Un 16 de septiembre de 1976, ya en pleno funcionamiento del Terrorismo de Estado, sucedió la llamada “Noche de los lápices”, efeméride bastante recordada e, incluso, trabajada pedagógicamente en las escuelas. Pero también se cumplen 69 años del primer golpe de Estado que derrocó al peronismo, en 1955. Este golpe inauguró la proscripción del movimiento político más importante del siglo XX, que se extendería hasta 1973.
Decimos que es el “primer golpe” que derrocó al peronismo porque el otro es, justamente, el de 1976, aunque se suele singularizar este último derrocamiento en la figura de “Isabel” y se omite que la fórmula elegida en 1973 para la primera magistratura fue “Perón-Perón”. Ante esta rápida comparación de efemérides, los interrogantes son evidentes: ¿por qué ha sido tan oculto, negado y silenciado el golpe del 55? ¿por qué el peronismo, una vez a cargo nuevamente del Ejecutivo nacional y tras tantos años de proscripción, se mostró indulgente con los culpables? ¿por qué la historia, tanto oficial como revisionista, no indagó en la lista de responsables del bombardeo, como antecedente directo del golpe del 55, y los nombres propios que luego cumplirían funciones cruciales en la dictadura genocida del 76, como Emilio Massera, Guillermo Suárez Mason, Osvaldo Cacciatore?
Primera hipótesis: El golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955 inaugura un período de violencia política sin precedentes, signado por el exterminio del adversario como objetivo primordial. Ya no alcanza, como se hizo con el radicalismo en 1930, con proscribirlo, ahora la novedad reside en eliminarlo mediante el fusilamiento o el bombardeo. Es más, una vez muerto el adversario, su cuerpo debe ser ultrajado, eliminado incluso del espacio terrenal donde haya sido destinado para descansar en paz.
De esta primera hipótesis, se desprende otra subsidiaria y complementaria: emerge la identidad del antiperonismo en todo su esplendor. La misma se caracteriza por ser mucho más fuerte, homogénea, consistente, irracional y visceral que la identidad peronista.
Respecto de la primera hipótesis, nos apoyamos en el esquema de periodización del historiador egipcio Eric Hobsbawm, quien recorta, por un lado, un siglo XIX “largo”, desde la Revolución francesa de 1789 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial de 1914 y, por otro lado, un siglo XX “corto, desde 1914 hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. En un sentido similar, la historiografía argentina suele poner el acento en la serie de interrupciones por parte de las Fuerzas Armadas al orden democrático durante el siglo XX. Entonces, un recorte posible es desde 1930, con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, hasta 1983, con el advenimiento de la democracia. Un período cuyo rasgo distintivo es la preeminencia de las FF. AA como sujeto político, un velado “Partido Militar” que no sólo determinará cuánto duran los gobiernos militares, sino quién puede y quién no presentarse a elecciones, incluso, cuándo se pueden interrumpir esas gestiones democráticas tuteladas.
En consecuencia, la importancia de las dos experiencias de democracia popular del siglo XX, el radicalismo primero y el peronismo después, estriba en que ambas propiciarán no solo la participación de amplios sectores de la sociedad en la vida política del Estado, la mejora en la calidad de vida de la población, sino y sobre todo habilitarán la construcción de identidades políticas. Ser “radical” o “peronista” excede cualquier límite impuesto por los golpes militares al punto de que aún hoy, en el siglo XXI, la pertenencia a dichos idearios sigue vigente.
Respecto a la segunda hipótesis, el antiperonismo como identidad más potente que el propio peronismo, es posible observar que esta visión del mundo se sustenta en negar la existencia del otro, en exterminarlo. Si hay que bombardear a cielo abierto una plaza llena de inocentes, lo hace. Si hay que celebrar la muerte del adversario con pintadas en las paredes —recordemos la consigna “Viva el cáncer” tras la muerte de María Eva Duarte de Perón—, lo hace. Si hay que robar, profanar y violar el cadáver de la primera dama y, luego de ultrajado, sacarlo del país y esconderlo con otro nombre en Europa, también lo hace. Si hay que apoyar, a través de los medios de comunicación, a una dictadura que fusila adversarios políticos sin juicio previo y sin que haya entrado a regir la ley marcial, lo hace.
Bombardeo de lesa humanidad
Tres meses antes del golpe, el 16 de junio de 1955, aviones de la Fuerza Aérea lanzaron más de 100 bombas con un total de 14 toneladas de explosivos sobre Plaza de Mayo con el objetivo de asesinar al presidente Juan Domingo Perón y a los miembros de su gabinete para consumar un golpe de Estado. Se trató de un ataque inédito en la historia mundial, ya que, en Hiroshima y Nagasaki, Pearl Harbor, y Guernica el ataque provino de una fuerza militar extranjera. En cambio, en los bombardeos a Plaza de Mayo, las Fuerzas Armadas del mismo país acribilló a sus conciudadanos. Vale agregar que nunca antes en toda la historia argentina, una ciudad fue objeto de un bombardeo por parte de fuerzas extranjeras.
El ataque fue posible porque contó con el apoyo de sectores políticos y eclesiásticos: el propósito de la conjura, tras asesinar al presidente de la Nación, era instaurar un triunvirato civil integrado por Miguel Ángel Zavala Ortiz (dirigente de la UCR), Américo Ghioldi (dirigente del Partido Socialista) y Adolfo Vicchi (del Partido Conservador).
La mayoría de las bombas cayeron en un perímetro de 10 manzanas, desde el Ministerio de Ejército (ubicado en el Edificio Libertador) y la Casa Rosada, en el sureste, hasta la Secretaría de Comunicaciones (situada en la sede del Correo Central) y el Ministerio de Marina, en el noroeste. Para Eduardo Luis Duhalde, “el ataque, ante la ausencia del Presidente y de sus ministros, constituyó desde el inicio una agresión destinada a sembrar el terror entre la población y así quebrar la adhesión popular al gobierno constitucional. Clara muestra de ello es que solo doce de las más de trescientas víctimas mortales se encontraban dentro de la Casa de Gobierno, en la que impactaron veintinueve bombas, de las cuales seis no estallaron”.
El resto de las bombas y los proyectiles de grueso calibre disparados desde los aviones y también por los infantes de Marina que intentaron asaltar la Casa Rosada estuvieron dirigidos a la población en sucesivas oleadas entre las 12:40 y las 17:40. Además de los más de 350 muertos, el ataque dejó como saldo más de mil doscientos heridos. En tanto, tres centenares de civiles armados (llamados “comandos civiles”) intervinieron en acciones colaterales como la ocupación de Radio Mitre, a través de la cual se lanzó una proclama que dio a Perón por muerto.
En palabras del doctor Duhalde, “el Bombardeo no sólo fue un antecedente directo del golpe de Estado de 1955, consumado el 16 de septiembre con activa participación del Ejército, hasta entonces leal a Perón. Además, inauguró un ciclo de autoritarismo, represión estatal y persecución política que tuvo su máxima expresión en la dictadura cívico-militar iniciada en marzo de 1976”.
Los vasos comunicantes entre el ataque de junio de 1955 y la última dictadura se evidencian en algunos de sus protagonistas: los tres ayudantes del ministro de Marina, contralmirante Olivieri, máxima autoridad militar de los conspiradores, eran los capitanes de fragata Emilio Eduardo Massera, Horacio Mayorga y Oscar Montes. Massera fue miembro de la Junta Militar que asaltó el poder en marzo de 1976; Mayorga estuvo involucrado en la Masacre de Trelew, en la que se asesinó a sangre fría a diecinueve prisioneros en la Base Almirante Zar de esa ciudad el 22 de agosto de 1972); y Montes se desempeñó como Canciller y como titular de la Fuerza de Tareas 3 de la Armada, y en cuanto tal fue jefe de la ESMA, durante la última dictadura cívico-militar.
Muchos de los responsables del Bombardeo se refugiaron en Uruguay una vez fracasado el intento de golpe. Allí, fueron recibidos en el aeropuerto de Carrasco por el capitán Carlos Guillermo Suárez Mason, prófugo de la Justicia argentina desde su participación en un levantamiento militar contra el presidente Perón en septiembre de 1951. En tiempos de la última dictadura, Suárez Mason sería comandante del Primer Cuerpo de Ejército y, como tal, máximo responsable de la represión en esa jurisdicción militar. Luego, convertiría a YPF en la única petrolera del mundo con pérdidas sistemáticas. Además, varios de los pilotos y tripulantes de aviones que escaparon del país serían más tarde acusados por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura cívico-militar, poniendo de relieve los vínculos entre los golpistas y criminales de 1955 y los de 1976.
Durante décadas, el Bombardeo a Plaza de Mayo permaneció como un hecho olvidado de la historia argentina. Recién en 2005, por iniciativa del Presidente Néstor Kirchner, la Secretaría de Derechos Humanos inició una investigación sobre el ataque del 16 de junio de 1955. Luego, en 2008, durante el primer mandato de Cristina Fernández de Kirchner, se inauguró el primer monumento oficial en homenaje a las víctimas del Bombardeo, ubicado en las inmediaciones de la Plaza de Mayo.
Operación masacre
En la noche del 9 de junio de 1956, a casi un año de los bombardeos y a 9 meses del derrocamiento de Perón, los generales Juan José Valle y Raúl Dermirio Tanco, que lideraba una facción del Ejército que aún era leal a Perón, se sublevaron contra la dictadura, encabezada por el almirante Isaac Rojas y el general Eduardo Lonardi. El levantamiento fue reprimido brutal e ilegalmente. En los basurales de José León Suárez, un grupo de civiles —algunos de ellos relacionados vagamente con la conspiración; el resto, ajeno completamente a ella— fueron fusilados antes incluso de que fuera dictada la ley marcial. Unos pocos lograron escapar de la muerte, a duras penas. Un año después, en 1957, el escritor y periodista rionegrino Rodolfo Walsh investigó y escribió su obra magna, Operación Masacre, publicada en primera instancia en forma de notas en el diario Mayoría e inaugurando el género literario conocido como “non fiction”.
El 11 de junio del 56, en un extenso editorial en su tapa, el diario Clarín tituló: “La unión sagrada de la Revolución ha salvado y salvará a la República”. Allí, afirma que “las fuerzas armadas, unidas y coordinadas como cuando derribaron al despotismo, sofocaron la víspera, en pocas horas, un conato subversivo (en alusión al levantamiento de Valle) que no tiene otra explicación que la del demencial propósito de restablecer el régimen depuesto el 16 de septiembre de 1955. Sus promotores no han alcanzado a comprender que esa regresión es totalmente imposible”. Y agrega, en el párrafo siguiente: “todo lo que configura un pueblo civilizado y culto se salvó con la Revolución Libertadora. El orden político, desquiciado por la dictadura (es decir, por el peronismo); el orden social, deformado por el sometimiento del sindicalismo libre al capricho de funcionarios arbitrarios y corrompidos, y por la difusión de la idea de que sin un proporcionado esfuerzo y disciplina personal puede obtenerse retribuciones extraordinarias; el orden económico fundamentalmente alterado por la explotación del intercambio comercial de la República en beneficio de personas y entidades al servicio del régimen y el desquicio administrativo universitario y docente” (cursivas nuestras).
Aún no se ha cumplido un año del derrocamiento de Perón y Clarín califica su gobierno de “régimen” y “despotismo”. Además, le agradece a la Fusiladora por haber salvado lo “civilizado y culto” del pueblo, ante un orden social “deformado” por el sindicalismo. Nada nuevo: el antiperonismo siempre levantó las mismas banderas, usó los mismos términos y repitió las mismas consignas. En contrapartida, solo al peronismo se le pide autocrítica y se le endilgan las culpas de todos los fracasos de la sociedad. Quizás sea hora de que el golpe del 55 sea revisado a la luz de las banderas de la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Por Marcelo Ibarra, director de revistapunzo.net



