el jefe de la alianza integrada por la oligarquía agropecuaria, el conservadorismo, la superestructura cultural al servicio del imperialismo, los radicales antiyrigoyenistas, los demoprogresistas claudicantes, los socialistas de derecha y el comunismo moscovita. Todos estos grupos no aceptan la irrupción de una nueva fuerza que intenta torcer el destino semicolonial de nuestro país. Braden considera a Perón la encarnación del nazifascismo en Sudamérica y caracteriza
al gobierno argentino como claramente antinorteamericano sólo por querer éste independizarse de Inglaterra sin atarse de manos al nuevo amo yanqui. Eso era ser nazi para este desorbitado diplomático extranjero. Su misión es clara: que Estados Unidos suplante a Inglaterra en su influencia imperial hegemónica en la Argentina.


EL 18 de mayo de 1945 el presidente Farrell levanta el estado de sitio y arrecian los actos de la oposición. Braden vigoriza a ésta con sus arengas públicas. Habla en la Cámara de Comercio Británica llamando a eliminar a los nazis, realiza giras por el interior y pronuncia discursos flamígeros. En julio de 1945 se produce la entrevista entre Braden y Perón que no hace más que agravar el enfrentamiento. Ambos contendientes se prodigan un trato frío y descortés. Braden exige que las líneas aéreas norteamericanas puedan realizar escalas comerciales en territorio argentino en cuyo caso –si Perón accediese– el Departamento de Estado norteamericano lo vería con mejores ojos. Perón recuerda la entrevista en estos términos:

“Si yo entregaba el país en una semana sería el hombre más popular de ciertos países
extranjeros. Yo le contesté: a ese precio prefiero ser el más oscuro y desconocido de los
argentinos porque no quiero llegar a ser popular en ninguna parte, por haber sido un hijo
de puta en mi país”.

La intromisión de la embajada norteamericana en nuestros asuntos internos fue escandalosa. Braden gastó diez millones de dólares en propaganda antinacional distribuidos a mano suelta. Envió opúsculos antiperonistas a La Razón, La Nación y La Prensa que actuaron como simples propaladoras de las acciones de la diplomacia imperialista. Llamó a la constitución de tribunales para “desnazificar” el país. El campo popular lo identificó rápidamente como el cerebro de la coalición antinacional que en la superficie estaba representada por los partidos políticos del coloniaje. Braden fue repudiado desde la Secretaría de Trabajo y Previsión cuando se conoció la noticia de la muerte de trescientos obreros de la mina El Teniente, propiedad de su familia. Perón dirá de él y de sus adversarios: “me toca a mí enfrentar a los mismos enemigos que enfrentó Yrigoyen”.


A partir de septiembre comienza el más intenso espadeo verbal entre Braden y Perón. El embajador dice: “hay que extirpar la hidra nazi, se encuentre donde se encuentre”.Perón afirma:

“La clase trabajadora se encuentra hoy frente a un grave problema: el de
la continuidad de las conquistas sociales obtenidas (…) los trabajadores deben
mantenerse unidos para ser fuertes y defender sus propias conquistas”.


La lucha de clases se desata frontalmente. El 19 de septiembre de 1945 se realiza la Marcha de la Constitución y la Libertad. Nacionalistas oligárquicos, liberales de izquierda cosmopolitas, radicales alvearistas y socialistas amarillos marchan del brazo del embajador norteamericano quien sonríe satisfecho. Es la antesala del golpe por el que tanto ha trabajado. Braden está exultante y con ese ánimo parte de Buenos Aires el 22 de septiembre de

  1. Abandona nuestro país convencido de haber llevado a buen puerto la tarea junto
    a sus compañeros de ruta, sus secuaces cipayos locales. Pronto, muy pronto, el pueblo
    movilizado el 17 de octubre le deparará una ingrata sorpresa.

Por: Maximiliano Molocznik

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