Entre las verdades cotidianas, accesibles para todos, se hallan las que sostienen el carácter dinámico de nuestro presente. Vivimos en medio de transformaciones permanentes. ¿Son estás transformaciones, las que nos dan la sensación de estar permanentemente controlados? ¿La sensación de encontrarnos alienados en un momento histórico, no es acaso la misma que sentimos cuando algo escapa a nuestro control?
La técnica actual, con sus raíces en la revolución industrial del siglo XVIII, sufrió tal vez su reafirmación con la filosofía de la sospecha, con la “muerte de Dios” y el súper hombre.
El comienzo del desarrollo de la técnica con las primeras industrias, las transformaciones económicas y culturales, no hicieron sino ir socavando la parte más humana del hombre en pos de la producción, utilidad, y bajos costos, todas cuestiones materiales en encontradas contradicciones con la contemplación, lo filosófico lo ontológico, esa parte que da a la vida lo místico necesario para la cotidianeidad, la sensación de trascendencia que todo ser racional posee.
El desarrollo de la técnica desde Marx a Heidegger fue sin lugar a dudas reafirmado por Nietzsche, no como avance científico, sino como retroceso de la humanidad. en tanto ser racional entendido como el hombre griego-medieval, reafirmado en la Modernidad. La naturaleza “como depósito de existencias”, tiene su comienzo en la racionalidad moderna y de ahí a la alienación de la razón sobre la contemplación fue un constante crecimiento.
En este contexto, Martin Heidegger insiste en volver a los griegos para buscar el ser, en tanto “ser auténtico” que se perdió en ese proceso alienatorio de la razón sobre la contemplación ontológica.
MARTIN HEIDEGGER: LA ESENCIA DE LA TÉCNICA
Heidegger nos lleva a la esencia de la técnica, dejando de lado frases y rótulos que nos puedan desviar en el camino hacia ella. La esencia de la técnica no es nada técnico, por eso tendríamos que salir de la mente técnica, de lo meramente técnico para poder alcanzarla. La definición instrumental de la técnica no nos lleva a la esencia de la técnica. Para llegar a la esencia debemos preguntarnos: si es un instrumento ¿A qué pertenece una cosa así, en tanto que un medio y un fin? Un medio provoca un efecto, un efecto tiene una causa.
Desde la antigüedad misma, se conocieron cuatro causas fundamentales para llegar a los fines deseados: 1) Causa material, 2) Causa formal, 3) Causa final y 4) Causa eficiente. El que construye una cosa, hace salir de lo oculto lo que hay que traer ahí delante. Aparecer la cosa, salir de lo oculto es la esencia de la técnica.
¿Y la técnica moderna? También ella es hacer salir de lo oculto, pero concentrado en suministrar energía a partir de la naturaleza, una naturaleza forzada por la industria mecanizada, vista mejor en la producción de energía provocada por la presión a los minerales, por ejemplo, el uranio empujado a producir energía atómica.
Esto nos llevó a considerar a la naturaleza como reservas de “existencias”, y dejando de ser objetos para pasar a ser lo sacado de lo oculto como mera existencia, en donde quedó incluido el hombre mismo, quien es el que está llamado a desocultar los procesos naturales.
Esto que une a los hombres en el solicitar lo real como existencia, no hace más que corresponder a la exhortación del desocultamiento.
La esencia de la técnica moderna pone a la humanidad en el camino de aquel hacer salir de lo oculto, por medio del cual lo real y efectivo se convierte en existencia. Esto nos permite, desde nuestra conciencia, pensarnos como parámetro de lo real, con un dominio sobre lo natural.
Esto es un doble riesgo: la naturaleza como existencia y el hombre transformado en mercancía, perdiendo así su esencia de ser pensante, un hombre que como parte de esa naturaleza queda alienado en redes producidas por la técnica moderna, en su faz de producción sin límites.
KARL MARX: LA MERCANCIA DEL TRABAJO HUMANO
Si Heidegger ve al hombre transformado en mera existencia, en mercancía y recurso natural-humano, esto nos lleva a lo dicho por aquel filósofo alemán, Karl Marx, que con tanta claridad describió la decadencia del hombre, su transformación en un producto calculable por su patrón en valores monetarios, incorporado como un mero engranaje de una maquinaria, que debía funcionar veinticuatro horas corridas.
Para la revolución técnica-industrial, describe Marx, el trabajo del hombre-obrero se transformó en mercancía, asume la forma material de una objetivación igual del valor de los productos de los trabajos, el grado que necesite el obrero de aplicar su fuerza de trabajo, medido por el tiempo de su duración, reviste la magnitud del valor de su trabajo.
Esta forma de medida da al producto más visibilidad que al propio productor transformándolo en la mercancía misma, por el recorrido que hacen lo producido para ser comercializado, el obrero-productor “lo pierde de vista”, pues está en la fábrica produciendo, esta actividad de intercambio realizada únicamente por el capitalista-patrón, provoca que la relación social sea solamente entre producto y comprador, llegando hasta este último, el consumidor, solamente las explicaciones de la técnica aplicada para la obtención del producto-mercancía comercializado, olvidando totalmente al hombre detrás de esa mercancía, dando nacimiento al sistema monetario para el intercambio de estas, el primer producto tal vez netamente técnico.
El trabajo del obrero, es visto como una cantidad de dinero utilizable atreves de la plusvalía para su multiplicación, provocando la explotación del hombre por el hombre, creando la propiedad privada como “escondite” de lo ganado por la plusvalía.
El obrero sometido por el capitalista no recoge su plusvalía, y lo priva así de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, quedando sometido a las herramientas de la técnica, que solo puede adquirir el patrón que dispone del capital-plusvalía. El obrero desconoce lo que está produciendo, pues no realiza toda la cadena de producción y comercialización, se aleja de la técnica de manufacturación de la mercancía, y queda alienado a la división del trabajo.
Este alejamiento de su producto, también conspira con la relación del hombre-obrero con sus pares, quedando alienado en la relación social, provocando competencia y soledad, evitando el desarrollo del potencial humano, transformándose en máquinas inhumanas perdiendo la conciencia, la capacidad de pensar; la humanidad.
FRIEDRICH NIETSZCHE: AÑO 1885
¿Pero qué pasó desde el año 1863 que Marx divisó la alienación humana a través del capitalismo y su técnica en desarrollo, hasta la técnica de la “existencia” de Heidegger en el año 1953?
Una vez más el genio alemán nos da la figura de Federico Nietzsche, que sitúa a la alienación en la cultura y la moral, proclama la muerte de Dios y la llegada del súper hombre.
Él, recoge como un error histórico la postura socrática, el triunfo de lo apolíneo sobre lo dionisiaco, confirmado primero por el platonismo y luego por la moral jadeó cristiana.
El resultado de la crítica moral nietzscheana, autónoma e individualista, termina en el nihilismo y el anuncio del súper hombre, iniciador de las normas morales, a las que él mismo se somete, creador de sí mismo y de su vida, es un espíritu libre que no tiene consideración con los débiles, a los cuales domina por mandato propio.
Este súper hombre que está en el nihilismo provocado por “la muerte de Dios”, o sea, los valores tradicionales, cuenta con la “voluntad de poder”, capaz de superarse a sí mismo y a su naturaleza, creando el derecho de desechar al débil, para alcanzar su máximo potencial.
Si Marx quiso salvar a esos obreros explotados por el capitalismo, la postura de Nietzsche deja por tierra todo intento marxista, colocando al burgués capitalista dueño de la tecnología en inmejorables condiciones para su desarrollo.
El capitalista-superhombre, dictará las normas que regirán los acontecimientos, y como poseedor del trabajo del obrero, que produce la verdadera riqueza, potenciará la técnica por sobre lo humano, tomando al súper hombre como propio, el nihilismo fue transformado en puro progreso, solo alcanzado por los poseedores de la voluntad de poder.
CONCLUSION
La alienación del hombre sobre la tierra descripta por Marx, es producto de la misma humanidad. En el despertar de la razón moderna que considero al sujeto como sujeción de la naturaleza y sus recursos, la matematización y mecanización de las ciencias, dejan al ser humano en tanto individuo pensante, sólo con su carcasa de carne y hueso.
Las máquinas de la revolución industrial del siglo XIX, dejaron como resultado el último hombre o “súper hombre” Nietzscheano.
El Dasein Heideggeriano es producto del proceso de destrucción que provoca una técnica ideada y promovida por el hombre mismo que olvidó sus orígenes, perdió el ser heredado de los griegos y desvió sus intereses a las cosas más pasajeras y “útiles”, en tanto que inmediatas.
Esa cantidad de obreros-personas que no fueron ayudadas por el súper hombre nietzscheano, llegan hasta Heidegger con capacidad para adquirir la técnica, pero no preparados intelectualmente para discernir su verdadera utilidad, quedando como víctimas de una nueva masificación, tras datos y noticias engañosas, el verdadero espíritu humano sucumbe en un sujeto alienado y alejado del verdadero disfrute de la vida, la contemplación.
Por el filósofo Marcelo Rippa



