BIENVENIDO “HEIL” MILEI: EL PAÍS A TUS PIES

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Siete millones de personas votaron a Milei en las PASO. Tal vez lo hayan hecho desde el cansancio, desde el miedo o desde la rabia. Muchos de ellos se consideran maltratados, excluidos e invisibles por el sistema. Lanao nos advierte sobre la bronca que contiene ese voto: Es un agente magnífico, no sólo de movilización, sino de acción.              

En la explosión del extremismo neofascista posmoderno subyace un grito que deberíamos pararnos a escuchar. Desde un tiempo a esta parte la política ha dejado de gravitar sobre los intereses para hacerlo sobre los sentimientos y las emociones. No es nuevo. De hecho, la política siempre ha tenido un componente emocional que gira alrededor de tres sentimientos básicos: el cansancio, el miedo y la rabia. Actualmente la acción política consiste en intentar generar en el cuerpo social estas tres emociones con el objetivo de que funcionen como carburante de la movilización o desmovilización del electorado. El cansancio lleva directamente a la abstención. Fomenta la desmovilización y el alejamiento de la política. El miedo es la tecla que se pulsa cuando se quiere evitar el cansancio. Cada vez más se echa mano del miedo para movilizar al electorado perezoso. La rabia es otra cosa. Es un agente magnífico, no sólo de movilización, sino de acción. El votante que siente rabia se convierte en un publicista, en un activista de su causa. La rabia es un estado superior al miedo. En ocasiones, se fundamenta en el miedo, pero va mucho más allá. El miedo hace que el elector se levante, la rabia lo hace avanzar contra aquello que desprecia. La rabia sirve para modificar el presente. Sucedió en la República de Weimar, cuando el NSDAP, el partido de Adolf Hitler, se presentó a las elecciones en 1928. Aquel año obtuvo un 2,6% de los votos, un resultado lastimoso, ya que en anteriores votaciones había llegado a obtener hasta un 6%. Era un partido pequeño y en caída. Sin embargo, en 1929, tan sólo un año más tarde, hubo nuevas elecciones y lograron un 18%, convirtiéndose en el segundo partido más votado. En 1932 alcanza el primer lugar, con un 37% de papeletas que abrieron la puerta del infierno, pero lo crucial fue ese cambio de tendencia: ¿qué había pasado en esos pocos meses? Pues el “crash” de 1929, que empobreció de manera atroz a la sociedad, como cuenta muy bien Arthur R.G. Solmssen en su novela “Una Princesa de Berlín”: la inflación en Alemania llegó a ser tan brutal que los salarios se pagaban todos los días para que la gente pudiera comprar la comida y los bancos te comunicaban que los ahorros de toda tu vida se habían volatilizado con cartas cuyos sellos valían más que el dinero de tu cuenta. La clase media empobreció y los obreros se hicieron paupérrimos, y mientras tanto los ricos que habían causado la crisis seguían más ricos que nunca. Apareció la rabia. ¿Le suena de algo? Esa Alemania no es la Argentina de hoy, pero contempla algunos guiños que merecen ser tenidos en cuenta. Cuando el relato se nutre del mismo patrón de desprecio supremacista y se entrelaza con un ecosistema mediático programado para azuzar el odio y la polarización, el resultado es un cóctel explosivo.

No está en juego la racionalidad y su contrario sino una cierta metamorfosis de la idea misma de racionalidad, que ya no puede definirse cómodamente frente a su simple negación. La ignorancia ya no se disimula. Se muestra sin complejos. Es una forma de desafío contra los enterados, los académicos, los expertos, los “sabelotodo”. En definitiva, contra la Ilustración “pseudoprogresista”. Ahora la ignorancia pasa a la ofensiva y se convierte en una negación descarada de la realidad, en un despliegue de fantasías delirantes que provocarían risa sino llevaran por dentro la semilla antigua del odio, la determinación de pasar por encima de los escrúpulos del conocimiento y de las normas y las garantías de los derechos adquiridos. La desinformación tiene responsables concretos, que se pueden identificar. Pero no es esta desinformación intencional la que más debería preocuparnos, sino aquella ignorancia que no tiene sujetos culpables sino circunstancias objetivas que hacen de ella algo inevitable en todo o en parte. Como por ejemplo, esa tecnología acelerada que crea nuevos ámbitos de ignorancia, ininteligibilidad, información que desorienta sobre una subjetividad sobrecargada que surge en un contexto de miedo, ansiedad, desconfianza y sentimiento de impotencia. Ese contraste entre lo que sabemos, lo que deberíamos saber, y lo que nos dicen que debemos saber.

Es elocuente que sean Patria, Familia y Neoliberalismo los ministerios ideológicos de Javier Milei para recuperar los caducos significados de unas instituciones que representan las formas tradicionales de autoridad.  De su boca emana el azufre del odio, la superioridad de valores, la retórica del desprecio, del miedo inducido y esas ideas que cabalgan de nuevo, sin que apenas nos demos cuenta. Siete millones de personas lo han votado. Tal vez lo hayan hecho desde el cansancio, desde el miedo o desde la rabia. Muchos de ellos se consideran maltratados, excluidos, invisibles por el sistema. Y están furiosos y asustados. Gente que por desgracia (y eso forma parte de su legitima demanda y de su furia), suele tener menos información y menos formación. Millones de almas que se han abrazado al falso profeta, sin saber que el apocalipsis descansa bajo sus pies.   

Fuente: José Luis Lanao La Tecla Ñ

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