Adriana Britos: “Victoria Villarruel es una hija obediente de genocidas”

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Adriana Britos es hija del fallecido represor Hugo Cayetano Britos, ex comisario del D2 y condenado por crímenes de lesa humanidad en 2009. Es también una de las cuatro integrantes cordobesas de Historias Desobedientes, el colectivo que reúne en el país a un centenar de familiares de represores que toman distancia del mandato impuesto para comprometerse con los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Memoria del terror

Adriana Britos nació en 1969. De los tiempos de la última dictadura recuerda estar en su casa “entre los mayores” en las reuniones previas y posteriores a los asaltos que protagonizaba su padre: “Hablaban abiertamente, ventilaban detalles delante de una criatura, sin pensar que yo registraba todo. A mí me gustaba estar ahí. Años después me enteré que ellos eran ‘La patota del D2’”.

Cuenta Adriana Britos que una noche llegó su padre a la casa, con una persona secuestrada en el baúl del auto, sólo “para hacer una total ostentación de poder, tanto con sus subalternos como con la familia”.

Recuerda que su madre era ama de casa y no se rebelaba a su marido, pero sin embargo “le preguntó quién era el secuestrado y él respondió ‘no te puedo decir’; y con el tiempo, le contó que era José Osatinsky”.

-¿Por qué le preguntaba tu mamá?

-Imagino que quería saber a qué exponía a su familia. Él decía que no habláramos fuerte porque si escuchaba el secuestrado iba a gritar y se iba a armar un tiroteo. Nos exponía y nos convertía en víctimas colaterales.

La verdad revelada

Con el retorno de la democracia, los cada vez más visibles y masivos reclamos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo fueron disparando silenciosas preguntas en Adriana Britos. Sobre su padre, recuerda: “Él decía que no pasaba nada, pero yo veía que había personas desaparecidas. Con el tiempo fui hilvanando los recuerdos de las reuniones a escondidas, especialmente los sábados y domingos, en asados con vino en los que tomaban bastante y largaban detalles, nombres y apellidos, y contaban cómo les sacaban declaraciones a los detenidos”. 

La puesta en marcha de los juicios por crímenes de lesa humanidad, durante el gobierno de Néstor Kirchner, marcó un quiebre. Recuerda Adriana Britos que en 2005 desde el Juzgado Federal lo llamaron a su padre como testigo: “Asumo que él no figuraba como imputado ante el riesgo de que se profugara. Si no, lo hubieran ido a buscar directamente. Se preparó ese día, fue a Tribunales Federales y desde ahí mandó a decir que estaba detenido; pero que era temporal, que era político, que no nos preocupáramos”. 

Su padre fue condenado en 2009 a prisión perpetua por el crimen de Ricardo Fermín Albareda, quien murió en medio de una sesión de torturas, perpetrada en la Casa de Hidráulica de Carlos Paz, recientemente señalizada como espacio de memoria por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.

“Presenciando el juicio, escuché los relatos del único testigo. Me dolía, pero a la vez empezó a aflorar lo que de chica sospechaba”, recuerda. 

Antes de la condena, en una de las visitas de las que participó en la Guardia de Infantería, donde estaban detenidos los policías imputados, Adriana Britos asistió a un episodio que le imprimió una marca, tan dolorosa como indeleble: “Fui testigo de cómo pactaron el silencio para que ninguno quedara implicado. Todos asintieron con la cabeza y acordaron con la mirada decir ‘no sé’. Estábamos los hijos y algunas esposas, todos mudos. A mí me cayó muy mal, porque pensaba que afuera había un montón de personas buscando a sus familiares”.

La Justicia como bandera

Recuerda Adriana Britos que en sus visitas a la cárcel de Bouwer le preguntó a su padre sobre Albareda: “Él se cerró en todo sentido, mental, emocional e incluso físicamente, porque yo sentía que me rechazaba. Le pedía por favor que me dijera dónde estaba tanta gente desaparecida. ‘No sé, yo no hice nada’, era su única respuesta”.

Su familia cuestionaba que le hiciera esas preguntas a su padre: “Era una disociación tremenda. Me sentía muy mal, como una traidora”. Incluso Adriana siguió los pasos de su padre profesionalmente y durante 20 años (hasta 2020) formó parte de la Policía, primero en la Dirección General de Investigaciones Criminales y luego en la Fuerza Policial Antinarcotráfico.

“Existe en nuestro imaginario la idea de la obediencia hacia el progenitor, el mandato natural de honrar al padre y a la madre”, subraya Adriana y analiza que probablemente por esta razón, recién después de 2015, tras la muerte de su padre, pudo empezar a trasladar esas preguntas perturbadoras a la terapia, donde todo esto afloró.

Fue precisamente la terapeuta quien le planteó la posibilidad de acercarse a los organismos de Derechos Humanos. “Yo me sentía tan sola en Córdoba, pensaba que iba a quedar mal con mis compañeros de la Policía, cuyos padres habían sido también del D2. En el momento en que me retiré me sentí liberada”, subraya.

En mayo de 2017, en el marco de las masivas marchas en oposición al intento de la Corte Suprema de Justicia de aplicar el beneficio del 2×1 para los genocidas condenados, salió a la luz la existencia de Historias Desobedientes. “Las veía como muy poquitas y muy lejos y no sabía cómo contactarlas”, recuerda Adriana, quien finalmente se acercó a los organismos cordobeses, y de la mano de un abogado de HIJOS, se decidió a prestar declaración ante la Fiscalía de Facundo Trotta.

“El común denominador del desobediente es el camino transitado en soledad y apartado de su familia. Como una oveja negra, pese a que es exactamente al revés, porque nosotros estamos a favor de la vida y de los derechos humanos”, analiza y completa: “Me siento muy honrada de que los organismos, que tienen una trayectoria de tantos años, nos hayan acogido con tanto afecto, con tanto cariño y con los brazos abiertos”. 

-¿Qué evaluación hacés de esta actividad encabezada por la candidata a vicepresidenta Victoria Villarruel, que reivindica el terrorismo de Estado y retoma la teoría de los dos demonios?

-En contraposición a nuestra postura, Victoria Villarruel es una hija obediente de genocidas, que responde a esos mandatos de lealtad familiar que perpetúan el silencio y justifican los crímenes. Tuvimos que transitar caminos muy difíciles en nuestras infancias por vivir en hogares secundados por genocidas. Hoy honramos la vida.

Fuente: La Nueva Mañana

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