Una visión india. El orden y el caos, Huamán Poma de Ayala.

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Citando a nuestro primer historiador peruano el domingo próximo pasado, comentábamos en esta columna, de su olvido histórico, del silencio casi cómplice en que cayo su magna obra: “Nueva Crónica y Buen Gobierno”. No menos lacerante son las posturas que dejaron plasmado la idea de una lectura difícil y una escritura entremezclada con un castellano deficiente y un quechua vulgarizado, tal vez para estar a la altura de su invisibilidad desde todos los ángulos: o no se accede a la obra, o si se llega a su lectura, se hace con un pre juicio ya establecido como complicada o poco clara.

Con ser valiosa para el conocimiento del pasado remoto no es mera diversidad o riqueza temática lo que otorga carácter único a la “Nueva Crónica”. Muchos cronistas se esmeraron por conjugar variación y amenidad y algunos, como el mestizo cuzqueño Garcilaso, lo consiguieron. Y su resistente lucha de autor que denuncia los abusos y tropelías del régimen colonial también la compartieron algunos escritores coetáneos. Pues no faltaron unos cuantos españoles, sobre todo eclesiásticos de avanzada, que levantaron la voz para censurar con valentía y riesgo los abusos, coerciones, despojos y violencias de un sistema colonial impuesto por la fuerza. Una larga lista haría una mera mención de cronistas y autores filoindígenas, entre ellos el predicador dominico Antón Montesinos, el obispo dominico Julián Garcés, fray Pedro de Córdoba, fray Pedro de Benavente ‘Motolinia’, el obispo vasco de Quiroga, fray Bernardino de Minaya, el obispo Diego de Landa, el oidor Hernando de Santillán, el bachiller Luis de Morales, el licenciado Francisco Falcón, el oidor Alonso de Zorita, el agustino Antonio de la Calancha, el obispo-virrey Palafox y Mendoza. En nombre de todos ellos hay que evocar al apóstol fray Bartolomé de Las Casas, batallador cruzado cuya limpia figura se agiganta con el correr de los siglos.

Su originalidad.

Pero hay algo que hace distinto a Huamán Poma. Es el haber mirado las cosas desde adentro, con ojos de indio y no desde afuera, con ojos de español.  No es un escritor neutral con una penosa lista de agravios, sino una voz nativa que responde, con denuncias concretas y acusaciones descarnadas, a la dominación colonial. “No hay justicia para el indio”, dice a cada paso. En “Nueva Crónica” el español es un advenedizo que se erige en amo absoluto, un hipócrita que traiciona y burla sus propias leyes, trasgrede la moral cristiana que predica. Desde las entrañas de una sociedad oprimida, el autor juzga como infatuados déspotas y “señores absolutos” a cuantos se enriquecen y sacan partido del nuevo orden social:  jueces, corregidores, encomenderos, escribanos, parientes y paniaguados, mayordomos, mestizos, caciques venales y cómplices, padres de doctrina y “hasta sus fiscales y sacristanes”. Antes hubo un Inca, dice. Pero ahora, “¡cómo los pobres indios tienen tantos reyes Incas!”

El cronista desnudo y exhibe el desorden moral y social provocado por la invasión. La conquista ha desquiciado a la sociedad andina. Se aflojan o disuelven los vínculos eternos de la tierra, del parentesco, de la comunidad, tan caros al poblador nativo.  A las viejas formas colectivas de las faenas agro ganaderas, que solían acompañarse de bailes y cánticos de júbilo, a las prestaciones, la ayuda mutua y solidaria, las reemplaza la irracionalidad de la mita colonial, del obraje, del trajín comercial. Al milenario vínculo comunitario del “sapci” (conjunto del conocimiento en que se basaba la cosmovisión andina), lo desplaza el afán angustiante y obsesivo de la competencia y el lucro individual.

El ordenamiento social andino se ajustaba al orden de la naturaleza. Rangos y obligaciones, expectativas económicas y relaciones humanas, deberes y derechos, eran claros y distintos en el esquema societario de los incas. El invasor desgarra ese modelo con furor y codicia y en el corazón de un mundo organizado introduce la anarquía. Se vuelven borrosos los niveles jerárquicos, se confunden roles y niveles de autoridad, nada está en firme, nada es ahora previsible. Todo está fuera de quicio, todo puede ocurrir. El tributario se vuelve curaca, el yanacona se convierte en amo, el sacerdote deviene comerciante, el mestizo se llama ‘don’, el español se hace Inca … El mundo andino era el orden, el mundo colonial es el caos. Huamán Poma suele resumir la antinomia con una frase de medallón: “el mundo está al revés”. Pero violar el orden natural es un pecado que cuesta caro. No menos de cincuenta veces acude Poma a esta imprecación: “¡Y no hay remedio!”. Y, al repetirla, su dolida queja personal presta voz al desconcierto y la desesperanza masiva de un pueblo sojuzgado.

Con todo y eso, nuestro historiador no es un narrador quejumbroso. En sentido estricto, ni siquiera es un narrador: es un hombre que rinde testimonio. Al dirigirse al propio rey de España para que conozca las miserias de la raza vencida no lo hace con humildad de súbdito que espera recompensa, sino con la firmeza y convicción de quien reclama justicia. “Sin los indios, vuestra majestad no vale cosa” dice. Niega, en redondo, legitimidad a la conquista: “cada uno en su reino son propietarios legítimos … el español en Castilla, el indio en las Indias”. Y llama mitimaes (pueblos trasladado por intereses del imperio) a los españoles Castillamanta samoc, a los que juzga extranjeros sin derecho alguno “en nuestra tierra, en nuestro lugar de señorío que dios nos dio”.

Cuando habla del momento crucial de la invasión, que no alcanzó a presenciar, su óptica y tesitura son indios. Nadie como él pinta el impacto que estremeció al andícola ante esos invasores alucinados “perdido el juicio con la codicia de oro y plata”, gentes barbadas, con vestiduras exóticas, con armas terribles y animales extraños. Aunque nacido años después de los sucesos de 1532 relata la hecatombe de Cajamarca, cuando empezaron “los soldados a matar indios como hormigas”. Tiene sabor clásico la frase que cierra la captura de Atahualpa: “Quedó muy triste y desconsolado y desposeído de su majestad, sentado en el suelo, quitado su trono y su reino”. Y apunta, con ironía, que Pizarro “no trajo cédula para matar al rey Inca”.

Basado en la publicación del Ministerio de Cultura, Perú. Adaptado para esta columna de opinión.

Por Marcelo Rippa.

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