Durante la pandemia la gente vivía quejándose de que la “habían encerrado”, que el ambiente familiar les resultaba asfixiante y no aguantaban estar más en casa. Cuatro años después y con la asunción de Javier Milei en la presidencia nacional, mediante tarifazos, reducción del salario nominal —en algunos rubros, como la educación, la reducción es exponencial tras la eliminación del FONID—, eliminación de la obra pública, fogonazo inflacionario, aumento de los medicamentos, techo del 2 por ciento a las futuras paritarias, en este contexto de pauparización generalizada de la población, nadie quiere salir de casa. Ni marchas, ni protestas, ni piquetes, ni cacerolazos. Todo el mundo prefiere mirar el caos por la tele.
Intenté darme algunas razones de por qué ocurre esto. Culpé a Netflix, a La Nación +, a los medios de comunicación en sentido amplio, a la hegemonía gramsciana, a la intelligentzia jauretcheana, etc., etc. Después, culpé a las plataformas de streaming, creyendo que la gente prefería escuchar frivolidades como las que se hablan en Olga antes que salir a la calle a protestar. Y como existe una simbiosis entre los canales de streaming y la televisión clásica, todo cerraba. Ellos eran los culpables y yo el viejo cascarrabias. Me basaba en el siguiente criterio.
Dado que hay una tendencia en el universo de los streamers que es medir el éxito por el grado de aparición en los medios televisivos tradicionales, era fácilmente observable que esto se debía a una conducta heredada por los primeros youtubers, cuyo éxito era reconocido recién cuando saltaban a la pantalla de aire. Para colmo, los máximos referentes del streaming hicieron su debut en la televisión (Pedro Rosemblat, Guillermo Aquino), con lo cual la simbiosis se convertía en una especie de ajuste de cuentas, de deuda por saldar. Como corolario, Tomás Rebord había sido padre recientemente y eso lo alejó unas semanas del ciclo “Hay algo ahí”, del canal Blender.
El pasado lunes 19 de agosto, Rebord volvió e hizo un editorial (“edibordial”) que me sacó del letargo. Una verdadera bocanada de aire fresco. El editorial tenía un título estridente: “La crisis del pensamiento mundial” y a medida que avanzaba en su ácida descripción de la realidad, con la conducta impropia de Alberto Fernández como tema, me parecía que Rebord decía lo que todos pensamos. Hacía días que yo la notaba enojada a Cristina Fernández, en sus últimas apariciones, notaba un tono de reproche, pero, ¿hacia quién? Me detengo en este pasaje, aunque todo el editorial no tiene desperdicios.
Plantea Rebord: “Voy a dejar de hacer lo que hacen todos de dividir expositor de audiencia” y se refiere a “La Cámpora en general” y “Cristina en particular”. “La Cámpora es Cristina”, observa y agrega que “La Cámpora está en un lugar muy incómodo. Hay un denominador común en todas las últimas intervenciones de Cristina, que es que ella no puede entender que el atentado en su contra no suscite el nivel de indignación que corresponde”. Imita el discurso de CFK: “Me pusieron un fierro en la cara”, a lo que la sociedad civil responde “ay, qué pesada, Cris”. Y agrega: “Bullrich agarró el celular, borraron todos los mensajes”.
Esta secuencia que parece sacada de una película de parodia de espías y contraespionaje fue así: en unas oficinas manejadas por Patricia Bullrich se formatearon los teléfonos de los autores materiales del intento de magnicidio. La jueza puesta por Mauricio Macri, María Eugenia Capuchetti cajoneó la investigación para no dar con los responsables intelectuales. Pero esto lo sabemos todos. Quiero volver al editorial de Rebord.
“Cristina tiene un brazo ejecutor muy ineficaz para que la sociedad civil alcance ese nivel de indignación, que es La Cámpora. La organización está fracasando. Está roto ese puente de empatía por varios motivos: el proceso es diferente a la citación de Bonadío. En esa ocasión, CFK era acusada, como perseguida política, por eso fue una gesta histórica. Ahora va a declarar como testigo de un atentado en su propia contra. Como dijo Duka en Gelatina, la bala salió. Es decir, hubo una falla en el mismo dispositivo de poder y es que no pasó nada. Y eso está mal. No se puede restituir en retroactivo. Yo hoy veo a La Cámpora intentado suplir una respuesta que no fue ejercida en su momento. Entonces, ahora hay una búsqueda simbólica de compensar esa falla que no existió en ese momento. Y Cristina está enojada con La Cámpora”, plantea Rebord en su editorial.
Y luego, señala la paradoja que implica este tipo de razonamiento y cómo se vincula con esa crisis de pensamiento global: “¿Cuál es la paradoja de La Cámpora? Una organización tan vertical en un momento como ese solo te puede salvar no hacer caso a la verticalidad. Por definición, tendrían que haber hecho algo que no podía ser autorizado. Hay una búsqueda forzada por llevarla a Cristina a un lugar de víctima, lo cual la aísla más y más porque el victimario es cada vez más generalizado. Cuando Alberto sale haciendo desastres en la Quinta de Olivos, que salga La Cámpora a decir ‘a Cristina también la trató mal’, no genera un ‘pobre Cristina’. Y por suerte no lo genera porque no se construyen liderazgos políticos fuertes, potentes y transformadores desde la lástima”.
¿Qué significa que no pasó nada? Como bien explica Rebord, “Millman debe haber tenido 8 horas de stress moderado, no sufrió ni un empujón en la calle”.
Y un último factor de por qué no genera indignación el intento de magnicidio es que el de Alberto Fernández fue un gobierno “de m*erda” y “la responsabilidad de la elección de Alberto es de Cristina”.
Pero, ¿en qué consiste esa crisis del pensamiento mundial, según Rebord? Lo explica así: “Hace 20 años, cuando ibas al cine, ibas a ver una buena historia. Después, hubo un fenómeno de la mano de Marvel, aunque no toda la culpa es suya, también intervinieron las redes sociales, el algoritmo, que empezó a generar una manera de producir cultura y es que las productoras prefieren equivocarse en una zona segura que crear algo nuevo”. Agrega: “Las producciones a gran escala se miden por valor de capital antes de hacerlas, es decir, ya no funciona eso de ‘tengo una buena idea, a ver si me la financian’, sino que ahora hay ver dónde hay mercados cautivos, dónde hay comunidades, dónde hay pockets de comunidad cultural, es decir, lógica de redes sociales, es por eso que no hay película sin franquicia previa. Es una fiebre de standarización en la sociedad civil y en la cultura. Desde Mario Bross, Shreck, hasta el River de Gallardo. Si fracasás, lo hacés en una zona segura. Eso genera una cultura cobarde, nadie se anima a postular un mundo nuevo porque es arriesgado”.
Y concluye: “Si querés hacer un mundo nuevo, tenés que estar dispuesto a que quizás te pueda ir mal. A que no haya una red de contención. No queremos pensar, queremos reconocer un patrón. Tenemos más ganas de aplicar un rótulo reconocido a pensar qué está pasando. Hasta tanto no se depongan esos viejos instrumentos para medir y pensar, va a seguir saliendo mal. Hay fenómenos nuevos y tiene que haber nuevas explicaciones. Es lo que le pasa a La Cámpora, su razonamiento es: si Alberto es violento y Cristina es mujer, entonces, Alberto fue violento con Cristina y Cristina es víctima”.
Enhorabuena que Rebord no sólo nos señale críticamente esta crisis generalizada de la cultura, sino que se atreva a elaborar una propuesta. Necesitamos menos verticalidad, menos standarización y más riesgo a pensar por nosotros mismos.
Por Marcelo Ibarra, director de revistapunzo.net



